Luz del fuego, de Javier Montes (Anagrama) | por Óscar Brox

Javier Montes | Luz del fuego

Quiero la fantasía. Quiero la imagen de una mujer en pleno apogeo de su carrera, desafiando a la sociedad brasileña de los 50 con un par de pistolones, muchas balas y risas de ultratumba. Quiero a la adolescente que se mira en el espejo de Carmen Miranda mientras fantasea con el tacto helado de las serpientes. Y también a la bailarina, a la descastada, que funda una utopía nudista en su Isla del Sol como (casi) ejercicio de rebelión frente a ese Brasil decadente de la dictadura militar. Pero, sobre todo, quiero la voz con la que Javier Montes se acerca a la vida de Luz del Fuego. Con la que inventa y solidifica lo que para cualquier otro sería un recorte de periódico o una fábula, una esquela o una bagatela. Con la que, desde la realidad, nos trae un poquito de ficción. Ese lejano eco de un Brasil desaparecido que, sin embargo, palpita en sus páginas con la misma euforia con la que se precipitaba la vida en aquellos tiempos. Con un ojo puesto en una modernidad Europa que quedaba lejos de sus costas y con el otro en ese sincretismo religioso carioca en el que confluían tantas y tantas creencias, tantos y tantos espíritus. Muera la realidad.

Luz del Fuego se inicia como una aventura. Una pesquisa. Hubo una mujer, Dora Vivacqua, que se convirtió en un pequeño mito en aquel tiempo febril de modernidad y fantasía. Una niña ensimismada con las serpientes y una bailarina que hizo de su cuerpo materia líquida, tinta con la que escribir un gesto de resistencia sobre una sociedad conservadora. Una bailarina; bueno, un cuerpo. Casi, casi, un estado mental. Un personaje. Una ficción. Un símbolo. Y, por último, un espacio, el mismo con el que se topa su autor durante un paseo en barca, cuando el viaje transcurre por las inmediaciones de la Isla del Sol. Dora, Luz del Fuego, nace cuando el Siglo XX aún está desperezándose y muere asesinada al poco de consumar su utopía (esta frase, es cierto, debería autodestruirse). Hasta ahí todo el interés biográfico por parte de Montes. El resto del libro es, más que nada, una reconstrucción. Un sueño. Una evocación. La necesidad de su autor de reclamar el espíritu de un país destruido en sus páginas. De juntar en un mismo párrafo el Brasil de Niemeyer con el de Chico Buarque; el de Minas Gerais con el de Rio; el de la carne, el fuego y la corrupción con esa mirada incendiada que reflejan las fotografías de Luz. De esa muchacha que elige el nombre de un pintalabios argentino para irrumpir en el epicentro de la sociedad carioca.

Montes pone la carne, el movimiento, el color y el arrobo a los fragmentos y recortes con los que compone su historia. Ahí está Luz del Fuego, el relato de su emancipación y esa ambigüedad moral con la que conduce su vida. Pero también está el ocaso de las grandes estrellas, la decadencia de Miranda y de la impostura brasilera que se importaba como otro de tantos productos exóticos a Estados Unidos. Está una geografía brasileña en continua transformación, que bebe de las aguas de un Mediterráneo desconocido como si quisiese navegar en la Belle Époque, o exorcizar tanta exuberancia a fuerza de imponer las modas de otros lugares. Traer los aires de París a Ipanema. Su Brasil, tan lejano y a la vez tan cercano, palpita y se contonea. Es familiar y peligroso, extraño, marciano y con un punto de ficción que, pese a todo, no enmascara la realidad: el fin de ciclo, los últimos instantes de un tiempo, ejemplificados en el cuerpo en movimiento de Luz del Fuego y en su forma de plantar cara a la sociedad.

Unos ladrones o los moralismos de esa sociedad acabaron con Luz del Fuego. Montes, en cambio, finta hábilmente la tentación de ese final destripándolo, prácticamente, al principio. Es mejor huir del retrato biográfico, inventar diálogos, saltar en el tiempo, avanzar y retroceder tantas veces como haga falta. Construir conversaciones entre Dora y sus serpientes, cada infructuoso encuentro con un animal en busca de, más que una comunicación, una comunión. Lo que sea necesario para retratar a la bailarina y a la guerrillera, a la inconformista y a la Mujer capaz de incendiarlo todo. A la niña y a la empresaria que consigue una isla y una comunidad propia. Un país. Otra sociedad. Otra sociedad que explique todo lo que esta calla y oculta. Los placeres prohibidos y esa moralidad pública que, tantos años después, ha precipitado cosas como Bolsonaro. Y el caso es que Luz del Fuego es una fantasía, sí, pero también un robusto retrato de un país hecho añicos, entre sueños que apenas tuvieron lugar y reconstrucciones que han alimentado a innumerables monstruos. Queda, claro, la imagen poderosa de Dora Vivacqua. Toda la potencia retórica que unos recortes de prensa nunca sabrán cómo expresar. Una pesquisa que es algo más que un trabajo de detective de libros y revistas. Que hace de Javier Montes uno de esos raros ejemplos de escritor capaz de hacer confluir en unas páginas el espíritu de un tiempo. De una realidad y, a la vez, de una fantasía. Esa misma que empieza con una bailarina asaltando un palacio en pleno carnaval, a tiros con la techumbre del lugar, mientras lanza una única demanda: muera la realidad, quiero la fantasía.

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