Tocar de oído. Reflexiones sobre la música y el sonido, de Peter Brook (Continta me tienes) Traducción de Diana I Luque | por Juan Jiménez García

Peter Brook | Tocar de oído. Reflexiones sobre la música y el sonido

Tocar de oído o Reflexiones sobre la música y el sonido. Realmente, toda la obra de Peter Brook (obra escrita) podría englobarse como reflexiones sobre el teatro y la vida. El teatro, la ópera, el cine,… Sea cual sea el tema sobre el que se articulan sus reflexiones, la experiencia, lo vivido, acaba siendo el hilo conductor y no una fría teoría. La experiencia, lo vivido. Para Peter Brook hacer teatro es una manera de volver a ponerse a prueba, como creador y como persona. Y también (y qué extremadamente importante debería ser eso) su relación con los demás, con los otros. Con el espectador. El teatro entendido como un acto conjunto que no puede ser repetido nunca, igual que un instante de vida no puede ser vuelto a vivir. Cada momento lleva en sí la posibilidad de una nueva creación, dice.

El sonido y la música son, pues, un argumento más en un extenso entramado que abarca mucho más. Un punto sobre el que despliega su pensamiento. No hay en Brook escritos teóricos sino pequeños apuntes no por ello menos significativos. Recordar a su primera maestra de música acaba por sur una manera de hablar de los actores. La tradición una manera de pensar en el pasado, un tema presente a menudo en sus pensamientos (lo cual no deja de ser interesante para un artista que no pocas veces ha encarnado la vanguardia). Y una manera infalible de reconocer experimentos fallidos o caminos que no llevan a ninguna parte: la sensación de aburrimiento que causan en nosotros. Paréntesis. No debemos olvidarnos de algo también muy presente en sus libros. Su sentido del humor. Esa ironía que entrega algunos momentos memorables. Fin del paréntesis.

Es tremendamente difícil escribir sobre un libro de Peter Brook. Casi tan difícil como fácil es leerle. Su gusto por saltar de un lugar a otro (ya ocupe ese lugar tres o cuatro páginas o ni tan siquiera una), tiene mucho de juego que, volviendo a caer en los lugares comunes, para un inglés es lo mismo que interpretar. A la vez, su gusto por la anécdota lo convierte en un alguien próximo. Los dioses vinieron a la tierra. Si la clave (al modo chejoviano) es escuchar, Peter Brook prolonga ese acto: transmite. El teatro es un arte del presente. Siempre. En toda circunstancia. La vida nunca está en la obra misma, dice. Son las reacciones que provoca las que deben estar vivas. Y eso solo puede ocurrir en un tiempo: hoy. Esa misma inmediatez está en su escritura, en su necesidad de hacernos cómplices. Pablo Messiez, en su epílogo (Peter Brook, o el maestro emancipador), cita oportunamente a Eduardo Chillida. La experiencia es conservadora porque está con un pie en el presente y otro en el pasado. La percepción, está con un pie en el presente y otro en el futuro. Brook estaría ahí. Pero pienso que, como decía Eduardo de Filippo, ha interiorizado (necesariamente) tanto esa tradición que en él se ha convertido en un presente, en una única materia con la que partir al encuentro de otras. La búsqueda de lo desconocido. Del espacio para que surja. Esa podría ser la historia de de su vida y de sus persecuciones. La fragilidad de esa búsqueda. El misterio que encierra, ese accidente del que hablaba Francis Bacon.

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