Pierre Clémenti. Un hombre libre, por Juan Jiménez García

Algunos mensajes personales. ¡Abrid las puertas de las prisiones!, de Pierre Clémenti (Pepitas de Calabaza) Traducción de Diego Luis Sanromán | por Juan Jiménez García

Pierre Clémenti | Algunos mensajes personales

Están nuestras prisiones, aquellas en las que nos encerramos y que son tantas, demasiadas, siempre renovadas. Están las prisiones de los demás. Aquellas que los gobiernos construyen como escuelas para futuros delincuentes o perfeccionamiento de los ya existentes. Ningún espacio de redención, ningún espacio para la creación de otra cosa, diferente a la que allí entró. Pierre Clémenti, un día, por puro azar (o tal vez no), se encontró con que esas dos prisiones, la íntima y la ajena, se convertían en una sola durante cerca de dos años. Está en Italia, país que prefiere a Francia. Se ha hecho un lugar como actor en ambos países. Ha trabajado con Luchino Visconti, con Bernardo Bertolucci, con Luis Buñuel, con Pier Paolo Pasolini, con Philippe Garrel, con tantos otros. Ha rechazado trabajar con Federico Fellini en su Satyricon. Un día, decía, la policía entra en el piso de una amiga en el que está de paso con su hijo, Balthazar. Encuentran drogas. Porque están o porque las llevan ellos. No importa. Acaba en prisión provisional. En el juicio se le condena no por consumir drogas o tenerlas si no por tener el aspecto de alguien que las consume. Nos gustaría pensar que aquellos tiempos eran absurdos y la justicia una idiotez. Pero nuestros tiempos no parecen mejores. No allí, aquí.

Clémenti, actor reconocido, se convierte en un preso más, desconocido. Espera el recurso contra la sentencia. Su primera prisión es Regina Coeli. Vieja, histórica, entregada a todas las revueltas, como lugar terrible. La Reina del Cielo es asquerosamente terrenal. Él se dedica a pensar y a ensayar la revolución. Entiende que se pierda la libertad a cambio de que te provean de una conciencia. De otro modo, mejor matarlo. Pero no, el Estado no te mata, sino que te tiene ahí, rodeado de leones-policías. Y la miseria está por todas partes. Clémenti no se privará de nada. Ni tan siquiera de la celda de castigo.

Recuerda su vida. Qué otra cosa hacer. Escribe cartas. Al principio, todo es nuevo, todo invita a pensar en otras cosas. Pasa el tiempo, no necesariamente mucho, y uno empieza a darse cuenta que ya no hay nada en lo que pensar, más que uno está ahí y ahí seguirá estando. Hay unos plazos. Dos años. Pero dos años es la eternidad. La locura es acogedora. Está siempre ahí, con los brazos abiertos, esperándonos. La máquina de destruir personas sigue en marcha. Es lenta, como tiene que serlo una tortura. El juicio llega. Y la condena. Uno ya no es solo responsable de sus actos, sino de aquellos actos que aparenta. Está aquella canción de Franco Battiato, Povera patria. Años después y con otras razones. Y entonces uno repara en que estamos perdidos. Que no es una cuestión de épocas, sino de hombres. Seguimos esperando una primavera que seguramente nunca llegará.

Pierre Clémenti vuelve a la prisión. Ya no es Regina Coeli, sino una prisión modelo. Modelo de prisión. Rebibbia. Sí, todo es más nuevo. Hasta las ideas. Pero una prisión sigue siendo una prisión. Y el proceso de disolución sigue, a la espera de una apelación en el que el azar ponga otros jueces y algo de sentido común. En caída libre, no espera. Cada día se acerca más al abismo. Es difícil saber si el final es feliz. Sí, saldrá. Pero algo se ha quedado allí. Y ese algo son Algunos mensajes personales. Un intento de que nada se pierda. Ni el infierno, ni las pesadillas, ni los sentimientos, ni las ideas, ni la vida pasada, ni el porvenir, ni lo que espera de ese porvenir. Una caja-libro en la que encerrar todos los vientos, todas las tormentas, para poder seguir, más decidido que nunca, por los caminos que se había trazado. Los caminos de un hombre libre.

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Détour

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