Nevada, de Claire Vaye Watkins (Malas tierras). Traducción de Ce Santiago | por Óscar Brox

Claire Vaye Watkins | Nevada

Comienzo Nevada con la sensación de pisar un territorio conocido. Un lugar de perdedores y vencidos, de gente enamorada que termina mal y de hijos que se ven en la obligación de reinventar su legado. Un legado de violencia, de fatalidad y derrota, que derrocha en los relatos de Claire Vaye Watkins la necesidad de explicar; de narrar; de ir de aquí para allá, dar pasos en falso y meterse en arenas movedizas. En zonas tan pantanosas como una crisis de identidad, de soledad o de devastación moral. Repletas de personajes perdidos, hundidos y marcados, que intentan aprovechar el espacio de cada página para reclamar su lugar en la ficción. Sus altas y bajas pasiones, sus cuitas personales, su naturaleza humana.

Watkins arranca con el origen de Nevada para unirlo a su agitada biografía familiar. Pocas veces un retrato paterno ha tenido tantas aristas, tantas capas, a medida que el relato se recompone y asalta al lector con las confesiones a bocajarro de su autora. De aquella América zambullida en los sueños de libertad, de las orgías en el Rancho Spahn y el culto a Manson, de los días de violencia y soledad y de la lenta descomposición moral como legado para los hijos de aquella época. Todo ello, con pulso firme, a caballo entre la crónica (casi) periodística y el ejercicio autobiográfico, en el que la dolorosa verdad familiar se convierte en un episodio más dentro de la historia del lugar.

Lo que viene a continuación es una cadena de relatos en los que su autora juega con la forma y el espacio, los personajes y las descripciones. Hay lugar para la escritura epistolar (en Lo que menos falta nos hace), para una miniatura en la que la violencia sexual impacta sobre el deseo adolescente de propiciar ese cambio vital (en Rondine al Nido) o para una narración en la que un turista italiano perdido en un burdel de Las Vegas se sumerge en una espiral de amor y autodestrucción (en Pasado perfecto, pasado continuo, pasado simple). Lo interesante es cómo Watkins se apodera de cada estilo, de cada registro, y lo proyecta sobre la narración. Hay espacio para los pequeños detalles y los gestos insignificantes, para el relleno que proporciona al lector la biografía justa de los personajes, pero es maravillosa la facilidad con la que su autora nos coloca frente a un estado emocional a punto de quebrar, frente al renglón torcido que se despeña al final del margen o frente a ese apogeo vital que precipita la más dura de las caídas. Una violación, un abandono, una muerte, la drástica necesidad de un cambio que no llega o, simplemente, que no llega como deseamos. Por mucho que sus criaturas se empecinen en creer que sí. En este sentido, resulta modélico cómo Watkins describe a unos personajes obsesionados por reclamar su importancia, sus sentimientos, aunque para ello tengan que ser vejados (como Lena en Rondine al Nido) o descompuestos, aflorando su compleja naturaleza humana.

Uno de los mejores relatos es Ojalá estuvieras aquí. En él, Watkins aborda la crisis silenciosa de una pareja y su bebé. Ya desde el principio flota un ambiente raro, si bien el lector no sabe a qué se debe. Puede apostar a una infidelidad, a un embarazo no deseado o a una realidad familiar poco estable. Y, sin embargo, la autora descarta con toda naturalidad cada una de las cábalas, desmontando lo fácil para mostrarnos lo difícil: el pasado feliz que parpadea sobre el presente aburrido, la adorable locura de la juventud que resplandece hacia una madurez sin brillo y la felicidad de un hijo transformada en una maternidad que no se acaba de entender. Todo se desintegra en el relato, pero sucede casi imperceptiblemente, sin que una cosa se apodere de la otra. Tan solo con esa amargura vital que, nos dice Watkins, no tiene nada de especial. Y precisamente por eso duele tanto: porque es imposible liberarse de ella. Otro tanto sucede con La archivista, en el que el drama late continuamente sin que nada parezca suceder. Algo está roto; una emoción, una vida, muchos recuerdos, una relación sentimental, y Watkins se las apaña para enseñarnos las esquirlas. Para describirlas y presentárnoslas como algo familiar. Reconocible. La tensión entre las dos hermanas, Nat y Carly, surge porque hace demasiado tiempo que se han desconectado de la realidad familiar. O de lo que cada una de ellas piensa que es esa realidad. Y, sin embargo, se diría que todo el relato parece un diálogo ininterrumpido entre ambas, añadiendo dolor y vergüenza a una herida que no se cierra. A la imagen de esa hermana que no sabe cómo rehacer su vida porque no entiende que deba hacerlo; que ha dejado escapar unos cuantos trenes (una pareja estable, una maternidad) para agarrarse a una fugaz sensación de felicidad. O de pasión. O de rabia. Y mientras todo eso flota en el relato, la vida se abre camino sin concesiones.

En cierto sentido, los relatos que componen Nevada son una cosmogonía, una genealogía con la que Claire Vaye Watkins retrata no solo un territorio, sino también la gente y las emociones que lo inspiran. Las caras conocidas y las historias que parecen arrancar de la pura oralidad, de la anécdota insignificante, para progresivamente constituirse en pequeños ensayos en torno al dolor y la pérdida, la madurez y la aceptación de que muchos de nuestros retos vitales pasan sin llegar a cumplirse. El de Watkins es un territorio de violencia y de olvidos, y no sé hasta qué punto unos vienen producidos por la otra. Pero es, asimismo, un territorio de verdad, de una voz narrativa firme que se desenvuelve en cualquier envite formal con la misma calma. Con las palabras justas y la capacidad de descripción afilada. Con la sensación de que, como en ese relato inicial, todos los personajes hablan de ella. De unos miedos, de unas ansiedades, de unos riesgos y unos anhelos sin los cuales resulta difícil entender el presente. Y ahí, en definitiva, es donde empieza todo.

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