Después de Auschwitz, de Hilario J. Rodríguez (Silex) por Francisca Pageo

“La literatura puede silenciar pero nunca olvida por completo”.
No son pocos los libros ni los artículos ni las películas que el Holocausto ha dejado tras de sí. El asesinato y tortura de 6millones de judíos fue una de las barbaries de nuestro tiempo, de nuestra Historia, con H mayúscula. Hilario J. Rodríguez, a través de diversos ejemplos visuales ––caben destacar la Shoah de Claude Lanzmann y El hijo de Saúl del húngaro Laszló Nemes, a quienes da una cabida importancia en este libro, nos sumerge en los pliegues del tiempo. Pliegues que nos hacen pensar cómo vamos modificando nuestro modo y aspecto de ver aquellos hechos tan horripilantes y de los que no podemos no mirar hacia atrás.
Con entrevistas a Lanzmann, Jorge Semprún y Péer Forgács, Hilario nos hace ver cómo la posibilidad de una mirada puede cambiar y predecir y adecuar nuestra propia mirada. Para leer este libro, por ejemplo, hay que ir con la mente abierta y el corazón abierto, para que lo que leamos salga y no se nos quede del todo, pues son y es un tema duro, que se mete de lleno en el alma humana, se mete de lleno en el sufrimiento y la incertidumbre. Las referencias son maravillosas y pensar en una época después de lo que pasó y sucedió en Auschwitz no es, desde luego, algo fácil. Tenemos que ir con pies de plomo, despacio, sin despegarlos mucho del suelo, porque la caída puede ser importante.
Destaco el capitulo dedicado a Robert Walser porque tengo especial predilección por este autor, que aunque parezca caer en el olvido, Carl Seelig nos ha traído a nuestro tiempo porque es merecedor de ello. Creo que en Walser estaba la esperanza, así como la literatura. Se habla mucho de la literatura de W.G.Sebald aquí. Hace tanto tiempo que no lo leo que creo que me voy a disponer después de este libro a leer Austerlitz. La infinita melancolía, la infinita densidad del ser que se arremolina por los rincones. Se entorpece cada capitulo con nuestro intelecto porque no sabemos si queremos seguir leyéndolo. Pero no podemos parar. Algo nos interpela. Algo nos ata a él. Y es la memoria. La memoria que queda de los que estuvieron antes que nosotros, la memoria que también deja la literatura, este ensayo mismo. Me afano en dedicarme por completo a su lectura del tirón porque me hallo ahora mismo de buen humor. Reconozco que la primera vez que cayó en mis manos y empecé a leerlo no pude seguir. Algo me lo impedía. Hay que estar preparado.
Y es que no, no es fácil leer este libro. Y más siendo un ser sensible y sensitivo. Pero hay algo de luz en todo ello: el humano puede nombrar la esperanza y puede ir hacia ella si quiere. Aunque la incertidumbre se apodere de nosotros, resguardamos a precio de oro aquello que atesoramos con tanto ahínco: las imágenes. Imágenes que nos repelen pero que también están ahí para concienciarnos. Toda imagen es hija del humano. ¿Pero todo humano es hijo de quién? ¿Sabéis la respuesta? Yo no la sé. Me enternece este libro porque aunque siento dureza y crueldad en lo que el humano da de sí mismo, Hilario ha sabido mostrarnos que el hombre necesita de las imágenes para expresarse. Como decía Paul Celan: la eternidad está llena de ojos.