Una clara y gélida mañana de enero a principios del siglo XXI, de Roland Schimmelpfennig (Periférica) Traducción de Núria Molines | por Óscar Brox

Roland Schimmelpfennig | Una clara y gélida mañana de invierno...

Érase otra vez el éxtasis del capitalismo tardío. La maquinaria perfectamente engrasada que sostiene, pese a unas cuantas grietas internas, el sueño de la Europa contemporánea. Estamos a comienzos de Siglo, lo que significa que seguramente las Torres ya han caído y que a la socialdemocracia del Canciller Schröder le queda poco tiempo. Tampoco queda demasiado para que las pantallas de los móviles y la vida interconectada a través de Internet redibujen el nuevo mapa emocional de la sociedad. Y, sin embargo, se diría que el dramaturgo Roland Schimmelpfennig quiere retroceder hasta ese momento antes del crac; antes de la cadena invisible de acontecimientos que han modificado el mundo hasta precipitar estos días de confinamiento e incertidumbre. Un momento, pues, en el que todavía cabe la sorpresa, casi la estupefacción, cuando un lobo campa a sus anchas por las carreteras del Norte de Alemania en dirección a Berlín. Un lobo, una alegoría.

Lo primero que vemos es un atasco, una caravana de coches convierte la ruta Varsovia-Berlín en un viaje agotador. Dentro de un coche, Tomasz, obrero polaco que no tiene mayor sustento que el de trabajar a caballo entre su patria y Alemania para lograr mantener su vida precaria junto a Agnieszka. El lobo pasa, Tomasz lo fotografía. Comienza la leyenda. O la fantasía. No en vano, Schimmelpfennig convierte al animal en una criatura casi sobrenatural; está donde menos te lo esperas. Es un estímulo, un empujón, un salto de fe para una sociedad encerrada en su vida acomodada. Un motivo para huir o para romper con todo, aunque nadie sepa realmente qué va a conseguir, o qué va a cambiar, por toparse con el lobo en algún lugar del camino. Porque en todo momento parece que la necesidad de cambio sea evidente, pero el autor deja en evidencia esa sensación de vacío, de no saber muy bien lo que se busca. De ser otro más de los síntomas de una Europa que grita que hace falta más unión, pero deja que los extremos consoliden sus fobias y su racismo, que los mares se llenen de barcos y las costas de refugiados a los que nadie quiere aceptar en su territorio. El lobo es la promesa de un cambio, pero también la evidencia de que no parece haber nada más allá. Tan solo, lo mismo de siempre. La sociedad del bienestar y su difícil relación con sus peones.

A rebufo de la presencia del lobo, dos adolescentes emprenden una fuga campo a través. Por un lado, dice Schimmelpfennig, está el rencor hacia unos padres que han vivido la efervescencia artística en tiempos de la Alemania dividida; por el otro, está el miedo a no poder atrapar ese mismo sueño, en unas circunstancias diferentes, porque todos los caminos parecen conducirles hacia el aburguesamiento más mediocre. O peones o trabajadores cuyo espacio vital abarca los límites de una pequeña población periférica de Berlín. Y también está la gentrificación y la mirada sencilla desde la marquesina de uno de esos quioscos abiertos casi todo el día. Personas, personajes o protagonistas para los que la presencia de un lobo en la ciudad supone una emoción diferente, aportarles un tono moral a las cosas que, por fuerza, les saca de la monotonía y las pautas sociales de siempre. Pero que, asimismo, les expone ante la mediocridad de sus vidas y los proyectos fallidos que no han sabido acometer. Ante el reciclado social, que ha triturado la efervescencia creativa de otro tiempo, y el dibujo de una ciudad multicultural y multiétnica que es, para qué engañarnos, el pulmón de Europa.

La escritura de Schimmelpfennig es transparente, con esa claridad del dramaturgo que no quiere engañar con sus personajes al lector. Todos encarnan una cara, o un lugar, de Alemania, y la presencia del lobo es una alegoría de ese tiempo de oportunidades que no parece tener cabida en el férreo esquema del capitalismo. Como mucho sirve para destapar vergüenzas y mostrar carencias; para afirmar esa separación inevitable entre Tomasz y Agnieszka (porque la vida precaria no se puede sostener de esa manera, con ese amor, cada vez que el cinturón económico exige un sacrificio mayor) o la falta de sentido en la huida de Elizabeth y Micha, progresivamente afectados por esa glaciación emocional. O para poner en la picota a esos padres que los persiguen a través del rastro que dejan, como si también ellos fuesen ese lobo al que todo el mundo cree avistar pero que, en el fondo, es solo un animal. Nada más.

Son solo personas, nada más. Esa parece la conclusión del autor. No hay ninguna aventura ni éxtasis, frenesí o alegría. Tan solo un instante fugaz en el que cada uno ve lo que hay en la punta de su tenedor. Un extraño momento de elocuencia, de calma antes de la tormenta, en el que la cómoda Alemania puede reflexionar sobre esa imagen pulida que proyecta al resto de Europa. Sobre la basura que esconde bajo la alfombra y sobre el coste que impone a su sociedad para mantener el ritmo de las cosas. Un lobo pasa una gélida mañana de invierno, alguien le hace una fotografía. Schimmelpfennig se vale de esa anécdota para retratar a sus paisanos; para radiografiarlos, más bien, con un estilo directo y rápido. Eficaz. Sencillo. Una metáfora que desvela una realidad. Una realidad a la que veinte años después estamos más que acostumbrados. Un sueño que, en fin, se ha quedado en eso y nada más. Una máquina (de sentir, de producir, de construir o de hacer política) que pasa por encima de cualquier cosa. Érase, otra vez, el éxtasis del capitalismo tardío.


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