Jean Vigo | L'Atalante

Para nosotros, Jean Vigo siempre ha sido sinónimo, casi síntoma, de la felicidad. La felicidad de inventar una historia, de apresar la realidad y transformarla en un mundo; de filmar París y Niza, un rostro, el de Dita Parlo, o una chalana. La alegría, la pasión o el deseo de vivir y aprender a mirar ese universo que bulle frente a los ojos cada vez que nos colocamos frente a la lente de una cámara. Nosotros, que aún creemos en los relatos ultramarinos de Melville y Lowry, que aún recordamos aquel muelle de Le Havre junto a la Odile de Raymond Queneau, que disfrutamos escuchando hablar de cine a Michel Simon y a Jean Renoir; nosotros, decíamos, nunca dejamos de pensar que empezar una revista con un texto sobre Jean Vigo y su obra maestra, L’Atalante, tenía algo de bello y también de justo. Una oportunidad para volver a recorrer una ciudad infame y maravillosa desde la mirada más hermosa que el cine francés construyó durante la década de los 30.

La escritura de Mauricio Álvarez-Mesa invita al viaje continuo, como una voz literaria que desde la lejanía te atrae hacia ese horizonte de palabras e imágenes, de poesía y narraciones que cubren, tan sincera como elegantemente, la memoria del cine. O, mejor dicho, de las emociones del cine. Que sea feliz en L’Atalante nos conduce por aquellas noches de bruma y niebla donde los canales se hacían invisibles y la penumbra se extendía por todos los sentidos, a través de una película en la que, como en el amor y en la poesía, el espíritu se alimenta de imágenes y recuerdos. Nadie hay mejor que Mauricio para transportarnos, con su escritura evocadora, hasta aquel tiempo en el que la felicidad y el cine se escribían con las imágenes de Jean Vigo.

 

leer en détour

Número seis
Bande à part
Imágenes: Francisca Pageo

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