Tributo a Blenholt, de Daniel Fuchs (Automática) Traducción de Enrique Maldonado | por Juan Jiménez García

Daniel Fuchs | Tributo a Blenholt

La vida del maestro sustituto de escuela Daniel Fuchs podía haber acabado prematuramente si sus primeras novelas hubieran tenido un cierto éxito entre los lectores, que no entre los críticos. De los críticos no vive nadie (a menudo ni los propios críticos). Así que su trilogía de Williamsburg, formada por Summer in Williamsburg, Tributo a Blenholt y Low Company, tuvo que esperar a los lectores del futuro y el veinteañero judío Fuchs a los años cuarenta y su carrera como guionista en Hollywood. Irving Howe decía que su vida podría haber sido escrita por él mismo y lo cierto es que en sus novelas no se fue muy lejos de aquello que debía conocer bien: Brooklyn, Williamsburg, la comunidad judía de Nueva York, en definitiva.

Max Balkan es el segundo funfotch, término de imposible traducción pero cuyo significado se intuye con no poca claridad. El primer funfotch, en opinión de su madre, la señora Balkan, es su padre, es decir, su esposo. Su esposo se dedica a recorrer las calles repartiendo octavillas y, en su tiempo, hizo fugazmente de rey Lear en Australia. Porque él, en otro tiempo, no ese mismo, fue un reconocido actor que interpretó grandes papeles fugazmente en el teatro. Ahora lee el periódico en los ratos libres que le dejan los reproches de su mujer, aunque aún quede un lugar para algo parecido a la ternura (y es que los dos tienen cosas que recordar). Max tiene algo parecido a una novia, Ruth, una novia que espera algo tangible de él. Al menos ir al cine a ver una película de Joan Crawford esa noche y casarse un día de estos. Y la familia Balkan se completa con Rita, la hija, que intenta encontrar su lugar en este mundo, tal vez al lado de uno de los amigos de Max, Mendes Munves, un etimologista, que vive de la caridad de su cuñado (de qué podría vivir un etimologista…). Su otro amigo es Coblenz, que no es nada en particular, aunque le gusta apostar y beber, y las dos cosas serán importantes para el presente y futuro de la comunidad. Con ambos pretende ir al entierro de Blenholt, inspector de alcantarillado, jefe de la mafia local en sus ratos libres. O al revés. Max Balkan, que tiene muchos sueños de juventud, envidia a ese hombre hecho a sí mismo, y piensa que es lo menos que puede hacer. Un héroe de nuestra época apagada, le llama. No lo he dicho aún pero Balkan se dedica a tener ideas. Cosas como el zumo de cebolla. Pretende vender esas ideas y hacerse rico. Es un idealista. Y todos ellos ni tan siquiera son todos ellos. Queda un viejo vendedor de perlas, la señora de la limpieza o un asunto de niños. Y aún así, ni tan siquiera sigue siendo todo.

Viejos tiempos del pasado… Daniel Fuchs no evocaba ningún pasado. Tributo a Blenholt es una novela de 1935 que discurre en 1935. Aquel Brooklyn es su Brooklyn, aquellos judíos sus judíos, aquella familia, aquellos amigos, tantas familias y tantos amigos, conocidos y desconocidos. Todo es absolutamente disparatado, humanamente disparatado, pero posible. La vida es así, con sus jovencitas, sus madres Balkan de naturaleza sencilla, etimologistas que deben aprender a bailar, apostadores con dolor de muelas, idealistas, perdedores que pasan su tendencia a la derrota de generación en generación, como si fuera una simple cuestión de genética. Derrotados del mundo que esperan que todo acabe con ellos, que sus hijos rompan pobrezas ancestrales. Guillaume Apollinaire hubiera escrito de ellos: de derrota en derrota hasta la derrota. Fuchs los quiere, porque son los suyos. Y también son los nuestros. En algún momento nos hemos encontrado con ellos. Antes de este libro. Y nos encontraremos con otros como ellos, después de él. Tal vez seamos nosotros mismos ellos. Yo. Tal vez. Si hay algo que mueve el mundo no es la esperanza, sino la incertidumbre.

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