El caso Cem, de Vera Mutafchíeva (Automática) Traducción de María Vútova | por Juan Jiménez García

Sonaba la música de Eleni Karaindrou. Hace calor y, mientras espero, giran las aspas del ventilador. Acabo de terminar de leer El caso Cem, tras unos días de lectura febril, y todo me habla del exilio. El libro acaba señalando que no hay nada más humano que el sufrimiento y, sí, es cierto. Pero yo no dejo de pensar en el exilio. Creo que todos somos habitantes de un exilio o de muchos. Hemos sido expulsados de algún lugar. Si fuéramos creyentes, pensaríamos en el paraíso perdido. Sin serlo, quién sabe. De la infancia, de los sueños de juventud, de aquella aldea, de los brazos de las muchachas jóvenes, de nosotros mismos. Sí, de nosotros mismos también. De hecho, el mayor exilio de Cem no es abandonar Turquía, sino abandonar su cuerpo, sus esperanzas, su propia vida. Le llevará su tiempo, pero el tiempo es todo el capital con el que cuenta. Cem, el segundo hijo del sultán, de Mehmed Khan, el Conquistador, que acaba de morir. Es su preferido, pero poco importa. Le sucederá su primogénito, el piadoso y mediocre Bayezid. Para Cem queda lo excepcional (la belleza, el talento), la rebelión y el eterno perder. Cree contar con el apoyo del ejército, pero solo será una primera desilusión de tantas otras. El porvenir es largo.
Su destino es el del rey Lear de Shakespeare. No tiene hijas, pero sí un montón de pretendientes, en todos los lugares de la cristiandad. Francia, Hungría, Italia a través del papa, Venecia, Nápoles… Cada uno de ellos ve en él su utilidad para enfrentar ese mundo convulso, bien para combatir mediante cruzadas o guerras a los otomanos, o bien para defenderse de ellos. Cem irá de castillo en castillo, sin saberse preso, y con cada cambio de lugar irá perdiendo hombres y libertad, hasta quedarse solo con el fiel Saadí, que en Lear era un bufón y aquí es un poeta. En definitiva, un cuerdo para acompañar el viaje hacia la locura de su señor. Atravesar desiertos, abandonar esperanzas, desesperarse juntos. Cem acaba enseñando a jugar al ajedrez a un mono y Saadí volviendo piadoso a un loro. No será lo peor. Lear volverá en sí el tiempo necesario para acabar de perder la razón. Otro lugar compartido. Y una certeza: el mundo nunca fue lugar para poetas.
El viaje sin destino empezó con su encuentro con la orden de los sanjuanistas, esos monjes soldados, allá, en Rodas. Una nefasta decisión que será su condena. Será prisionero sin saberlo, para acabar siendo prisionero de sí mismo. Habitante de una comedia, su hermano pagará una cantidad astronómica para que no le dejen volver. Convertido en un negocio y en motivo de disputas, poco a poco, como todo aquello que le rodea, irá desapareciendo o envejeciendo. Las fiestas y apariencias con las que le distraen en un principio irán dejando lugar al vacío. La confianza se volverá desconfianza, el amor, traición. No habrá más pérdidas. A partir de ahora, su paraíso será artificial. El mundo se sigue moviendo a su alrededor, pero ya todo llegará tarde, demasiado tarde. Ni siquiera la muerte le librará de lo absurdo.
La paradoja es que la vida de Cem no puede ser contada desde el propio Cem, un completo desconocido de sí mismo. Hay que reconstruir su vida a partir de los testimonios de los demás, entrelazando aquel mundo de intrigas políticas con los momentos más íntimos. No hay distinción posible, dado que, después de todo, Cem estaba siempre a la vista de todos, manejado por los demás y parte de planes de los que nada sabía. Mentiras, solo mentiras. Las voces cambian, aunque la más frecuente sea la de Saadí, aquel que le fue más cercano. Él es el único espectador de su progresiva desnudez. Cem no es nadie ni nada, más que una mercancía o un nombre invocado. Ha perdido su cuerpo para convertirse en un fantasma. Protagonista de una novela histórica e incluso de aventuras, atraviesa como pieza esencial el vasto tablero en el que se jugaba la época. Desde su vitalidad juvenil hasta su muerte, Cem solo fue el sueño de una cosa.