Muerte de un bailarín de tango, de Stelian Tănase (Eneida). Traducción de Joaquín Garrigós | por Juan Jiménez García

Stelian Tănase | Muerte de un bailarín de tango

Georgel ‘Gogu’ Vrabete iba para bailarín de tango de reconocido prestigio (más allá del inframundo de Bucarest), pero la guerra acabó con su destino, que no era un destino ni era nada, por lo visto. La Segunda Guerra Mundial acabó con muchas cosas, de modo que tampoco era cuestión de pararse mucho a pensarlo. Ocurrió. Ya está. Además, culpa suya. No es que esta (la guerra) lo llevara hasta el frío soviético para acabar atravesado por alguna bala perdida o algo de mayor calibre, sino tan solo que se quedó cojo en una inocente operación, a cargo de un doctor Weiss, para poder librarse de ser llamado al frente. Nada glorioso. Y una vez que uno no puede ya ser bailarín de tangos, qué hacer. De algo hay que vivir, y con los amigos que uno tiene y los sitios que uno frecuenta mejor dedicarse a trapichear por ahí. La gente necesita muertos que enterrar cuando los suyos se han volatilizado por las bombas americanas. Busquémoslos. Un muerto es un muerto. Solo hay que convencerse de que es el tuyo, y luego llorar.

Gogu Vrabete es el destino de Rumanía, ese lugar que nunca fue nada, un sitio por el que pasaban todos, invadido por cualquier país, una Valaquia decidida a no ser nada, a no resistirse a nada, a compaginar la vida con los tiempos. Gogu Vrabete es Rumanía. Stelian Tănase construye alrededor de él y sus amigos (amigos, una palabra que le queda un poco grande… amigos, amigos,…) un historia del país desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial (el país, cosas que pasan, se puso del lado de Hitler) hasta la llegada de los rusos (¡otra vez!) y la caída del telón de acero (sobre sus cabezas… no derrumbado).

Vrabete, como hombre de su tiempo, vive su tiempo. Dado que no puede ser bailarín de tango, pues será lo que haga falta. Pronazis, prorrusos, pro, pro, todo es lo mismo. Todos tienen las mismas necesidades, necesitan las mismas putas, eso va siempre bien. O un mercado negro. Todo le va bien aunque no acabe de hacer dinero nunca. Nunca el suficiente. El suficiente para marcharse. A Estambul. No, a Buenos Aires. Tango. Así conocerá también a Larisa y a Katia, las hermanas Olshevski, esas dos rusas que bailaban tangos junto a aquel desgraciado, un farsante (pero quién no lo es). Larisa, es todo lo que quiere tener Gogu Vrabete. Con ese ser de proporciones descomunales, belleza, curvas y líneas, uno puede ser cualquier cosa en cualquier sitio. Y eso va a ser él. Hasta bailar de nuevo.

Pero no es fácil. Imposible escapar a ese tugurio donde se juntan soplones y seres turbios que giran como veletas frente a los huracanes de la historia moderna (pero siempre tan vieja). Cairo, el gangster que estuvo una vez en Egipto. Nazarie, el periodista de prodigiosa y mutante prosa, capaz de alabar una cosa y su contrario con la misma vivacidad requerida. Misu Banu, príncipe. Moni Rabietas, propietario de ese local mutante, que cambiaba con el paso de los tiempos, de los invasores, de los políticos, de las generaciones, hasta que ya no pudo cambiar con nada, de puro cansancio existencial (Valaquia, Valaquia).

En Muerte de un bailarín de tango todos tienen prisa. Tănase en contarnos esas vidas miserables que no estaban nada mal cuando alguna cosa salía bien de vez en cuando. Sus protagonistas por salir de la última, porque siempre había una última, como una broma cruel del tiempo. Tiempo, tiempo. Esa sustancia insustancial, pegajosa o resbaladiza, siempre demasiado veloz, siempre avanzando en sentido contrario. Cerramos el libro y pensamos ah, entonces fue eso. Y luego ni tan siquiera sabemos qué queríamos decir con que fue eso. ¿Qué eso? Todo está tan claro que nada se entiende. Eso es la Historia. Demasiado ruido. Demasiados rusos. Demasiados americanos. Demasiado. Todo demasiado.

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