Mi Carso, Scipio Slataper (Ardicia) | por Juan Jiménez García

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Scipio Slataper vivió deprisa. Nacido cuando apenas quedaba nada para acabar aquel siglo XIX (1888), murió prácticamente de forma simétrica en 1915. La guerra acabó con él. Con tantos, pero también con él. Como si hubiera intuido todo eso, vivió deprisa. Solo escribió un libro, pero todo él, todas esas pocas páginas, estaban atravesadas por la memoria, por los recuerdos. Nostalgia de los veinticinco años. Menos. A la edad que él murió, yo no había aún empezado a vivir. Me pregunto si ya lo he hecho,  muchos años después… Sí, quizás sí. Todo se ha ralentizado en nuestro tiempo. Ya no habrá más Rimbauds.

Existen los lugares geográficos y también los espacios de la memoria. Geográficamente, Carso es una región que en tiempos de Slapater era parte del Imperio austrohúngaro (y él la soñaba italiana) y ahora es un poco de todos lados: Italia, Eslovenia, Croacia. Todo ello con un Trieste próximo, allá al fondo. Luego están aquellos lugares que nos pertenecen, que son nuestros, que no responden a más frontera que nosotros mismos. Imprecisos, fugaces o persistentes. En el caso del escritor, Mi Carso.

Mi Carso está dividido en tres partes. Tres partes que podrían ser toda una vida, la suya a esos veinticinco años: infancia, juventud, sentimientos y sensaciones. Después de todo, no hay nada más. En un antiguo acto de despojamiento, Scipio Slapater se cuenta. Es decir, nos cuenta: Quisiera deciros, nací en el Carso.

La infancia es ese lugar que traza una geografía imaginaria que nunca dejaremos de recordar. Por mucho que volvamos sobre aquellos lugares, su sentido íntimo vendrá configurado por el recuerdo de esos primeros años. Los caminos serán los de entonces y no los de ahora, las noches serás aquellas otras. También las personas. La infancia, momento en el que todo está para ser descubierto a través de una mirada original, primera. Los abuelos, la guerra de Abisinia, la chiquillada, los padres, la tierra, los juegos, los amigos, las tardes tórridas que solo existen para los niños. Entonces era Scipio. El primer amor: Vila. La chica deseada por todos pero que solo le quería a él. Pero él quería ser libre, desde bien pequeño.

Dice: Ha nacido un poeta que ama a las hermosas criaturas de la tierra porque ha de restituir, puro, su túrbido pensamiento, como el agua absorbida por el sol.

Tras la infancia, llega la juventud. Tras el bosque, los campos y los viñedos, la ciudad. La ciudad es Trieste. Una vez la poesía está dentro de él, ha llegado el momento de buscar un oficio, el oficio de escribir. En un periódico. Escribir artículos, reivindicar cosas. Dejar sitio al hombre político, en unos tiempo prebélicos. Principio de siglo, final de las cosas antiguas. La dificultad de crecer, porque todo envejece. Nuestros padres. Sus padres. Los problemas con los negocios. El cansancio. El dolor. Vivir. Los cafés y las mujeres. El amor. Ya no aquel de niño, junto al tronco de los árboles. Y entonces llega la muerte del padre.

Dice: La vida es más amplia, más rica. Tengo ganas de conocer otras tierras, a otros hombres, porque no soy en absoluto superior a los demás, y la literatura es un oficio árido y triste.

Tras las la juventud ya no queda nada. Scipio Slapater no lo lo sabe, pero ni tan siquiera le queda mucha vida por vivir. Le queda la poesía. Entonces, se entrega a un intenso poema en prosa. Empieza: Recuperé mi Carso en un periodo de mi vida en que necesitaba ir lejos. Regresará y entonces las historias dejarán lugar a los sentimientos, a las sensaciones. Las personas a todo aquello que nos atraviesa y nos conmueve, un canto a la tierra, a la vida. La nostalgia se desborda, una nostalgia que, como dice, se tiene ya desde niño. Los pensamientos tropiezan entre sí, hay que correr, vivir con una cierta urgencia. Quién sabe…

Dice: Yo te doy las gracias, naturaleza. Tú me has hecho libre, y te doy las gracias.

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