Encontraste un alma, de Edith Södergran (Nórdica) Traducción de Neila García Salgado | por Almudena Muñoz

Edith Södergran | Encontraste un alma

Acabar en un sello o un billete de banco es cosa mala: es la eternidad adjudicando valor (literal) a alguien que, seguramente, en vida no tuvo tantos lectores como ahora. ¿Cuánto cuesta escuchar una voz de hace dos siglos, lo que un mass market paperback, es decir, lo mismo que un vermú de domingo con suplemento de terraza? Y si se escribiera una postal al autor entre oliva y oliva, ¿cómo se calcula el viaje de su fama? ¿Será el coste del sello directamente proporcional al tiempo que ha tenido que pasar hasta que una cara nos suene de algo?

Cuando el rostro de Edith Södergran apareció en unos sellos fineses de los años 1990, lo más probable es que los afortunados que recibían postales o los infelices que rasgaban facturas no reconociesen el nombre ni a la mujer de los quevedos y el sombrero eduardiano. Podía tratarse igualmente de Hagar Olsson, con quien Södergran mantuvo un fugaz flechazo, de Selma Lagerlöf o de cualquier mujer estancada para siempre en aquellos vasos comunicantes entre arte, política y tuberculosis.

Mientras vivió, Edith Södergran fue mucho más renombrada incluso en círculos literarios con los que nunca llegaría a tener contacto, pero también apreciada en una medida ínfima. Cuando publicó el culmen de su carrera como poeta, La lira de septiembre (1917), ya se la tildaba de loca, y no a nivel de histerismo, sino de centro sanitario. Quizá por no estar casada, por sus bravatas nietzscheanas, por sobrellevar muy mal la revolución de los soviets, o por escribir poesía desde ninguna tierra específica. Nacida en Finlandia, criada en Rusia, enferma en Suiza, matriculada en alemán y amada en sueco, Edith Södergran tardó en hallar su idioma más afín (si es que a los dieciséis años es tarde), aunque siempre tuviese claro que el medio sería la poesía. Por tomar recursos y experiencias de todas partes, de distintas lenguas, diversas vanguardias artísticas y clases opuestas (la infancia aburguesada en Raivola, la adultez empobrecida tras la Revolución de 1917), Södergran viviría, y escribiría, siempre excluida de cualquier grupo, presente o futuro.

Es ahora que se distinguen los brotes sobre su tumba, así como Nórdica mantiene su labor por limpiar la nieve acumulada en muchos túmulos de la literatura nórdica. El grueso volumen reúne toda la obra de Södergran, interrumpida a la muerte de la autora con treinta y un años de edad, y en él casi todo es comunión de fenómenos naturales, criaturas del folklore, arrebatos dogmáticos, accesos violentos y caricias. Nada que indique las difíciles circunstancias pecuniarias e históricas de alguien que parecía cazar sin tregua la voz de un cuerpo a medias enfermo, a medias sano, sin demasiados aliados y con menos amigos, como un navío salvado de la quema por los pelos.

Respecto a la presente edición, aunque a la mayor parte de los lectores no nos sea útil disponer de la lectura bilingüe entre el castellano y el sueco, siempre es delicioso (y agradecido en estos tiempos) navegar entre lo que creemos conocer de sobra y lo que nos suena absolutamente extraño, hasta agresivo. La lengua sueca, como muchos idiomas y dialectos norteños, nos parece que viniese desde grietas en la roca, pero la comparativa nos desvela una poesía que existe más allá de los versos de Södergran. Que decir cosas es una säga, que el amor cae rotundo como kärlek, que hay conocidos con un disfraz que nos resulta familiar, como la danserka (bailarina) y el drak (dragón), que la luna responde a un título místico como månen, que los días de sol son largos como la conjunción solskensdagarna, que el olvido se envuelve de glömska y que la palabra (ord) es breve e inmortal, como el poeta.

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