Vender a Hitler, de Robert Harris (Es Pop) Traducción de Óscar Palmer | por Óscar Brox

Robert Harris | Vender a Hitler

En cada transición histórica se produce un fenómeno bastante curioso: esa especie de bandazo ideológico que borra en un periquete las loas al antiguo régimen para, acto seguido, manifestar una adhesión inquebrantable al club del progreso. Pensemos en aquella Francia corrupta, que hizo borrón y cuenta nueva aislando todo aquel horror colaboracionista en Sigmaringen. O en esta España nuestra que de tanto en tanto levanta el brazo cuando los avances sociales ponen en peligro la unidad y el peso de la tradición. O, en fin, aquella Alemania del Milagro Económico en la que los nazis y tantos de sus simpatizantes no dejaban de vivir en un cómodo segundo plano, como si nada hubiese sucedido. Todo esto viene a cuento del regusto amargo que deja la lectura de Vender a Hitler, cuando uno se percata del inmenso mercado negro en torno a la memoria del Tercer Reich, la fascinación y el fetichismo que despierta Hitler en cualquier parte del mundo. Y cómo eso, más bien una obsesión, lo convierte casi en un icono pop en lugar de en uno de los episodios más terribles del Siglo XX.

Robert Harris comienza su historia por el final: si alguien esperaba leer los diarios de puño y letra de Hitler, el resultado fue un auténtico camelo. Pero esa conclusión, sin embargo, destapa un extraordinario caso de falsificación -me atrevería a decir- artística. Vayamos por partes. Nos encontramos en una Alemania dividida, retiro plácido para unos cuantos nazis en mitad de una ola de recuperación de la memoria que se decantará en proyectos como Shoah. Allí donde Claude Lanzmann hostiga a los verdugos, el periodista (también colaborador de la Stasi, pero esa es otra historia) Gerd Heidemann los agasaja con fantasías, trastos recuperados en el mercado de coleccionistas nazis y demás bagatelas. En todo momento, Harris se las apaña para mantenernos en la duda sobre si Heidemann es un payaso o un hijo de puta. No en vano, escribe para un semanario abiertamente izquierdista, el Stern, y su manera de entender el periodismo es, directamente, hacer cualquier cosa para conseguir lo que busca. Es un aventurero, un mentiroso y un estafador, nada raro que haga tan buenas migas con los envejecidos jerarcas nazis; incluso, que mantenga un affaire con la hija de Hermann Göring.

La liebre salta cuando, entre veleros y vajillas con la esvástica dibujada, alguien se atreve a hacer realidad la idea de que Hitler dejó escritos sus pensamientos más banales en una ristra de diarios, así como una buena colección de pinturas y otras zarandajas. Y eso que nadie se cree la historia de un hipotético accidente y de la pérdida de material documental hitleriano, de ahí la importancia de un periodista como Heidemann, acostumbrado a unir puntos en un mapa para hallar la explicación. O el dinero, el poder y la codicia, la exclusiva millonaria que puede resultar de la publicación de los diarios. A partir de ahí, Harris reconstruye con un ritmo febril la cronología del desastre. De un lado, la arrogancia de Stern, Bertelsmann y los altos ejecutivos que intuyen un pepinazo histórico; del otro, la demencia de un investigador que parece más nazi que los propios nazis, hasta el punto de invitar a varios como testigos de su boda. Y, en ese contexto de ambición y medias verdades, el concurso de británicos y americanos que termina de liar el asunto de la autentificación de las memorias.

Por paradójico que resulte, en Vender a Hitler uno de los protagonistas más destacados es David Irving; historiador, ejem, y negacionista, ajá. En parte, precisamente, porque es de los pocos que hacen presión por derribar la engañifa (aunque, dicho sea, también se tragó el sapo). Otro es Lord Dacre, azote académico al que Rupert Murdoch enviará para validar la autenticidad de ese capricho por el que ha desembolsado una millonada, y que también quedará en evidencia. Y otro, quizá el más importante, es el bochornoso espectáculo de una prensa sensacionalista que verá en los pensamientos escritos de un imbécil su gallina de los huevos de oro. Otro circo mediático con el que abochornar ese concepto tan precario como la memoria histórica. Si bien Harris desvía inteligentemente el foco hacia el personaje más fascinante del repertorio: Konrad Fischer, alias Konrad Kujau, el falsificador de toda esa obra hitleriana, capacitado para poner en un brete a cualquier detector de bulos que dude de la posibilidad de que una sola persona consiguiera urdir una obra tan vasta de falsificaciones.

En una época, esta, en la que nos hemos acostumbrado al fake hasta, como aquel que dice, incorporarlo como un elemento más de nuestro ambiente, es posible que el trabajo de Kujau pudiese ser resignificado. O convertido en parodia. En meme (véanse sus errores sintácticos o las idioteces que pone en boca de Hitler sobre Stalin, Chamberlain o Goebbels, entre otros). Porque crítica, lo que se dice crítica, no sé si la habría. La tentación de convertir a los monstruos en figuras pop de Lladró o similares nubla el horizonte moral al que nos arrojamos alegremente. Para Harris, sin embargo, es la evidencia de un tiempo en el que pocas cosas han cambiado y cunde la confusión ideológica. Heidemann vive obsesionado con que ha dado con el paradero de Martin Bormann (y eso que oficialmente murió en 1945), mientras sablea sin piedad la cuenta corriente de Stern y colecciona piezas tan importantes como los gayumbos XXL del General Idi Amin. Y Stern, como todo grupo editorial, no hace más que calcular los beneficios del pelotazo cuando empiece la publicación serial de los diarios. De ahí la irresponsable cadena de errores en la autentificación, de prisas y medias verdades que precipitan el desastre, que Harris narra entre el fervor periodístico y la irrefrenable carcajada. Y que, en definitiva, dejan la única frase de valor en esta historia de engaños y fraudes: Después de todo, estamos en el negocio del entretenimiento. La dijo Rupert Murdoch, otro que tal.

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