Canadá, de Richard Ford (Anagrama) | por Luci Romero

Libros

La poesía reside en la voz, al menos eso es lo que se desprende de las primeras palabras del protagonista de esta novela, el joven Dell Parsons:

«Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en la senda que acabarían tomando nuestras vidas. Nada tendría sentido si no contase esto antes que nada».

La historia con la que Richard Ford (indiscutible narrador que ya nos tenía entregados a la causa con la Trilogía Bascombe,  los relatos de Rock Springs o Incendios, donde su protagonista recuerda al de la novela que nos atañe) regresa al panorama literario, hace que la voz se suspenda, que recupere la forma de la memoria, la que nos lleva a sentarnos y observar, nunca de reojo, lo que fue nuestra vida; con un estilo tan minucioso, que apenas percibimos las grietas por las que Ford filtra la historia, una historia que se narra en varios hilos de voz, como la poesía que se arraiga en el paisaje.

De nuevo y sin desentonar, encontramos ese rastro que convierte a Ford en artesano, en un meticuloso orfebre que ha creado una novela que discurre, mas que por los cauces del género negro o el drama familiar, por un fino sendero plagado de escenas que no cesan y se acercan a un corazón y una mente, al fin justificado de cruzar una frontera. Él se detiene en la reflexión, en el pensamiento que se ancla a la escena, al paisaje enmarcado por unos hechos que no retroceden. Cada parte del libro contiene a su vez otras partes, que interrumpen la narración, pero que conforman un mosaico donde tienen cabida tantos fragmentos como preguntas se plantea nuestro protagonista.

Nos situamos en 1960, en Great Falls, Montana, donde el joven Dell Parsons es testigo de la transformación que sufre su vida y la de su familia cuando sus padres son detenidos por robar un banco. Ante esta situación de derrumbe, su hermana gemela, Berner, decide huir de la casa donde residen, y a Dell lo ayuda un amigo de la familia a cruzar la frontera e instalarse en Canadá; allí le ayudará Arthur Remlinger, un extraño personaje que aportará, aunque no desprovisto de cierta poesía, la parte más oscura de la trama.

La cámara se mueve tranquila, conocemos el territorio por el que nos mueve Ford, un lenguaje sin adornos que secciona en tres la novela. Tres partes, medidas con el pulso de la madurez de quien sabe lo que hace y por qué lo hace. Ford nos regala a Dell Parsons, un narrador que se sabe situar tras la narración abriendo paso al desarrollo de los hechos desde la visión de un profesor sexagenario, una voz que nos hará darnos cuenta de que hay líneas que nunca deberían ser cruzadas, porque se borran y el camino de regreso ya nos pertenecerá. Cruzar fronteras. Eso es lo que nos espera al llegar a Canadá, a sus vértices: dejamos atrás el atraco, Montana, el proceso que hace abandonar la ingenuidad para instalarse en otro territorio alejado de nuestra idea de volver atrás, de echar de menos lo que abandonamos, los asesinatos, los diarios, etc. … Todo es Dell Parsons. Todo esto es Canadá.

Nuestra mente sobrevuela toda la escena, somos testigos y cómplices. Existen novelas que se estructuran como verdaderos mecanismos con aperturas y cierres, con resortes que debemos activar continuamente para sobrevivirlas y hacerlas nuestras. Este no es el caso, Canadá se abre, germina desde el todo y nos lleva a ese mismo punto. Nos embarca en algo más que una simple forma de abordar el cambio de edad, o la pérdida de la inocencia. Es, y será, la única forma de confiar en algo tan cambiante como la geografía, esa voz que todos llevamos dentro. Esa manera de acudir a la memoria para confeccionar la historia.

Y la redención, que no se nos olvide.

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