Salvar a Mozart, de Raphaël Jerusalmy (Navona) Traducción de José Manuel Fajardo | por Óscar Brox

Raphaël Jerusalmy | Salvar a Mozart

Estamos en 1939, un año después de que Austria haya capitulado ante Alemania, convirtiéndose así en una provincia del III Reich. Tras los cristales rotos, los numerosos pogromos y la confiscación de documentos, la cama de un hospital para enfermos contagiosos es el último cobijo en el mundo para Otto Steiner. Un lugar que huele al rancho de patatas cocidas y bacalao, a desinfectante y medicamentos adulterados, a cicatrices abiertas y heridas morales que recuerdan, día tras día, la enfermedad que carcome a las personas mientras Hitler consuma su expansión geopolítica. Por miedo y por vergüenza, Steiner escribe un diario en el que dejar constancia de lo que sucede, en el que la escritura íntima supone su única compañía en la tierra. Como una resistencia sorda, a veces también cobarde, que anota entre titubeos el paso del tiempo mientras la vida se consume y todo desaparece.

A la manera de Kressmann Taylor en Paradero desconocido, Raphaël Jerusalmy escoge narrar el lento avance del Holocausto desde las páginas íntimas de una correspondencia: el diario y las cartas que su protagonista, Steiner, confía en hacer llegar a Dieter, el hijo que partió rumbo a Palestina antes de que los alemanes emprendiesen las detenciones masivas. La escritura, breve y entrecortada, refleja ese estado de excitación intermitente, las miradas de sospecha y el instinto de protección, que se ciernen sobre Otto mientras intenta poner en orden todo lo que siente, todo lo que la medicación no atonta. La vergüenza moral, el temor ante una enfermedad que se extiende por su cuerpo, la lástima con la que atiende a las muertes de sus vecinos de planta. Ese horror casi indescriptible, que las palabras intentan atrapar en frases cortas, cuando la condición humana se revuelve en su agonía. El calambre que bloquea el pecho del protagonista, el golpe de tos que mancha el pijama con sangre, la piel agrietada por el frío.

Nunca se sabe hasta qué punto la escritura sirve para dejar constancia de lo que se es o de lo que se quiere pero no se puede llegar a ser. Steiner escribe sobre su preparación para el festpiele, el evento musical más importante de Salzburgo, sobre su sensación de que hay un traidor en el hospital y la urgencia de llevar a cabo algún acto heroico que le haga recuperar la humanidad que ha sacrificado con su silencio. Esa misma dimensión que ha perdido la música, violada por el Reich, que ya no puede sonar como antes, con esa fruición estética, porque ahora sirve a la sublimación cultural del nazismo. Es en la música donde Steiner siente un vuelco, en las grabaciones de Caruso o las partituras de Mozart que le recuerdan un horizonte ya casi extinguido. Es en la música el único lugar en el que llevar a cabo ese acto de valentía, recuperar la dimensión humana que ha perdido entre las sábanas sucias del hospital y vengar a todas aquellas voces anónimas que han desaparecido o que van a desaparecer en las sucesivas deportaciones. Asestar el último golpe antes de que la enfermedad lo consuma.

Jerusalmy retrata con precisión el temor, ya sea en la sospecha de sentirse vigilado o en la certeza de que la tuberculosis devora por dentro a su protagonista. Salzburgo es una ciudad fantasma, de horror y helor, que contiene a duras penas la respiración ante la inminente visita de Hitler. Una ciudad que ha olvidado su lengua, que ha instrumentalizado su identidad, que quiere convertir a Mozart en un subproducto nazi para acompañar el relato del crepúsculo de los dioses. En la que Steiner solo puede mostrar su compasión ante aquellos inocentes, como ese vecino con el que jugaba al ajedrez, que lo han perdido todo menos su integridad. No en vano, ese es el miedo que atenaza al protagonista de su novela: que la integridad muera antes que su persona. Y esa es la palanca que le mueve a devolver el golpe. A resistir. A combatir la enfermedad que, como el frío de Austria, se ha pegado a su esqueleto.

Durante su estancia en uno de los campos de concentración, Primo Levi se entretenía recitando a otros compañeros versos de Dante; Jean Améry se revolvía al no sentir con la misma fruición estética de antaño la poesía de Hölderlin; y Georg Grelling redactaba un esbozo sobre la filosofía neopositivista. Salvar esa fruición es lo que anima a Steiner a confeccionar el programa musical del festpiele, a recuperar aquellos fragmentos de cultura que le han sido arrebatados. Salvar a Mozart, salvar la debilidad de espíritu, el vuelco al corazón o la identidad cultural que no se basa en la pureza racial. Otto no ha nacido para matar, todavía conserva la vergüenza moral que le ha postrado en la cama del hospital. Así, Jerusalmy dibuja a su criatura a través de los conflictos sobre los que gira obsesivamente su escritura: la búsqueda de la humanidad, la redención y el perdón, la reunión con los últimos lazos de familia. Metáforas, todas ellas, de una cultura al borde del colapso que soñaba con una tierra prometida en la que volver a echar raíces.

Salvar a Mozart es la crónica de unos tiempos feroces, el relato de los hombres que intentaban vencer al miedo para revolverse contra el Mal. Una novela delicada, construida con pensamientos sencillos, contradicciones, arrebatos de heroísmo y cobardía, tribulaciones humanas y la honda sensación de que, tras Otto Steiner, late uno de los personajes más profundamente desesperados de la literatura sobre el Holocausto. El héroe que siempre se queda en el antepenúltimo paso, que interrumpe su escritura alarmado por una mala mirada, que sueña con conspirar para derrocar al enemigo pero se deja llevar por los calambres y los fármacos adulterados. El hombre normal, débil porque a nadie le enseñan a ser fuerte, cobarde porque todos tenemos miedo al vacío, aterrado porque nota en su interior cómo se cierne el fin. Jerusalmy narra ese año de enfermedad con sensibilidad pero sin clemencia, como un observador paciente dispuesto a esperar todo el tiempo que haga falta hasta que su criatura se decida a actuar. Quizá porque en eso consiste todo: en esperar, cuando das el último paso, hasta recuperar la humanidad robada. La integridad y la identidad. Luego todo será más fácil. Nos dejaremos llevar por el olor a patatas y a bacalao, el desinfectante y la sangre fresca que mancha el pijama. En paz. Después de haber dejado constancia, por fin, de lo que somos.

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