El condominio, de Stanley Elkin (La fuga) Traducción de Montse Meneses Vilar | por Óscar Brox

Stanley Elkin | El condominio

Uno lee a Stanley Elkin con una sensación parecida a la que producen los libros de Robert Coover, como si la historia de Estados Unidos pasase ante nuestros ojos a la velocidad de un tren de mercancías. Apenas un parpadeo y el carromato del viejo Oeste ha dejado su lugar a la isla de hormigón en la que se construye un complejo residencial. El problema no es que ese medio siglo de distancia entre ambos momentos se esfume con la fuerza de un puntapié, sino que la mentalidad, o la manera de ser, no se ha instalado con tanta rapidez en el siglo que toca. Por eso, la herencia paterna en la época del boom desarrollista es una suma de deudas y dolores que las generaciones precedentes legan a sus hijos como el fruto de esa frustración que ningún avance, tampoco ninguna droga, ha sabido vencer. Apañaos vosotros con ella, encapsuladla en un apartamento de soltero, en un plan de pensiones o en la fantasía consumista de un retiro dorado. Por mucho que el léxico capitalista o los espejismos de utopías sociales la intenten enmascarar bajo diferentes objetivos vitales, la amargura siempre se mantiene como el motor que impulsa cada cambio de época. El cemento, el asfalto o el papel moneda que narra la Historia del país.

El condominio comienza con la llegada de Marshall Preminger a un complejo residencial de lujo construido en Chicago, el último hogar de su padre antes de fallecer. Su muerte, previo pago de tasas y compromisos legales, le ha concedido disfrutar del apartamento y de una vida diferente a la que llevaba en Montana. En ese microcosmos en el que siempre se mantiene la misma estación, las cosas se mueven a otro ritmo. O, como mínimo, se esfuerzan en generar esa ilusión. Elkin, más que escribir, contabiliza cada detalle que pasa ante sus ojos, ya sea la voz de una persona o el interior de un armario, como un paisaje inquieto que nada tiene que envidiar a un volcán al borde de la erupción. Y Marshall, más extrañado que extraño, tropieza una y otra vez con la burocratizada existencia de los residentes del complejo. Si Kafka narraba en El castillo la pesadilla de un personaje que nunca puede entrar en la fortaleza para llevar a cabo el trabajo para el que se le ha reclamado, Elkin construye su particular castillo en el interior de su protagonista. La pesadilla de El condominio es que, frente a ese séquito de ancianos y burócratas con bermudas, su protagonista nunca puede llegar a ser él mismo. Antes de eso, siempre le quedará cumplir con las obligaciones que exige el lugar.

Uno de los personajes secundarios señala, en un momento de la novela, que el problema de la organización social del complejo es que todavía no ha llegado al Siglo XX. Y ante esa idea cuesta no intuir que las palabras de Elkin apuntan a una realidad mayor, al temperamento estadounidense encajonado en un entorno residencial a las afueras de Chicago. Si por algo destaca El condominio es por su obsesivo retrato de la obligación y de la mortalidad, conceptos íntimamente ligados en la escritura de su autor. La obligación de Marshall responde, por orden, a honrar el recuerdo paterno, cargar con su herencia y respetar las reglas internas de su nuevo hogar. El fantasma del padre es, más que un recuerdo, una medida coercitiva. Haga lo que haga, Marshall no puede evitar vivir atrapado bajo una serie de principios que le impiden ser él mismo, comportarse como quiera. Y ahí es donde la mortalidad adquiere su relieve, cada vez que la frustración por no poder vivir como se desea, incluso por no saber cómo vivir ni qué desear, dibuja la preocupación por un futuro demasiado corto, demasiado amargo. Demasiado miserable.

Elkin describe a su protagonista desde la frustración, sin dejar que la ironía le coma el terreno a los remordimientos. Treinta y siete años después, Marshall continúa virgen, soltero y sumergido en una tesis que ha desbordado los cauces académicos para enraizarse en su misma vida. El condominio, en ese sentido, actúa como combustible para acrecentar el impacto de esas pequeñas miserias, de su falta de rumbo. Le asigna un espacio (el apartamento de su padre), una actividad (socorrista de piscina) y una idiosincrasia (los preceptos del complejo) que, lejos de sumirle en la ilusión del paraíso, le hunden a conciencia en el infierno. Le enseñan, precisamente por la insignificancia de su vida, a temer todavía más su mortalidad. A tragar con la amargura de una existencia vacía, yerma, que proyecta en la juventud de su protagonista la ira de una generación obligada a cargar con los dolores del pasado. Para la que no existe transición, solo la fantasía de una isla de cemento. La frustración del progreso.

Deudas y dolores. A diferencia de aquel rascacielos de la novela de J.G. Ballard, El condominio no es la expresión de una psicopatología humana libre, sino su represión. De ahí que, frente a la locura del gobierno del complejo residencial, Marshall quede atrapado en un espacio en el que solo puede alimentar su amargura. Su obligación. Su mortalidad. En el que cada voz describe la fantasía de una América mórbida y tonta que ha cubierto su falta de madurez con una tonelada de ladrillos y de hipocresía. De comportamientos infantiles y de esa sensación de que la producción se extiende hasta en lo más nimio (todo buen vecino debe trabajar para mantener en condiciones el complejo). En aquellos tiempos, la realidad no se dejaba escribir tan fácilmente, por eso a Elkin le resulta tan conveniente echar mano de la metáfora para detectar los problemas de su sociedad. Y El condominio, con ese final tan atroz como extraordinariamente tierno, describe ese momento de América en el que la vida pasa a la velocidad de un tren de mercancías. Tan rápido que el aire colapsa nuestros pulmones, sin la posibilidad de agarrarnos a uno de los vagones para no caer. Para no caer bajo el peso de las deudas y de los dolores de las generaciones que han convertido la idea del progreso en una huida hacia delante en la que la amargura es como ese monstruo invisible que nunca deja de acecharnos. Cada vez que el sentimiento de mortalidad pone el acento en nuestras vidas vacías, en la incapacidad para ser nosotros mismos. Cada vez que sentimos que la mentalidad, o la manera de ser, no se ha instalado con tanta rapidez en el siglo que toca.

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