Marina Yuszczuk (Buenos Aires, 1978) es poeta y editora en Rosa Iceberg. Autora de Lo que la gente hace (Blatt & Ríos, 2012), El cuidado de las manos (Melón editora, Bs. As., 2012), Madre soltera (Mansalva, Bs. As., 2014) y La ola de frío polar (Gog y Magog, 2015). Es también Doctora en Letras por la Universidad Nacional de la Plata y colaboradora en el periódico Página/12.

Su poemario Madre soltera ha sido editado en España por ed. Las Afueras, 2020.

Quedar embarazada por error es una forma de quedar embarazada. ¿Y qué es un error? Una cosa que no estaba en los planes, quiere decir que nadie se la había imaginado. Algo que se lamenta después de que sucede, o un deseo tan profundo que no se sabía, y el cuerpo se adelanta y lo realiza. 

Laura Freixas decía que sabemos mucho sobre las guerras, pero poco sobre la maternidad. Si bien las feministas de la tercera ola hacían de sus eslóganes una lucha contra la imposición de ser madre como único fin en la vida de las mujeres, hoy son cada vez más las distintas voces de maternidades que se comparten y se exponen. Siempre se habla de la maternidad desde la ambivalencia: unas desean serlo sin saber el motivo, otras saben muy bien el por qué de su deseo y otras tienen claro que no, que tener un bebé supondría renunciar a unas libertades y ritmos a lo que no están dispuestas. La (no)maternidad es una experiencia rica y diversa. De hecho, es una experiencia que cabe de forma amplia y creativa en los confines de la escritura. Hasta hace muy poco, y es algo que sigue estando presente a día de hoy, escribir de los asuntos “íntimos” se relacionaba con la mujer y su emocionalidad. Se contemplaba como asuntos de mujeres, siendo este “de mujeres” un aspecto negativo y simplón.

Cuando las mujeres penetran en la literatura, empiezan a narrarse creando su propia agencia. Se enfrentan a lo dado e impuesto exteriormente por la cultura patriarcal, construyen una nueva sujeta creadora y escapan a ese hueco de no-representación de la mujer que habla, por fin, en primera persona. Esto excede los géneros literarios: no hablamos de autoficción o diario biográfico. De lo que se habla es de reapropiarse de una voz patriarcal que se ha inventado las vivencias de mujeres durante siglos para darle una forma terrenal de realidades diversas y vivas y, por qué no, también visceral.

La maternidad ha sido un proceso ninguneado en todos sus ámbitos, y si lo ha sido en temas de derechos (sexuales, reproductivos, laborales) de todas las clases, ¿cómo no iba a ser ninguneado, también, en su reflexión literaria?

Narrar aspectos como la experiencia maternal, desde el proceso de gestación, embarazo, parto y crianza, nos permite explorar, desde una primera persona que ha sido castrada históricamente, un rito de paso humano brutal. Aquel lugar en el que una mujer —y especialmente si es madre primeriza— tiene que darse luz a sí misma.

¿Cómo se utilizan los artificios lingüísticos para expresar lo innombrable? ¿Cómo dar espacio lingüístico a algo tan profundo? Para Marina Yuszczuk, la maternidad se vuelve un espacio, un hueco en el que verter las letras de manera desordenada para que ellas mismas se den de la mano y formen un ente abstracto, pero poderoso, de entrega. La escritura se vuelve así una forma de poner calor sobre la carne expuesta.

Madre soltera (Las afueras)

Marina Yuszczuk | Madre soltera

Cuando Marina escribe versos como: a una mujer / si alguna vez se hace madre, / o no / en las puntas de los dedos / tienen que crecerle garras, se está desligando de la experiencia absoluta para dar agencia a la posibilidad de la (no)maternidad. Deja el espacio necesario para que todo cuerpo se mire los dedos y se haga las preguntas exactas.

Sintetiza, a través de las letras, una vivencia carnal que pide a gritos expandirse. El lenguaje se ve alterado por una realidad que intercede todo. Desde el sexo hasta los sueños, desde la furia hasta la ternura, Yuszczuk consigue acondicionar los sentimientos contradictorios para que sea el propio poemario el que los sostenga y los reordene. Algunos solo necesitan un verso para nombrar el punto exacto del dolor. Otros, los encabalgamientos para reflejar el atropello o la grieta del discurso emocional.

Nos acompaña, durante todo el poemario, o más bien la acompañamos nosotros a ella, a un viaje sin retorno. Atiende, con recelo, a un inventario de ropas de bebé nuevas que serán viejas mañana por la rapidez con la que crece la criatura. Este    inventario hecho poema es, a su vez, una forma de nombrar a las amigas que regalan por el nacimiento de un bebé. Algo que empieza siendo frustrante (por cantidades de ropa que serán inútiles enseguida) se convierte en aire de celebración vital. Los diminutivos no solo ayudan a imaginarse las pequeñísimas prendas de ropa, sino a entender cómo un conjunto de cosas chiquitas puede conformar una gran red. Su último verso y después los cosieron / todos juntos y le hicieron / con esa misma lana un sonajero, mis amigas / poetas nos trae al agradecimiento y a la nostalgia, que es vivida en otro de los poemas del libro en el que la autora reflexiona sobre la partida de las amigas: «las mejores amigas se disuelven». Algo doloroso y común en los nuevos ciclos vitales personales que, quizá, no son tan compartidos con los caminos de personas allegadas.

