Sigo sin saber de ti, de Peter Orner (Chai editora) Traducción de Damián Tullio | por Óscar Brox

Peter Orner | Sigo sin saber de ti

Cada vez estoy más fascinado por esta generación de autores norteamericanos que traspasan sin miedo las fronteras entre la narrativa y el ensayo. Pienso en Maggie Nelson y en Kate Zambreno, en su forma de combinar lo íntimo con la teoría literaria, la filosofía o la reflexión artística. En una página, una miniatura cotidiana; en la siguiente, un comentario afilado a propósito de cualquier cosa. Me pasa algo parecido con Brian Dillon, que hace del ensayismo casi una narración, al desplegar con tal mimo literario su análisis minucioso de tal o cual autor que, prácticamente, lo convierte en una pieza de escritura creativa. Peter Orner podría pertenecer a esa comunidad. No en vano, Sigo sin saber de ti es un libro en el que los pasajes literarios comparten espacio con la anécdota libresca, el apunte culto o el repaso exhaustivo a un libro, un autor o una obra. Hasta tal punto que resulta difícil señalar qué resuena en qué. ¿La voz narrativa de Orner sobre sus temas favoritos, o a la inversa? Esto, por cierto, crea un curioso efecto de cercanía lectora que no solo proporciona algo más de tridimensionalidad a cada paisaje urdido por su autor, sino que, de alguna manera, le concede movimiento, ritmo, músculo y una pizca de veracidad, como si lo escuchásemos de viva voz en alguno de esos lugares públicos desde los que escribe. 

Podrían ser postales, cartas sin destinatario o textos sin fecha que alguien, de vez en cuando, cuelga en su blog. Quiero decir, por mucho que la lectura de Orner esté estructurada en algo parecido a un día que pasa, aquello que escribe conserva una frescura raramente atemporal. Puedes volver una y otra vez sobre sus páginas y el efecto es el mismo; a menudo, además, vuelves con esa ligera impresión que provoca su capacidad para detectar el brillo literario de algo en la parte más insignificante de un libro. Orner tiene, por así decirlo, esa habilidad para la observación chejoviana. También, para permitir que todo suceda poco a poco, pero que nunca se detengan los acontecimientos. En Sigo sin saber de ti hay lugar para la vida, la muerte, las distancias geográficas, las familias, la soledad, el oficio de escribir y la pesada carga que todo ello puede suponer para el escritor que se enfrenta al objetivo de glosar la vida sin dejarse atragantar por cada uno de sus episodios. 

Lo cierto es que hay más ternura en el dibujo que hace del Primo Levi de El sistema periódico que cuando escribe sobre su propia familia. Pero la sensación es la que sigue: cualquiera diría que Orner ha descubierto cómo prestar ese vocabulario íntimo e intransferible, ese que solo se gasta con los nuestros, para hacer hablar a los textos ajenos. Para poner en movimiento aquella anécdota de Levi enamorado en Milán, cuando aún era un partisano que no había dado con sus huesos en el campo de concentración. Otro tanto cuando escribe sobre Andre Dubus y el arranque de uno de sus relatos, en el que fusiona el talento literario del autor de Adulterio con los recuerdos que guarda de él. Luego está la perspicacia con la que nos pregunta sobre la muerte de la madre en Mientras agonizo y la función narrativa de ese otro personaje que no asiste a las últimas horas y, sin embargo, sus palabras las viven como si estuviera allí. 

A menudo, Orner se deja llevar por cierta comicidad, consciente de que su lectura puede sacar de quicio a aquellos que le conocen (otra vez con los Cuentos de Isaak Babel…). Pero es que resulta innegable que sabe dónde y cómo leer un texto, cómo exprimirlo y, más que presentarlo, representarlo en el papel. Tanto da si se trata de un poema extensísimo de Bernadette Mayer, de un personaje de Marilynne Robinson, una frase estremecedora sacada de la correspondencia de Cheever o el juego (y el jugo) de reflexiones de Virginia y Leonard Woolf. Ahí queda ese maravilloso sentido de la observación, esa habilidad para embellecer un género tan cuadriculado como el ensayo literario. Mención aparte: pocos coleccionan anécdotas tan estupendas como la de los amoríos y escrituras entre Ford Maddox Ford y Jean Rhys. O Céline cuando todavía no se había exiliado al castillo de Sigmaringen. O ese Kafka que, a través de su análisis, resulta todavía más perspicaz como lector de otros y autor total. 

Y mientras tanto, a veces inadvertidamente, la vida pasa. Y Orner nos habla de sí mismo, de su matrimonio, de su familia, de su infancia, juventud y algo parecido a la madurez. De la religión y de Chicago. De los viajes en avión, las bibliotecas y los hospitales. Y de muchas otras cosas, muchísimas más palabras, que quizá solo sabe invocar cuando dirige su vista hacia un autor; cuando, en definitiva, se identifica también como un lector abierto a seguir maravillándose con todas esas pequeñas cosas agazapadas en cualquier rincón de una página. Algunas de ellas, olvidadas; otras, como casi siempre, extrañamente ligadas a nuestra manera de hablar de la vida.


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