Arenas movedizas, de Junichiro Tanizaki (Satori)  Traducción de Aiga Sakamoto | por Juan Jiménez García

Junichiro Tanizaki | Arenas movedizas

Tal vez habría que empezar por el principio y el principio es el título. El título: Manji. O cómo un símbolo se convierte en un problema aunque ni tan siquiera sea el mismo. Quiero decir: manji es lo que se llama una esvástica invertida. Un símbolo tan antiguo como el mundo que por azares del destino ahora se asocia al nazismo, al derecho o al revés. Eso obliga a curiosas componendas, y en una de esas se encuentra un título que es igual de misterioso e igual de apropiado para novela de Tanizaki: Arenas movedizas. Y es que entre esa esvástica invertida (que indica muchas cosas y entre ellas la armonía y el cambio, dicen, y también que todo gira, que todo se mueve) y esas arenas movedizas, en las que quién se mueve, se encuentra la fascinación de una de las obras más conocidas del autor japonés (pensemos que se llevó cuatro veces al cine, una de ellas con Ayako Wakao y dirección, cómo no, de Yasuzo Masumura).

Arenas movedizas es la historia de Sonoko, una ama de casa sin muchas preocupaciones, en cuyo camino se cruza Mitsuko, que como ella (pero más joven que ella) está estudiando Bellas Artes. Sonoko está casada con Kotaro, un abogado sin demasiadas pretensiones, que lo único que pide es una sucesión de días tranquilos. El cuarto personaje que completa esa cruz en movimiento es Watanuki, el misterioso novio, amante, conocido de Mitsuko. Sonoko y Mitsuko empiezan una relación (nunca dejará de sorprenderme la modernidad de las relaciones en las novelas de Tanizaki… estamos hablando de una relación entre dos mujeres en el Japón de finales de los años veinte). Una relación hecha de pequeñas huidas, de ligeros viajes, para que nada cambie aparentemente. Pero las cosas se complicarán con la aparición de Watanuki, y lo que parecía un largo río tranquilo, se convertirá en un torrente que lo arrastra todo, pasión y desapasionamiento, en esas arenas movedizas. Unas arenas en las que cada acción, cada movimiento, les va hundiendo, directa o indirectamente.

Para Junichiro Tanizaki las relaciones son una cuestión de sometimiento. De sometimiento y de sumisión. Un delicado equilibrio, siempre precario, siempre al borde de una abismo. Algo que seguramente está presente en cualquier relación pero que él lleva hasta sus extremos para hacerlo más patente o por un gusto por esos mismos extremos. Lo cierto es que sus relaciones se abocan a ese punto de ebullición en el que todo saltará por los aires, ese momento en el que aparecerá la víctima, el perdedor. O en el que quedará patente que todos han perdido algo. Nada se sabe, todo se imagina. Ninguna certeza, solo el moverse siempre en esas arenas movedizas del título. En el desconocimiento que da esa ingenua felicidad, esa sensación de que todo está bien mientras todo se desmorona. Si en El amor de un idiota el idiota era solo uno, aquí los idiotas se multiplican. Y Mitsuko por encima de todos, capaz de interpretar todos los papeles. Como la muerte tras la que desfilan todos bailando alegremente. O no, tal vez no. La ambigüedad. En Tanizaki hay pocas certezas. Pocas perdurables. La realidad no es más que una impresión como otra cualquiera. La fuga, la huida hacia adelante, el estado natural de unos personajes enfrentados a un visitante liberador que los atará con cadenas. La vida como contradicción y paradoja.

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