*  *  *

Entro en el mundo maternal de Marina con un poco de miedo a ser vista, y con el susto de querer intelectualizarlo todo. La narradora y poeta me lleva, a través de sus poemas y de sus respuestas en esta entrevista, a la capacidad del lenguaje de señalar con los dedos sutiles; aquello que no sabe nombrarse sin la carne.

Algo se rasgó para él
que lo expresa gritando
también, algo se rasgó para mí
pero yo, en cambio, no grito
mi función es mantener la paz
o ser la paz
ser una calma con los brazos abiertos
listos para recibirlo.

Para escribir, y esto se ha mencionado hasta la saciedad, se necesita de tiempo a solas y de cierto tipo de… aislamiento, digamos. Como editora y escritora, y recién madre cuando escribías Madre soltera, ¿dónde encontrabas ese espacio secreto?
Bueno, estar con un bebé de pocos meses, que no habla, se parece un poco a la soledad. No es soledad exactamente, pero tenés a esta criatura en brazos, o prendida a tu cuerpo, y al mismo tiempo podés leer, incluso escribir, si te queda una mano libre… el primer año de maternidad es el de aprender a hacer cosas con una mano. A veces incluso escribir poemas. Después te separás del bebé y se recupera el cuerpo, pero hay algo de pensar y escribir en presencia del niño que me parece muy inspirador y que disfruté mucho.

El silencio, la quietud y cierta sensación de plenitud que se respiran cuando tu hijo está tranquilo y duerme al lado tuyo me resultan muy parecidos al marco que suelen tener los momentos epifánicos para los poetas.
Escribí Madre soltera mientras mi hijo dormía, en ratos fugaces a la hora de la siesta, a la noche, cuando la casa estaba en silencio… nunca más tuve una experiencia de escritura así, la disfruté mucho. Y escribí el libro que podía escribir en ese momento, hecho de textos breves, de fragmentos.

La maternidad todo lo altera, incluso el lenguaje. Y tú esto lo describes bien en tus poemas. ¿En qué nuevas semánticas te has visto sumergida desde que diste a luz?
Es difícil responder esto, los niños cambian a toda velocidad desde el momento en que nacen y te van introduciendo en estados nuevos, estés preparada o no. Recuerdo el comienzo de mi maternidad como un momento donde todo era concreto, resolver y organizar el día a día, aprender a estar con un bebé, a comprenderlo… era muy intuitivo.

Se puede intelectualizar todo esto pero lo que me conectaba con mi hijo era otra cosa: percibirlo. Captar qué le pasaba a su cuerpo, a un cuerpo que no te habla pero sin embargo se expresa, se manifiesta. Después empezó otra cosa muy distinta, los años de las reglas, las explicaciones y el «no», de las advertencias… hay que reinventarse totalmente para poder cumplir con ese papel. Para mí fue duro, no quería ser una guardiana, alguien que dice «no hagas esto», quería ser la madre que nutre y consuela, pero entendí que se imponía ese rol necesario. Y lo hice. Luego mi hijo empezó a escuchar y pedir cuentos, empezó una etapa que por suerte todavía no ha terminado que es la de la ficción, los cuentos a la hora de dormir, maravillosa. Y de jugar con el lenguaje. Todo eso me transformó como escritora.

En otros espacios has mencionado que la experiencia de ser madre te dejó… muda. ¿Es quedarse muda una manera de, precisamente, mudar de voz?
Podría decirte que la juventud se terminó, junto con toda una manera de posicionarse como hija, a veces incluso con una voz de niña o aniñada. Encuentro una voz más segura, más afirmada, en mis libros posteriores. Más aferrada a lo esencial.

El manifiesto de la experiencia personal de la maternidad en forma de poemario, ¿se trata de una extensión de una misma? ¿o existe una caracterización performática que convierte a la experiencia en ficción?Bueno, lo que ocurre es que yo soy una escritora, lo era antes de ser madre y lo seguí siendo todo el tiempo, no me imagino cómo podía haber atravesado una experiencia tan intensa, tan radical, sin tener el impulso de escribirla. Ser escritora implica una atención y una curiosidad permanente por la experiencia humana. Y había algo de lo transformador de la maternidad, de lo primitivo, incluso de lo incomunicable, que yo intuí que tenía que ver con la poesía. Por suerte escribí Madre soltera en un estado de desconexión del mundo y de mucha entrega al presente que estaba viviendo, así que no hubo preguntas ni reflexiones teóricas de por medio. Eso vino después.

Dice la psicoanalista Lola López que existe un fantasma de preñez en todo aquel que se siente llamado a escribir” y explica que existirían analogías entre este proceso creativo y el de la maternidad. Laura Freixas, a su vez, define el dar a luz como un rito de paso para la mujer que se convierte en madre. ¿Te parecen, la escritura y la maternidad, «ritos de paso» similares?
No los veo como dos experiencias similares salvo quizás en un punto: el de la entrega. Recuerdo el momento de parir y la urgencia por entregarse de cuerpo y alma a lo que estaba sucediendo, con todo el coraje que eso demanda. Siento que escribir reclama algo parecido: darse. Arrojarse incluso, a veces sin saber muy bien a dónde o a qué. En eso creo que la sensación es parecida a la de hacerse madre: una sabe que va a salir transformada.

Agosto 2020

Fotografía banner: Catalina Bartolomé


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