El grito del ave doméstica, de Maksim Ósipov (Club Editor) Traducción de Esther Arias | por Juan Jiménez García

Maksim Ósipov | El grito del ave doméstica

Tengo que empezar por un misterio que solo a mi pertenece. A mí y a este El grito del ave doméstica. Un libro extraordinario que he leído dos veces en pocos meses. Un libro que ya me pareció extraordinario la primera vez. Olvidé todo aquello que contaba y no pude escribir sobre él. Volví a leerlo y las sensaciones fueron las mismas. Y de nuevo, vuelvo a tener la sensación de que volveré a olvidar aquello que está escrito. Entonces pensé en ese misterio. Se ha comparado a Ósipov con Svetlana Alexiévich. Tal vez no sea demasiado aventurada esa comparación, aunque solo compartan un terreno en el que encontrar a sus personajes. Esa Unión Soviética que se marchó dejando unos restos del naufragio con forma de personas, llegando exhaustas a playas desconocidas. Pero hay algo que les une y les separa a la vez. En Alexiévich están todas esas vidas terribles llamadas a permanecer, pero en Ósipov todo lo que ocurre nos resulta tan íntimo (aunque sea la intimidad del otro) que solo nos queda asumirlo como algo propio, algo que puede confundirse con ese olvido.

Como Antón Chéjov, Maksim Ósipov es médico. Tal vez eso no sea ajeno a su escritura y tampoco un cierto aire de familia. Ósipov es un narrador prodigioso y su prodigio es crear de lo anodino historias que nos llegan, porque en ellas está ese coraje cotidiano que daba título a una película checa. Sus personajes viajan, hablan, se encuentran con otros, atraviesan las pasiones de esos otros o se dejan morir porque ya no vale la pena seguir insistiendo. No hacen cosas distintas a las que hacemos tantos pero hay algo en ellos que les hace especiales, sea ese doctor en tren o en avión, ese jugador de ajedrez o el viejo asesor literario de un teatro perdido en una colonia en el fin de un mundo que no tiene límites.

Cuando terminemos de leer el libro tal vez no recordemos mucho o nada, pero su lectura es muy especial. El excelente trabajo de traducción de Esther Arias logra conservar la cristalina escritura de Ósipov, en la que todo nos lleva suavemente a través de conversaciones e instantes, con una fluidez que puede saltar de minuto en minuto o a través de los años con la misma engañosa facilidad.

Los relatos de Ósipov, a diferencia de otros tantos escritores soviéticos y postsoviéticos, no pretenden arrojar ningún tipo de luz sobre una época pasada o vivida, sobre un país que surge tras un mal sueño o que sigue instalado en él. La melancolía es ese espacio que une todos los puntos. Y la mayor melancolía es aquella que proviene simplemente de vivir, día tras día, instalados en un destino mayor que uno mismo (algo muy ruso… si es que podemos hablar homogéneamente de un territorio inmenso, reducirlo a una palabra). Nada está llamado a permanecer. Ni tan siquiera esa colonia a la que llamaron Eternidad.

Y sin embargo, tentados otra vez por el reduccionismo de lo irreducible, hay algo que va desde Chéjov hasta Ósipov atravesando tantas estaciones y escritores. Pero ¿qué? Un espacio entre líneas, un lugar entre los párrafos, un hueco entre las páginas. La sensación de estar leyendo una sola historia escrita por muchas manos que dan voz a tanta gente. La habilidad para recoger en la brevedad la inmensidad del destino. Un destino desprovisto de azar.

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