Desde la oficina, de Robert Walser (Siruela) Traducción de Rosa Pilar Blanco | por Juan Jiménez García

Robert Walser | Desde la oficina

Quien no ha estado en una oficina tal vez no puede llegar a entender plenamente la obra de un escritor como Fernando Pessoa. A menudo estudiamos las obras y olvidamos las vidas, como si un escritor pudiera desprenderse de todo y un trabajo solo fuera un abrigo que uno deja colgado en el perchero, a la entrada. Entendemos que Jean Genet esté influido por haber sido un ladrón y haber pasado su vida en la cárcel, pero nos es más difícil entender que Robert Walser pudiera ver el mundo de una forma diferente a cualquier otro por el mero hecho de pasar sus días trabajando en un banco. ¡Y qué decir de Franz Kafka! Y hay más, pero realmente yo quería escribir sobre Robert Walser. Sobre oficinas. Y es que ahora Siruela nos presenta sus textos escritos desde allí o por allí, lo cual nos permite echarle un detenido vistazo al abrigo colgado.

Desde la oficina reúne relatos, ensayos, una poesía y hasta una pequeña obra de teatro, todo alrededor del oficio de mirar la vida pasar desde una oficina. La vida tal vez sea un poco exagerado. Sería mejor decir el tiempo. Como el protagonista de uno de sus relatos, que intenta matar el tedio yendo una y otra vez al lavabo, la cuestión es cómo escapar a esa monotonía que estira las horas hasta el límite de lo humanamente representable. Como en una partida de ajedrez, cada personaje de la oficina representa su papel y tiene unos movimientos determinados. Hasta el más modesto peón aspira a convertirse en reina. Y hasta el más altivo rey teme caer en una de esas. Todo esto no deja de ser terriblemente humano (incluso terroríficamente humano), el retrato de un hombre simple que, por otra parte, no deja de atravesar toda la obra de Walser.

Está ese mundo tranquilo, sencillo, donde todo discurre siguiendo una lógica, una lógica que es complicado asumir desde otras aspiraciones. Confrontada a otros mundos posibles (la escritura, tal vez) esa vida demasiado cotidiana se convierte en desencanto demasiado a menudo. La naturaleza es algo que queda muy lejano entre las paredes siempre iguales, los archivadores siempre iguales, las mesas siempre convenientemente alineadas. Sí, hay oficios muchos más terribles y difícil es convencer a los demás del cansancio de algo que no exige ningún esfuerzo físico. El oficinista poeta pasa sus días pensando en otros mundos y, cuándo no, en sus compañeros, en sus ritos y rituales, en sus aspiraciones, tal vez para encontrar que es mejor que ellos.

Complicada división de cuerpo y mente, en todo caso. Los relatos de Walser se ocupan de trazar ese universo de una forma en la que aún es posible extraer un valor poético de ese tiempo que pasa, de esos empleados que esperan (el final del día, un puesto mejor, un gesto del otro), de la ironía de nuestras acciones en un mundo sin ella. No son caricaturas, sino pinturas amables de un destino compartido. Quizás no todo sea tan terrible, quizás haya un sentido para todo esto, y, como decía Bohumil Hrabal, hasta nuestros fallos son perfectos. Fernando Pessoa, Franz Kafka, Robert Walser serían la prueba de que hasta de todas esas nadas cotidianas puede surgir algo, mucho o todo.

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