Los dones del otoño, de José Cereijo (Pre-textos) | por Héctor Tarancón Royo

José Cereijo | Los dones del otoño

¿Cómo afecta la experiencia a la escritura?¿Qué se pone en juego al volver la vista atrás? ¿Qué pesa más al final?Los dones del otoño, el quinto poemario de José Cereijo, editado por Pre-Textos, nos anuncia desde su título un ambiente elegíaco, meditativo, en el que se mezclan con igual énfasis la autoconsciencia como escritor, la tristeza por lo perdido, como un obstáculo a superar, y la celebración de la vida, inevitable a su manera.  De este modo, el artefacto poético se conforma como la leve caída de una hoja, llena de remontes y de ondulaciones hacia su destino final mudo, invisible para nuestra aceleración temporal, pero real para quien sabe profundizar, como Cereijo, en la vida de los objetos. El poeta, en ese sentido, se desdobla, trata con una cercanía alejada cada una de las perspectivas de los ambientes, de manera que, al terminar, el lector obtiene una sensación de certeza, de una panorámica sin resquicios: «Mira, por una vez, estas cosas oscuras / que han de perderse en cuanto no las mires, / que no serán recuerdos.» (p. 11).

Puede parecer contradictorio, pero su estilo musical, equilibrado, que inunda todo el poemario induce a la confluencia de esas dos perspectivas y, entonces, a toda una serie de tonalidades que nos llevan desde la plenitud del verdor hasta la madurez del amarillo anaranjado. Aún más, resulta esencial resaltar la importancia del asombro y del descubrimiento en Los dones del otoño, pues el lector, verso tras verso, siente y mira cada una de las escenas como si fuera la primera vez, que no es más que el resultado de un proceso muy arduo por parte del autor de olvidar y reconstruir en la esencia y elegancia de lo cotidiano, de lo más sutil. De hecho, otros autores como Eloy Sánchez Rosillo, con quien comparte numerosas características comunes, también han elaborado su poesía desde estas perspectivas serenas, íntimas: «Piensa o, mejor, contempla con los ojos / serenos, sabedores, que al fin tienes, / cómo en la oscuridad la simiente, al abrirse, / crea la luz del ser al que da aliento / desde un ahora que equivale a un siempre. / Todo es allí germinación, principio / anterior al comienzo.» (Quién lo diría, p. 73).

En esta confluencia, por otra parte, se pueden adivinar una multitud de temas que capturan algunos de los aspectos más complejos de la vida, la existencia misma, en un proceso que conlleva conocerse mejor a uno mismo: «Contemplas / la tarde en la ventana, / su pura perfección, tan silenciosa. // Algo dentro de ti debiera arrodillarse, / reconocer, gozar / ese hondo magisterio para el alma.» (p. 15). De esta manera, la pérdida induce una carga en los versos que precipita la tristeza hacia un final deslumbrante, como ocurre en “Paseo” o en citas como «para ti voy diciendo estas pequeñas cosas / que ha perdido tu muerte.» (p. 9), en los que la muerte permite un instante de redención, de superación. En ese sentido, el amor, en un sentido plural, cobra una importancia especial como motor de la vida que ofrece, precisamente, instantes únicos, perdidos de manera irremediable, de gran hondura emocional esperanzadora, pues los que no lo hagan «no conocerán en cambio la exaltación del amor consciente y sin esperanza hacia todo lo que ha perderse para siempre, lo que sólo puede suceder una vez y nunca más, y que no se repite y no se justifica» (p. 19). Los versos se encuentran estrechamente ligados a su pasado, por lo que es normal encontrar a lo largo del poemario imágenes de la infancia y, sobre todo, viajes interiores que hacen del otoño un eco del que aprender, un mapa que hay que seguir recorriendo a pesar de todo lo vivido: «Pero quizá no eres / ya más esa palabra / que lo vuelve posible: / sólo un lugar de paso.» (p. 22); «Y llegar a mirarla / como algo propio, familiar. Algo / que ya no duele.» (p. 29).

Como resultado, el poema impacta en el espectador, busca, en un sentido más fuerte, una comunicación que permita ver la misma serenidad de nuestro entorno, de la naturaleza: «pero quien escucha, sin embargo, oye. / Pero quien ama, sin embargo, aprende. / Y la realidad está siempre ahí, / silenciosa, esperando.» (p.40). De modo que, en última instancia, el puente poético establecido traspasa los límites de la literatura e impregna la mirada con la que asistimos diariamente a nuestra vida, que es lo que le pedimos a la buena poesía: «Ahora ya puedes dejar de escuchar. / Pero no olvides lo que has oído» (p. 74).

*

Poesía de la experiencia, ¿qué querrá decir eso?
La poesía es, más bien, un modo de evitar la experiencia,
de interpretarla, de inventarla, o quizá
de transgredirla. Si lo que ella nos dice
nos lo dijeran los hechos, si fuera sólo una especie
de pleonasmo, desde luego que no valdría la pena.
Sólo que eso no existe. La poesía, sin duda,
está hecha de experiencia, y de otras muchas cosas,
exactamente igual que la vida. Pero lo que puede darnos
no nos lo dará ninguna otra cosa, por más hechos que incluya,
ya que esos hechos, al entrar en ella, cambian
de naturaleza. Lo demás es asunto de la crítica,
a la que no hay que hacer demasiado caso; salvo que uno prefiera
escuchar no a las sirenas, sino al guía del museo, que va explicándonos
lo que son las sirenas, según las últimas y más acreditadas teorías.
Un entretenimiento curioso, y que no hace daño a nadie
que no se hubiera dañado, en todo caso, por sí mismo.

[…]

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