Un incendio invisible, de Sara Mesa (Anagrama) | por Dara Scully

Sara Mesa | Un incendio invisible

Contemplemos la desolación. Vado: una ciudad vacía. Un olor poderoso, mísero, que se extiende con lentitud. En la lejanía, la huella de una antigua gloria. Los edificios que lamen el cielo, ahora oscurecidos, abandonados. En el río, los barcos de recreo se balancean. Una brisa fúnebre mueve sus cuerpos varados. También ellos lloran el abandono, la incertidumbre.

Contemplemos la desolación. El doctor Tejada: un hombre. Un polizón que huye. En su mirada, una veladura. La imposibilidad de leer, de comprenderlo. Tejada nos rechaza de un golpe. Lo seguimos, en estos primeros días en Vado; el calor nos acorrala, nos muerde. ¿Quién eres?, nos preguntamos. Pero él avanza deprisa, esquiva nuestros dedos presurosos. Ha venido aquí para morir. Para esconderse, en una ciudad vacía. Entre las barcas que se ondulan en el río. En un hotel que se desmorona.

Contemplemos, digo, la desolación. Una residencia de ancianos. El brillo tenue de la locura. Quienes antes lo tuvieron todo ahora perecen de inanición. Arrastran sus bastones sobre la hierba quemada. Profetizan. ¿Quién es el nuevo médico? ¿Qué ha venido a hacer aquí? La sospecha lo sobrevuela. Lo saben: no se puede confiar en el hombre. Como la ciudad, también él los abandona.

Sólo nos queda la niña. La luz, seguida de un galgo. Un perro que nos olfatea las manos; también nosotros, como ella, queremos alimentarlo. Sanar su herida supurante. Acariciar el lomo raquítico, la cabeza erguida y afilada. Entre la ruina y la basura, caminamos. La niña es un faro pequeño, parpadeante. ¿Dónde están los demás? ¿Qué hace esa criatura sola en el río? Enfermará, pensamos, enfermará como ha enfermado la ciudad, bajo este calor anómalo, abrasador, terrible. Sus huesos serán polvo sobre el asfalto. Que se la lleven, pedimos, que no permitan que la ciudad la devore. Pero el silencio nos aniquila. No hay nadie, en este páramo urbano, que escuche nuestro ruego.

‘Un incendio invisible’ es el vacío absoluto. El de una ciudad que conoció la prosperidad y ahora se derrumba. Una distopía que, de algún modo, nos resulta conocida. ¿Qué sucedió en Vado? ¿Por qué este éxodo masivo? Nos duele el abandono, pero lo realmente brutal, cortante, es la miseria humana. La luz se eclipsa inevitablemente. En Vado sólo pervive la podredumbre, lo malsano. El doctor Tejada la trae consigo y de ella se contagia: su miseria moral, escandalosa, bordea cada uno de sus pasos. Viene huyendo de algo que en realidad lleva dentro, y mientras lo observamos sabemos que no hay redención posible. Igual que la ciudad, el hombre ha sido sentenciado. Una huella marca su frente. Una polvareda que se levanta. Aunque se acerque a la niña –único estandarte de inocencia–, no puede cambiar su suerte.

Lo sabemos desde el principio. No hay respuesta para nuestras preguntas. Nunca sabremos qué ocurrió en Vado. Igual que ese hombre que investiga, también nosotros cogeremos el tren de vuelta. Antes de que la podredumbre nos invada. Tomaremos distancia, aire; apartaremos nuestros dedos de las hojas. Dejaremos de leer para buscar belleza en otro lado. Porque si algo hace Sara Mesa es volver palpable la desolación. Respiramos su atmósfera enfermiza. Nos inocula un veneno potente que se desliza con lentitud por nuestro cuerpo. Y aunque tratemos de expulsarlo, ya es demasiado tarde. También para nosotros, igual que para quienes arden bajo el cielo blanco de Vado. No amamos a sus habitantes, podríamos decir, incluso, que nos asquean, pero caminamos con ellos hasta el final, aunque retiremos los dedos al alcanzar el corazón del incendio.

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