Cuaderno de campo, de María Sánchez (La Bella Varsovia ) | por Dara Scully

María Sánchez | Cuaderno de campo

Hundo mis manos en la sangre. En la memoria abierta como un vientre. Mi tacto revela los órganos, la calentura. El punto exacto de la enfermedad. Una enfermedad que no conozco y sin embargo, la siento aquí en mi palma, en el centro mismo de mi memoria, caliente, caliente.

La piel del animal es un paisaje ante mis ojos. En el prado, el trigo se despereza. Una niña sacude las trenzas, las manos manchadas de tierra, la negrura. Lleva sobre la frente la huella de una estirpe. La generación de hombres que la precede. María, María, cantan los gorriones. Los pajaritos que anidan en el pecho, en la garganta. Comed de mi cuerpo, les dice ella, y nosotros, obedientes, comemos.

El abuelo la lleva de la mano. Le alcanza el bisturí que corta: los instrumentos, brillantes, sobre una piedra. Sutura al animal ante su boca abierta. Le extirpa la enfermedad –la huella de la frente crece, crece, crece-. Una marca indeleble e inevitable. Abuelo, yo seguiré tus pasos. Yo haré nido en el estómago del animal. Aprenderé el lenguaje del rumiante. Me lavaré la boca con hierba, la carne con hierba, las manos con sangre. Te cuidaré, abuelo, aunque me cortes las trenzas. Aunque padre diga: los hombres. Aunque sea mujer y me señalen, cuidaré el legado que me dejas.

Y también nosotros lo cuidamos. Atentos, seguimos la estela de las palabras. Un rumor de rito en la espesura. Las hembras, recién paridas, nos acogen junto a su seno. Junto a la mujer que sana, comprendemos el peso de la miseria, el olor pesado, pegajoso, de las vísceras. Ella nos reprocha la ignorancia. Nos señala –aquí, aquí–, y nosotros, dóciles, aprendemos. Pues el canto es hermoso y grave, y la memoria expuesta nos acuna. Deseamos comprender y comprendemos, nos hacemos a un lado con humildad, dejamos que sea ella, la que sana, quien nos lleve de la mano. Quien nos hable de los cuatro estómagos. De la sutura de la herida. De cómo llevar un registro de aves. Porque ahora le toca hablar a ella, y nosotros, golondrinas, callamos.

‘Cuaderno de campo’ es enfermedad y memoria. Es la infancia junto a los olivos. La niña que le canta al padre, a la madre, al abuelo. La mujer que acoge a sus amantes. Ella nos entrega su cuerpo; el pecho, amplio, voraz, la leche. El fruto tierno de los limoneros. Nos entrega con cuidado y paciencia, como quien envuelve un tesoro, como quien lo abre y dice: mira, aquí el origen, aquí el comienzo, aquí la enfermedad futura. Yo sanaré a los animales. Yo me tenderé sobre la tierra para morir. Yo, abuelo, he comprendido la primera mancha, la ceniza sobre la frente. Y la niña crece, y transformada nos canta con su voz de nana, con su voz de una sabiduría antigua, sólida, nacida del tronco del olivo. Del hueso y la molécula, la técnica y una intuición primaria. Porque María reaprende aquello que ya sabía, en sus manos la marca del instrumento, una huella heredada. La senda que recorrieron sus ancestros. La voz del animal en su garganta.

***

«Quiero seguir el camino que hace un animal al morir. Tocar el trayecto difícil de la agonía en sus párpados. Pies en el lomo, voz en uno de los estómagos. Ellos me hablan como a un hombre. Ellos esperan de mí lo que esperan de un hombre. »

«pero la madre no tenía pecho
y la manada siempre prefirió
el paso adelante
nevaba
nevaba mientras la enterraban
en el momento exacto
en el que la luz
golpeaba una y otra vez
contra la herida.»

[…]

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1 thought on “ María Sánchez. El canto de la que sana, por Dara Scully ”

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