Tierno bárbaro, de Bohumil Hrabal (Galaxia Gutenberg) Traducción de Kepa Huarte | por Juan Jiménez García

Tierno bárbaro | Bohumil Hrabal

Aquí estamos de nuevo, señor Hrabal. Pasaron muchos años, pero finalmente llegó el libro que estábamos esperando, aquel de su relación con el pintor explosionista y hombre mágico Vladimir Boudník. Ese Tierno bárbaro. Ese bárbaro tierno. Hubo un tiempo en que se editaban libros y libros de Bohumil Hrabal. Luego, se murió (dándole de comer a las palomas, se cayó por la venta del hospital, convertido así en su propio personaje). Y al morirse, se acabó. Sí, alguna cosa más llegó (precipitadamente, en algún caso), pero nadie se acordó de editar una de sus obras más importantes. Hasta ahora. Hasta esta edición de Galaxia Gutenberg.

Hay escritores que son importantes para la historia de la literatura y otros que son importantes para la historia de uno mismo. Hay algunos que lo son de ambas formas, claro está, pero ya compartimos tal nivel de intimidad con ellos que poco importa. Marina Tsvietáieva llamó a su libro sobre Aleksandr Pushkin “Mi Pushkin”, quién sabe si apropiándoselo en un arrebato. Del mismo modo, después de tantos años juntos, podría yo decir “mi Hrabal”. En algún momento, armónicamente él y yo nos unimos en una sola persona, imperfecta y llena de errores, viviendo en un eterno estado de melancolía.

Así, Bohumil Hrabal y Vladimir Boudník podrían ser una sola persona. Boudník empezaba donde Hrabal acababa, y, alguna que otra vez, se superponían. Vladímir, maestro de la imaginación táctil. Así empieza su collage de palabras hecho de innumerables trozos de su amigo, pegados con gotas de sangre sobre papel reciclado. Vladimir Boudník también creía que lo más importante se encontraba en la calle y que te podías cruzar en cualquier esquina con los materiales necesarios para crear. La belleza de las tuberías y del hombre corriente. Sus obras se construían a través de materiales no muy nobles, desperdicios de aquellas fundiciones en Kladno en las que ambos acabaron trabajando. La poesía era ver surgir las cosas tras ese anaranjado intenso surgido del fuego del infierno, convertido alquímicamente en frío metal sólido. Su misión era lo inalcanzable.

Hrabal decía que la búsqueda de uno mismo empieza por el frío más intenso, y ese frío era el que envolvía la vida de su amigo Vladimir. Siempre moribundo. Vivir velozmente, tener todos los vicios, despreciar el dinero (que se gastaba prodigiosamente de cualquier manera en cuanto caía en sus manos), beber cerveza y mirar a las mujeres de la limpieza, palabrista que odiaba los diálogos, bello y apuesto, tierno, claro. Toda la vida de Vladimir parecía el trabajo de un corazón humano que piensa. ¿Cómo no iba a estar su obra basada en la búsqueda de algo, de algo como el estremecimiento?

Junto a los dos amigos, un tercero: Egon Bondy. Filósofo, escritor y figura underground, cruza a un tiempo el mundo junto a ellos. Aquí personaje cómico siempre superado por la vida imposible de Boudník, por esas frases que querría haber dicho él, aquellos actos que querría haber vivido. Cruzan un mundo que no solo no les entiende sino que les es hostil, que les sería ajeno si no fuera porque la vida, su vida, está en las tabernas, en el coraje cotidiano de cada día, en la tristeza por la belleza. Una cháchara alegre tiene el mismo valor que una conferencia académica.

Entonces, un día, llega su muerte. No llega: va en su búsqueda. Un suicidio. Cuando entendió que lo irreal poético le había abandonado, que había cerrado su grifo milagroso. Fin. Pues fin también.

Hrabal no escribe ningún réquiem por su amigo, sino simplemente nos hace gozar de la vida que vivieron juntos, magnéticamente juntos, presos de una irresistible atracción que hacía y deshacía tabiques. Hasta que Vladimir partió hacía el Universo, que era su lugar natural y aquel espacio que siempre había habitado, después de todo. Y entonces, entonces se acaba el libro. Y nosotros tenemos la sensación de haber viajado veloces en un tren desbocado, un tren que no se detiene nunca, que no se detendrá nunca, porque es la vida o algo así. E incluso después de esta, no se detendrá. Y cuando no quede nada, ni tren, ni vida, ni universo, no se detendrá. Porque somos solo un fragmento en algo más inmenso. La continuación de todos aquellos que nos precedieron de algún modo y el prólogo de todos aquellos que nos continuarán. Vladimir, Bohumil, Egon, la chica en la barra de la taberna, el hombre que veía un mapa de Europa en una mancha de la pared, yo, otros, otro más. Hasta la Eternidad.

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