Grégoire Bouillier. Un personaje en busca de su autor, por Óscar Brox

Tres circunvoluciones alrededor de un sol cada vez más negro, de Grégoire Bouillier (Hurtado y Ortega editores) Traducción de Albert Fuentes Sánchez y Ona Rius Piqué | por Óscar Brox

Grégoire Bouillier | Tres circunvoluciones alrededor de un sol cada vez más negro

Es posible que la primera vez que escuchamos el nombre de Grégoire Bouillier no fuese en calidad de escritor sino de objeto artístico. En la exposición con la que la artista Sophie Calle, a la sazón su expareja, convirtió el correo electrónico que aquel le envió para zanjar su relación en otro hito más de su vida creativa. Y, sin embargo, es curioso cómo la lectura de Tres circunvoluciones alrededor de un sol cada vez más negro, suerte de ciclo literario que comprende tres obras publicadas entre 2002 y 2008, no termina de aclarar ese límite borroso que separa al escritor del objeto artístico. A la vivencia, a la memoria, de la que se nutre la prosa de Bouillier, y a ese personaje construido desde la autoficción; víctima, pues, de la desnudez con la que explora sus años de vida hasta convertirlos en otra cosa. En el periplo de un Ulises que serpentea por los barrios de París en busca de su Calipso o su Nausicaa. En el viaje de esa sonda en dirección al Sol, cada vez más alejada de una tierra que ya no le resulta tan familiar. En la pelea con unas palabras, con unos recuerdos, que moldearán el estilo y la evolución literaria de Bouillier. Eso que el mismo autor revela en un momento de lectura: lo que las historias pueden contar de mí.

Informe sobre mi persona es la obra más extensa de la trilogía y, también, la menos literaria. Es el testamento, en crudo, de una vivencia antes de que quede atrapada por las palabras, como todas esas historias de Patrick Modiano que terminan con su protagonista vagabundeando por un barrio antaño familiar. Aquí Bouillier confía todo su poder narrativo a la elasticidad de sus recuerdos, al salto continuo entre tiempos y personas, sin dejar de picotear y subrayar cómo la vida se abrió paso en cada situación. Habla de esa familia imposible ahogada por los intentos de suicidio de su madre y por la indolencia paterna; de ese hermano que moriría demasiado pronto exiliado en Estados Unidos; o de todas esas mujeres, chicas y niñas que jalearon su despertar sentimental, emocional y sexual. Sin filtro ni, casi, forma; de manera torrencial, auténtico chaparrón de fragmentos vitales que colocan a Bouillier en el camino de su peculiar odisea. En una aventura que le lleva al Berlín separado al borde de la reunificación, a un tren en el que conocerá a una de sus mujeres o a ese callejón frecuentado por prostitutas en el que creerá ver a una Caperucita con la entender los misterios del cuerpo. Sobre todo, del ajeno. De esos otros cuerpos que resbalan por sus páginas, dejando un rastro que Bouillier nos enseña con más frustración que orgullo, en forma de línea de puntos que nos conduce hasta lo básico. Lo que las dos siguientes obras convertirán en literatura. En autoficción: su identidad.

El invitado secreto ya supone un cambio desde su aspecto formal. Aquí Bouillier comprime la acción, prácticamente, en una escena, y convierte la narración en un serpentear de palabras y subordinadas que se enroscan una y otra vez sobre su memoria. Sobre esa mujer del pasado que reaparece en una fiesta de la cual él es el invitado secreto. El objeto de exposición, ahora que su literatura ya ha entendido de qué trata el estilo confesional. Qué riesgo comporta explorar las entretelas de su identidad. Y, sin embargo, uno diría que en esta novela ya no está presente la aflicción, incluso la melancolía, con la que Bouillier sazonaba Informe sobre mi persona. Más bien, la tensión podría ser la de un buen relato de suspense, con tantos cabos sueltos -la identidad de ella, el destino del regalo de cumpleaños, el encuentro que nunca acaba de tener lugar con Sophie Calle- que su autor sabiamente administra página a página. Sin, por ello, dejar de hablar de sí mismo. Enseñándonos esa incipiente madurez creativa que, ya desde su dedicatoria, parece contagiada por la obra de Calle. Por su manera de diseccionarse a uno mismo, invitando al espectador, al lector, a observar cada fase y sus resultados.

Quizá por eso, Cabo cañaveral, más nouvelle que novela, haya de entenderse como el diálogo entre Bouillier -no por casualidad, se sacrifica la primera persona en favor de la segunda- y el personaje que ha creado en su literatura. Casi una anécdota, escrita en staccato, que permite a su autor construir una reflexión sobre su evolución literaria. Ese paso de la vida al texto que su trilogía no deja de anotar, y que transforma su memoria viva en un objeto de exposición ante la mirada del lector. Ante la curiosidad por conocer qué será de Ulises cuando regrese a esa Ítaca ingrata de la que partió.

Es probable que la de Bouillier sea una autoficción eclipsada por los éxitos de otros colegas de generación; autores que, sin embargo, han medido mejor la dosis de intimidad a la hora de embarcarse en sus aventuras. De ahí, pues, ese riesgo, incluso vértigo, que se aprecia en las palabras de Bouillier; esa soledad que tan pronto entrega cuadros delicados como imágenes de una grotesca naturalidad. Sin un aparente término medio. Sin filtro. Dejemos hablar a las historias. Bajo el signo de un autor empeñado en escarbar en lo profundo de su memoria para desmontar y exponer sobre la página en blanco aquello en lo que consiste su identidad. Esa odisea que, como la sonda Ulysses, se mueve en dirección a un sol cada vez más negro.

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Détour

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