Al borde del camino, de Seumas O’Kelly (Sajalín) Traducción de Celia Filipetto | por Óscar Brox.

Seumas O'Kelly | Al borde del camino

A Seumas O’Kelly, la vida le duró poco. Muerto a causa de una hemorragia cerebral tras una disputa con un grupo de soldados británicos en la sede del periódico del que era editor, aquel compañero de estudios de James Joyce dejó un testamento literario de varias obras. En su esfuerzo por divulgar a autores poco conocidos o, incluso, inéditos, Sajalín ha publicado dos pequeñas grandes piezas de O’Kelly, La tumba del tejedor y esta colección de relatos titulada Al borde del camino. Relatos que sirven para orientar al lector a través de ese camino de historias que siembra su autor, a menudo recogidas del propio acervo cultural irlandés, como pedacitos de la tierra que lo ha amamantado.

Para entender el estilo de O’Kelly basta con acudir a la historia que describe en La tumba del tejedor, en la que la búsqueda del terreno en el que debe ser enterrado el fallecido deriva en una situación casi absurda. Casi, porque lo que preocupa a su autor es enseñar esa otra Irlanda, hija de un tiempo pasado, que ha dejado de existir en el mapa, cuyos personajes han muerto o han desaparecido y para los que no encontramos un reemplazo. Así, bajo el dulce humor que provocan los continuos equívocos, O’Kelly permite tomar sus posiciones a la melancolía, a la sensación de fin de época, que trasluce la falta de contacto, de cercanía, entre la generación del anciano tejedor y la de su joven viuda. En ese paisaje de transformaciones, la labor del escritor es la de meter la mano en el río del tiempo y poner a resguardo, dar cobijo y mantener con vida, a todas esas historias que han sucedido y que nunca más se escucharán si nadie las cuenta.

Al borde del camino es, en este sentido, un mapa palpitante de la región de Connacht, un recorrido por sus lugares y gentes, a medio camino entre la necesidad de registrar cada relato y cada voz y descubrir la ternura y las enseñanzas tras sus moralejas. Como si se dedicase a pasear de un pueblo al siguiente, O’Kelly describe las fricciones entre clases y culturas, entre creencias propias y dogmas impuestos, abre la puerta de las emociones pueriles y de los sentimientos refinados, con tanta dulzura como conmiseración. Al fin y al cabo, aquel era un tiempo de elecciones vitales cerradas, que marcaban con su lógica aplastante el destino de cada persona. He ahí, por ejemplo, la bellísima miniatura que lleva por título El zapatero, en la que su autor explica, mientras el personaje del relato atiende un zapato por remendar, cómo alguien llega a ser quien es, qué decisiones marcan su vida y excluyen cualquier otra opción. Historia de una venganza frustrada, El zapatero contiene una lectura moral y política con una buena carga de profundidad, sobre todo en el gesto de renunciar a la fuerza del arma para asumir el modesto oficio de zapatero, como un mal menor que nada arregla pero que, en cambio, nada se cobra de nuestra conciencia.

Página a página, O’Kelly dibuja pacientemente cada historia, como si en ellas se contuviese todo un universo. Así, una lata con la marca de un diamante es el motor para un pequeño drama en el que la astucia de un capitalista de pueblo, acostumbrado a pagar y regatear, se ve sobrepasada por la pillería de sus potenciales víctimas. El engañado nada puede hacer contra esa lógica, obligado a tragar varias cucharadas de su propio jarabe, mientras experimenta esa sensación de debilidad ante el colectivo que se impone con sus mismas armas. Una pelea que su autor observa y describe divertido, pero cuyo trasfondo implica no solo la lucha contra las desigualdades, sino también la vindicación de una identidad por encima de cualquier canto de sirena del dinero. Algo que O’Kelly refleja, con mayor énfasis, en la pieza teatral breve Regreso a casa, en la que una mujer vuelve a su hogar, recuperado por su hijo, y su mente se fuga hacia la época en la que aquella casa le pertenecía y protegía sus raíces. En un diálogo marcado por esa confusión entre pasado y presente, el autor de La tumba del tejedor muestra ese sentimiento de una identidad irlandesa que no desea que nadie usurpe su propia memoria y la desplace hacia otro lugar.

Lo que hace de Al borde del camino un hermoso libro es esa sensación de frágil equilibrio entre algo parecido a la felicidad y la amargura que proyecta la fugacidad de las cosas. En uno de los relatos mejor definidos de la colección, O’Kelly nos explica la historia de un hombre que emprende la ambiciosa reforma de su casa mientras espera que la mujer de su vida regrese junto a él tras un periodo de separación. En unas pocas páginas, asistimos a ese ímpetu descomunal por fraguar en el nuevo edificio la posibilidad de reunir pasado, presente y futuro, por cazar esa felicidad fugitiva y plantarla en el suelo fértil de su propiedad. Solo para descubrir, en un descorazonador remate, la imposibilidad del sueño, el dolor de esa memoria que ahora descansa en un edificio que ha pasado de ser cuna a convertirse en tumba.

Seumas O’Kelly vivió poco, lo suficiente como para recoger las voces de sus paisanos y concederles una forma literaria, en ese bonito gesto, a veces demasiado olvidado, que nos recuerda que son los nuestros quienes se encargan de contar la Historia. Basta con acudir al río del tiempo y estar atento para sacar sus relatos de la corriente, para facilitarles un lugar y cuidarlos. Porque nunca sabemos cuándo será la última vez que los escuchemos.

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