El hombre invisible, de H.G. Wells (Libros del zorro rojo)  Traducción de Marcial Souto. Ilustraciones de Luis Scafati | por Almudena Muñoz

H.G. Wells | El hombre invisible

«Estaban preparados para ver cicatrices, desfiguraciones, horrores tangibles, pero ¿nada?»

El vacío es el mayor motivo para el terror, y tal vez por ello los fantasmas, las siluetas y los ruidos extraños siempre han sido los protagonistas más notables del género. Desde finales del siglo XIX, con los primeros atisbos de la criminología y el asesino en serie, otros vacíos se volvieron más inquietantes: ¿qué faltaba en una mente o un alma humana para cometer semejantes barbaries? ¿Qué estaba obviando y dejando de ver la sociedad en lugares innombrables como Whitechapel o en los abusos de las clases más bajas y más altas? Sin embargo, todos esos huecos eran elecciones conscientes, tarros sellados, una decisión de mirar hacia otra parte. De pronto, los titulares cambiaron de rumbo, se inventaron las fotografías y las lentes de aumento preciso; quedaron en portada enemigos ocultos al ojo, como las bacterias en los hospitales y los locos en los callejones.

Nos gusta mirar: sin pretenderlo o, cuanto menos, intentando que no se nos note demasiado, analizamos esa extraña nariz con forma de patata, las lentes oscuras de un hombre que no es ciego, los vendajes en los que buscamos marcas de sangre o yodo. Nos creemos Sherlock, pero somos el ama de llaves del piso de abajo, aguzando la vista, el oído y la lengua esperando los detalles… ¡pero el disfraz se cae a pedazos y debajo de ellos no hay nada! El dilema de El hombre invisible, tan próximo a los hombres sin sombra del romanticismo alemán, se apropia de nuestro afán enfermizo por querer saberlo, en lugar de limitarse a cuestionar si un individuo tiene derecho a desprenderse de lo que quiera, también de la ley y las convenciones sociales. H. G. Wells comienza su relato in media res, y hasta bien avanzado el libro no se detendrá a ofrecernos los sucesos que llevaron a su escurridizo protagonista a volverse invisible y a perder mucho más que la corporeidad.

Wells juega con las leyes físicas con toques deliciosos y bromistas, como aquel patoso poltergeist de El fantasma de Canterville, aunque el tono persiga la misma trascendencia filosófica que sus conocidos títulos de ciencia ficción. Al igual que Frankenstein, se sirve de palabras de ciencia bien armadas y de una psique destruida más absorbente aún para que el relato de cazador/cazado se invierta continuamente y la diferencia entre un monstruo y una víctima desaparezca como esa forma que antes mantenía en el aire un abrigo y una bufanda.

No nos importa demasiado de qué estén rellenas las cosas, siempre y cuando el relleno sea algo. Las fotografías granulosas de miembros despedazados sobre una mesa, el retrato robot del asesino, las esposas que al fin se cierran alrededor de unas muñecas de carne y hueso. Las gentes de Iping que primero acogen con extrañeza y después persiguen al hombre invisible actúan como una masa que ha perdido los últimos números del folletín semanal y, por tanto, la guía para juzgar a este monstruo: ¿por qué ha hecho todo esto, cómo lo ha conseguido, quién es, cómo es?

Acompañando a la excelente traducción de Marcial Souto, Luis Scafati recoge esta bipolaridad en sus ilustraciones de tinta en las que el negro y el blanco se intercalan como rayos X que revelan o confunden aún más el mundo. ¿Qué es lo interior cuando no podemos ver el exterior? ¿Qué nos muestran realmente las carcasas, los rostros, las ropas? ¿Por qué dejamos de sentir tanto miedo en cuanto la mirada reconoce una forma? ¿Por qué no paramos hasta comprobar que, al menos, la nada también sangra?

 

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