Tres mujeres, de Sylvia Plath (Ilustraciones de Anuska Allepuz) (Nórdica) | por Juan Jiménez García

Libros

Un tres de octubre de 2013, aniversario de la muerte de Anne Sexton, se acabó de imprimir Tres mujeres. Un bonito acto de justicia poética, que de nuevo une a dos poetisas que nunca llegaron a separarse, ya fuera físicamente o por el simple destino.

La BBC habla con respecto a este poema, mientras lo escucho, de “poética del embarazo”. Es una definición fácil (por cierta). Sylvia Plath da voz a tres mujeres en la sala de un hospital, y cada una enfrenta de forma diferente ese embarazo (que no maternidad): aquella que es madre y quiere serlo, aquella que es madre y no quiere serlo, aquella que no es madre y quiere serlo. Sin embargo, seguramente Plath (que vuelve a un tema que le es querido y que ya puntea La campana de cristal), parece intentar ir más allá de una serie de voluntades realizadas o truncadas. Tal vez todo sea una reflexión acerca de la libertad y el destino, y también de la decepción. La libertad perdida de esa tercera mujer que ve como su mundo se desploma, desaparece, va a convertirse en otra cosa, con otro ser, allá, a su lado, junto a ella. El destino de ser madre de la primera mujer, que entiende este acto como una realización, mediante ese ser maravilloso que la mira y se une a ella a través de esa leche-río de la creación. La decepción de esa segunda mujer que nada pierde ni nada gana, y aun así es la gran derrotada (quizás), en un largo lamento por esa sangre derramada una y otra vez y ese devenir de los días, que no cambiará, que no logra cambiar.

Podemos ser atrevidos y pensar que esas tres voces en realidad solo son una: la voz de Sylvia Plath. Así como bajo aquella campana de cristal resonaban todas sus dudas, todos su temores, así como allí sus dudas sobre ser madre, su miedo a serlo inesperadamente, así esas voces, esas dudas se reparten, se expanden, pero se entrelazan armónicamente para ser un solo canto, un canto de vida y muerte.

Es muy bella la edición que Nórdica ha hecho de este pequeño (pero inmenso) libro-poema. Las ilustraciones de Anuska Allepuz nos transmiten ese sentimiento de movimiento único. Pese a la luminosidad que recorre la voz de la primera mujer, pese al mundo gris confuso de la tercera, o pese a esas imágenes enrojecidas por la sangre vertida de la segunda mujer, hay algo que las une a todas ellas, una percepción de la fragilidad del destino, un ligero estremecimiento por ese instante en que nuestra vida cambia. Suavemente, a través de las palabras, a través de las imágenes, somos como ellas (aunque para un hombre, el misterio tenga otras formas, y no deje de resultar complicado alcanzar su plena comprensión o, mejor, su intimidad).

Tal vez nos ayudaría de algo saber que Sylvia Plath tuvo dos hijos. Sin embargo, nada pareció cambiar en ella. Como si su destino estuviera escrito desde los años de La campana de cristal (o mucho antes), decidió acabar con su vida. Tenía treinta y un años, lo cual no es mucho. Como no llegó a esas edades en las que se empieza a tener alguna certeza, su escritura se construyó sobre la duda (que es un ser con múltiples voces), una duda que se dejaba caer dulcemente sobre las cosas y los seres, sobre los días y sobre todo lo que somos o creemos ser. Plath vivió eternamente en un tiempo para las preguntas sin respuesta, para el descubrimiento, para la zozobra. Para el miedo. Ese miedo que, después de todo, es aquello que une a estas tres (o cuatro) mujeres.

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