La alegría de la vida, de Raymond Queneau (Hermida Editores). Traducción de Manuel Arranz | por Juan Jiménez García

Raymond Queneau | La alegría de la vida

Antes que Zazie en el metro estuvo La alegría de la vida. Podríamos considerar a esta última como un ensayo general para la primera, pero lo cierto es que si en algún sitio estaba Zazie era en Un duro invierno, y es anterior en veinte exactos años. En realidad, si pensamos que tras Zazie en el metro llegaron Las flores azules, simplemente Raymond Queneau seguía el movimiento natural de sus cosas, mientras sus personajes, cambiantes pero por igual inolvidables, llevaban alguna década dando vueltas por las calles de París y otras ciudades, cotorreando aquí y allá, yendo (y esto creo descubrirlo ahora) desde el humor más alocado hasta la melancolía más absoluta. Porque si Zazie solo quería ver el metro (y eso era lo que no iba a ver) en Queneau todos quieren vivir su vida (una, no importa demasiado cual). Y eso es lo que se les escapa, poco a poco. A cada uno su duro invierno. Poco a poco, como restos de algún aparatoso naufragio, la obra del escritor francés va llegando a nosotros. Es una labor de siglos. Siempre en editoriales diferentes, siempre en formas distintas e incluso en países diferentes (cómo olvidar aquellas ediciones de Losada). Y es que fue muy citado y poco leído (qué otra explicación), lo cual nos deja como un país aburrido e incomprensible. Porque sí: leer a Raymond Queneau es una de esas formas de felicidad que nos proporciona la lectura (y no hay que confundir la felicidad con la risa). Así pues, año 2019, La alegría de la vida, Hermida Editores, traducción estupenda de Manuel Arranz.

La guerra ha terminado. La Primera Guerra Mundial. Valentín Brû es un apuesto soldado raso de veinticinco años a punto de ser desmovilizado. Su proyecto más inmediato es ser barrendero, por ser alguna cosa. Piensa que no lo haría mal. Julia (o Julie, según el momento) tiene una mercería. Junto a su hermana Agata (que no tiene más que un marido de apellido cambiante y una hija un poco zorra, en opinión de su tía), lo ve pasar y piensa que se tiene que casar con él. No es un mal proyecto, si dejamos de lado una diferencia de edad que le podría hacer su hijo, aunque ella se conserva estupendamente, todo en sitio. De momento, claro. Bueno, el caso es que tras algunas averiguaciones y otras cosas más eróticas, acaban casados, porque después de todo, casarse con la propietaria de una mercería también puede ser una salida laboral para la precariedad de Valentín Brû. Y, además, su sueño se concreta en ir a visitar Jena, por lo de la batalla. Lo demás le da un poco lo mismo. Y así, entre el final de una guerra y la espera de otra (porque habrá otra, él está seguro), pasan sus días, que son unos cuantos y no muy diferentes, mientras sigue la aguja del reloj. La de las horas. La que alcanza siempre a la de los minutos, de cuando en cuando. La gordita.

En Raymond Queneau la vida está en todas partes. Sin héroes, sin villanos. Solo supervivientes que no se saben supervivientes y que no se preguntan demasiadas cosas: las justas. Y como no son muchas y son las justas a veces parecen obsesiones, variaciones sobre un mismo propósito. Es decir, en las obras de Raymond Queneau hay seres humanos. Humanos, tan humanos. Tal vez la vida no sea tan alegre como nos promete el título, pero hay que seguir. Puestos a ello, mejor tomárselo con humor. Un pequeño rincón de París (o de Burdeos) puede ser suficiente para crear un mundo tan vivido que solo puede ser cierto. Como el lenguaje, forzado, reforzado, para lograr atrapar esa espuma de los días. Hemos visto y leído muchos retratos de aquel periodo, entre guerra y guerra, pero tal vez este sea el más cierto (este, estos,… el escritor frecuentó esos años alguna que otra vez, incluso con él mismo como protagonista). Y es así porque creemos haber tenido conversaciones parecidas y haber encontrado personas no muy diferentes. Y porque también más de una vez hemos pensado igual. Y porque así nos va bien. Si tenemos que habitar en algún lado, una novela de Queneau no sería un mal sitio. Seríamos felices, a ratos, como ahora. Y también tendría sus momentos tristes. Como ahora. Pero nos reiríamos mucho. Como a ratos.

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