Maurice Sachs. La atracción del mal, por Juan Jiménez García

El sabbat, de Maurice Sachs (Cabaret Voltaire) Traducción de Lola Bermúdez Medina | por Juan Jiménez García

Maurice Sachs | El sabbat

La ocupación alemana de Francia fue una ocasión excepcional para crear una bonito número de monstruos. No crearlos, dado que ya estaban ahí, esperando su ocasión, sino más bien para ponerlos en valor. Además, como precisamente aquellos tiempos no fueron nada gloriosos para los franceses (el antisemitismo no fue cosa de cuatro escritores y, por las dudas, tenían el régimen de Vichy), los monstruos fueron una necesidad. Como no se podía juzgar a todo un país, mejor juzgar a unos cuantos, ejemplarmente. Y para eso la literatura siempre fue algo muy práctico. Porque lo escrito escrito está. Y porque nadie piensa que la literatura pueda cambiar el mundo, excepto para mal. A diferencia de Louis Ferdinand Céline, Pierre Drieu La Rochelle o Robert Brasillach, Maurice Sachs (que hubiera hecho las delicias de cualquier tribunal), escapó a la justicia francesa. Y escapó, paradójicamente, porque lo mataron los nazis. Y la paradoja es que murió cuando la guerra acababa y él se había pasado los últimos años trabajando voluntariamente para los alemanes. Fue su último saludo en el escenario.

Maurice Sachs dedicó su vida a la destrucción. La de los demás. Una vida vivida para el mal. Eso le atormentaba (El sabbat da buenas muestras de este arrepentimiento continuo), pero no tanto como para lograr ir más allá de algunas lamentaciones. En el libro encontraremos algunos apuntes, algunas pistas, sabremos que algo va mal, pero el escritor se cuidará de confesar sus pecados, dejándolo en algo genérico. Drogadicto, traficante, estafador, corruptor de menores a los que prostituía. Más tarde, colaborador con los alemanes, delator. En fin, no se privó de nada, aunque nunca tuvo mucho. Su vida fue ciertamente compleja y, aun prescindiendo de entrar en esos detalles más oscuros, no tuvo desperdicio. Frecuentó los ambientes literarios más en boga, trabajó para Gallimard, para la NRF, y ahí quedan esos retratos de Jean Cocteau, Max Jacob, André Gide o Coco Chanel que recoge su libro.

Hay que decir que Sachs tenía una innegable habilidad para la escritura (aunque eso no le acababa de dar nunca para comer: sus gustos siempre le requerían mucho más dinero del que le aportaban sus oficios). De entre todas sus obras (algunas no muy afortunadas), es El sabbat aquella que le otorga un lugar en la historia de la literatura, más allá de su propia persona. Un libro que trata de sí mismo desde su infancia hasta poco antes de la guerra y en el que no es nada amable con nadie, empezando por él. Su habilidad para desmenuzar (no pocas veces a cuchillo) cada época que atravesó y sus circunstancias, le permiten trazar un apasionante relato. Como estuvo en todos lados (desde exclusivos colegios privados hasta el seminario, pasando por el ejército o lo más granado del mundo de la escritura) lo que tiene que decir es mucho, y sobre casi todo tiene una opinión y es capaz de crear un mundo de apasionadas (y apasionantes) reflexiones.

Sin duda, lo que más disfrutaremos será sus ajustes de cuentas con sus contemporáneos. Para empezar Jean Cocteau, que por entonces lo era todo. Estaba en todos lados, cogía de todos los sitios, devolvía alguna cosa de las que se llevaba y era inevitable encontrárselo de algún modo. Para odiarlo o para amarlo, pero no para dejarlo pasar. Sachs lo amó, lo cual no evita que su retrato sea  un retrato cruel, más entregado a desnudarlo que a retratarlo en alguna cómoda pose. Aunque de eso tampoco se libre Max Jacob, con el que también tuvo una estrecha relación. Claro está que da tanto juego como Cocteau, pero tampoco se librará, entre elogio y elogio, de alguna patada en la espinilla. Algo así como André Gide, aunque este acabará mucho mejor parado, quedando en un simple retrato afilado de una persona que fue muy importante en su enésimo intento de ser bueno.

Su escritura tiende a la destrucción (también la autodestrucción) como lo tiende su propia vida. Fue un péndulo con tendencia a ir hacia el mal y soñar con el bien (eso sí le otorgamos el beneficio de la duda de no ser un completo farsante, un mentiroso sin remedio). El sabbat es todo eso: una vida difícil pero una vida buscada. El testimonio de un tiempo donde todo fue posible (entreguerras) o lo parecía, y donde una persona dispuesta a perderse se perdía. Y Sachs lo estaba. Apasionadamente.

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Détour

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