La infancia de Nikita, de Alexéi Tolstói (Ardicia) Traducción de Enrique Moya Carrión | por Juan Jiménez García

Alexéi Tolstói | La infancia de Nikita

El paraíso perdido es la infancia. La infancia, ese lugar idealizado, apenas recordado, ese espacio donde creíamos, aún, que todo era posible. El paraíso perdido, tal vez, es la infancia de los demás. Esa infancia que leíamos o leemos en los libros, una tarde soleada de primavera, mientras el viento mueve las cortinas, están los pájaros y llega un cierto olor a mar salada. Aquí al menos. La infancia es aquello que necesitamos creer que sucedió. En algún momento, en algún tiempo, a algún otro o a nosotros mismos. Por eso, cuando leemos La infancia de Nikita, de Alexéi Tolstói, nuestros pulmones se ensanchan y de nuevo despiertan unas emociones que parecen reservadas para tiempos mejores. Sí, la literatura puede cambiarnos. Al menos durante unas horas.

Nikita es un crío de unos diez años. Vive en una dacha, con su madre, su tutor (con la cabeza ocupada por la maestra del lugar), los criados y un montón de caballos. También con su padre, un ser feliz que vive en un mundo de caprichosa fantasía, pero este a menudo anda por ahí, ocupándose de una herencia familiar y derrochando  en cuanto surge la ocasión. Es invierno. Su vida discurre entre las aburridas lecciones y las incursiones en el pueblo vecino para pelearse con los correspondientes niños de allá. De cuando en cuando, esa monotonía se altera. Para Navidad una amiga de su madre llega para pasar unos días. Con ella están sus hijos. El aventurero Víktor y la deliciosa Lilia, solo una año más pequeña que Nikita. ¿Cómo no enamorarse de ella? De sus ojos azules, de sus cabellos, de su manera de estar, de ser. Pero ella se marcha poco después, aun declarándose su amor. Y seguirán los días y las estaciones. El invierno dejará paso a la primavera, la primavera al verano, el verano al otoño y las cosechas, el otoño, de nuevo, al invierno. Un invierno de pérdidas y reencuentros.

La infancia de Nikita es un libro sobre los sentimientos. No sobre el amor entre un niño y una niña, sino entre un niño y el mundo que le rodea. No encontraremos grandes aventuras, acontecimientos que cambian el curso de las cosas, personajes de una personalidad deslumbrante. No. Incluso cuando ocurre algo de esto es simplemente un parte más de un todo más amplio, de una vida vivida en comunión con la naturaleza, con las estaciones, con los días y con las pequeñas cosas. También con uno mismo. Tolstói nos traslada a un mundo en el que cualquier cosa puede ser emocionante si simplemente estamos abiertos a maravillarnos por todo, por esas pequeñas nadas. Una tormenta, un pajarillo, montar por primera vez a caballo, unas inundaciones, el primer beso, la primera carta, unos jarrones, una sombrilla blanca, los paseos del gato, todo forma parte de una misma cosa que debe ser vivida con una intensidad de días que pasan alineados perfectamente con todo lo que está a nuestro alrededor.

Libro delicioso (adjetivo que debería ser usado con mesura, pero que aquí es inevitable), de una tremenda ligereza (en el sentido de delicadeza), es capaz de trasmitir, con una escritura a punto de quebrarse, ese momento en el que ese paraíso es abandonado, sustituido por otra cosa distinta, otro momento de vida. Un momento en el que Nikita, como le pasó a Cioran, entendió, mientras abandonan la dacha en dirección a la ciudad y otro invierno había llegado, que el paraíso se había acabado.

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