Urbana, de Fogwill (Mondadori) | por Ferdinand Jacquemort

FLibrosogwill quería escribir una novela sin historia, en la que no sucede nada. En realidad, quería escribir una obra en la que no sucedería nada. Es complicado. La nada, después de todo, ya es algo. Pensaba que cuando uno cree que en el texto debe suceder algo es porque no tiene mucha confianza en que algo vaya a ocurrir entre el texto y su lector. Seguramente es cierto. Fogwill, después de todo, siempre fue un tipo listo, un escritor brillante, también cuando no escribía, cuando simplemente conversaba, por ejemplo.

Urbana es un intento de no contar nada, es verdad, una historia de personajes sin nombres que se resisten a ser personajes. Están siempre como a un lado, viendo la vida que les pasa cerca cerca, hasta cuando está encima, hasta en el sexo. Miran sin ver, piensan un poco por azar, los momentos se suceden y algo que parece ocurrir sin especial sentido, lo encuentra en otro lugar, en otra situación. Una historia de la banalidad (la Historia). Al final, Fogwill parece compadecerse (de su editor) y le arregla un bonito final para que todo tenga un argumento, en el último instante. No importaba demasiado. Quizás Urbana no sea Los pichiciegos, esa demoledora visión subterránea de la guerra de las Malvinas, ni tampoco Help a él, que tampoco contaba nada especialmente, pero era un brillante juego de identidades. Urbana, no apostando por nada, acaba siendo un lugar plácido en el que dejarse llevar por la prosa del argentino, al que hemos aprendido a querer, como un encuentro inesperado, como aquello que está en el fondo de un baúl, esperándonos, después de todo. Quizás necesitó morirse para que todo fuera así. Es un precio. Triste, pero habitual.

 

La huida a caballo hacia lo profundo de la ciudad, de Bernard-Marie Koltès (Alfabia) | por Óscar Brox

ELibrosn 1976, Bernard-Marie Koltès, dramaturgo y voz sin igual de las letras francesas, se instala en su residencia familiar en Saboya para intentar desengancharse de las drogas. Mientras lo intenta -morirá, a causa del SIDA, en 1989-, escribe una novela de una intensidad febril como La huida a caballo hacia lo profundo de la ciudad. Alucinada y excesiva, por sus páginas desfilan -y se arrastran, desean, apuñalan u odian- cuatro personajes que, según la intensidad del pasaje, adquieren los rasgos de auténticos estados de ánimo de una desesperación terrible. Dos hermanas y sus dos amantes pasean por el, probablemente, escenario más sórdido que Koltès es capaz imaginar -aprovechando su talento para extraer las últimas gotas de lirismo de la fealdad y lo grotesco-, haciendo de su amor extremo la metáfora perfecta de su más exagerada dependencia. Hostil como él solo, Koltès se esfuerza en describir, después de agotar todas las palabras, esa especie de sentimiento de plenitud del vacío que produce la dependencia o la subordinación hacia algo. Esa sensación que podríamos concretar como el otro lugar, entre el todo y la nada, al que va a parar nuestra cabeza definitivamente perdida; el deseo sin deseo; las ideas sin acción; el amor que todavía cree tener un objeto. Los personajes de Koltès se encuentran en ese momento en el que todavía creen; en ese último instante de parálisis que convierte sus vidas en un laberinto de bajas pasiones. Desde el más profundo de los desgarros, Koltès retrata la crónica de una abstinencia: la de ese cuerpo vacío que ha conseguido olvidar de qué estuvo lleno. La crónica, en fin, de necesitar algo que hemos olvidado, pero cuyo fulgor sigue encendiendo nuestro deseo. Una contradicción desesperada que Koltès narra con una increíble fuerza a la que a veces es difícil acceder (o eso dijo una vez Patrice Chèreau para descifrar su talento).

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