El desertor, de Siegfried Lenz (Impedimenta) Traducción de Consuelo Rubio Alcover | por Juan Jiménez García

Siegfried Lenz | El desertor

Cuando acabó la guerra, no había pasado nada. Sí, muchas cosas. Muertos, campos, vergüenza. Pero es fácil olvidar. Solo hay que quitarse la culpa como un insecto molesto. Y eso si nos consideramos culpables de algo. El deber. Lección de alemán era una obra sobre el deber. También El desertor, en cierto modo. Aunque sea el deber de sobrevivir. El hombre como un animal más. Por el título, es fácil entender por qué, a principios de los años cincuenta, no se pudo publicar este libro de Lenz. Solo ahora aparece, tantas décadas después. Y ya no es el segundo libro de un escritor que empieza, sino el último de un escritor esencial de la literatura alemana de posguerra. El desertor, como el colaboracionista, es una de esas figuras malditas de la historia, para las que nunca hay lugar en ningún sitio, real o imaginado. Son la traición, pero también la miseria. Es el instinto frente al orden de las cosas. Es, en todo caso, aquello que hay que ocultar bajo la alfombra. Antes, durante, después.

Walter Proska escribe una carta. Es una carta para su hermana. Los últimos meses de la guerra desfilan ante él, ante nosotros. Son un zumbido molesto. Ese instante en el que todo está perdido pero todo debe seguir igual. El viento de la Historia cambia, pero la muerte sigue por todas partes. Proska está en Polonia. Los alemanes se retiran. Él es alemán. Los rusos avanzan. Los partisanos polacos están ahí, en las copas de los árboles. Los trenes saltan por los aires. Las personas también. Proska acaba en un fuerte, con unos pocos hombres y una gallina que espera ser amaestrada. Allí, esperan a sus propios tártaros, que nunca acaban de llegar. Como si se necesitara a alguien para acabar destruido. Hay un momento, ese momento de disolución, ese instante en el que todo está destinado a acabar pero no acaba, en el que lo colectivo se convierte en una mera cuestión individual.

Pensando en un primer momento como una novela sobre los partisanos, el libro acabó siendo una novela sobre un desertor. A una primera parte en los bosques (también los bosques personales de cada uno, habitado por todo tipo de fantasmas), suerte de obra de supervivencia, le sucede el desencanto. El protagonista tal vez no estuvo nunca contra nada (lo cual le permite estar en cualquier sitio y bajo cualquier bandera), pero necesita creer en alguien, en algunos. No muchos, unos pocos. No abstractos, sino concretos. Es la única oportunidad que tiene para abandonar ese desencanto que le atenaza. Para pensar en otra cosa, en otros lugares.

En un momento, uno de los protagonistas habla de cuál es el problema alemán. El sentido del deber. La invocación de la patria. El problema alemán… Es un decir. No hemos aprendido nada. Ellos, nosotros. Nada. Además, nos hemos quedado solos. Heinrich Böll murió hace mucho. Günter Grass hace poco. Siegfried Lenz apenas unos meses antes. Eran esas voces molestas. Al principio. Luego esos abuelitos recordando batallas lejanas. Los aguafiestas de la recuperación alemana. Y sin embargo, lo más grande de la literatura alemana está ahí. Y también lo que permanece. Y lo que es capaz, como El desertor, de esperar décadas en un cajón y luego aparecer ahí, igual de vigente, igual de rotundo, igual de revelador.

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