El origen de la tristeza, de Pablo Ramos (Malpaso) | por Óscar Brox

El origen de la tristeza | Pablo Ramos

La infancia recorre años de pocas certezas y muchas intuiciones, con un vocabulario mínimo -qué necesidad hay de rellenar con palabras lo que todavía no conocemos con experiencias- y una curiosidad total. Esa clase de visión que lo agiganta todo, que transforma nuestro alrededor en una especie de pequeño Olimpo donde cada cosa reviste una importancia capital. Años de enseñanzas y aprendizaje emocional, de felicidad y prematuro dolor cuando aún no hemos aceptado que esto último también forma parte de la vida. Pablo Ramos hizo de ese tiempo El origen de la tristeza, novela de iniciación que, diez años después, Malpaso rescata para el lector español.

Pocas veces tiene tanta importancia un barrio como durante la infancia. Recorres sus calles como si remontases la corriente de un río, entre los sonidos de las tiendas y el discurrir irregular de los edificios -bloques, casitas, cemento y ladrillo que condensan el urbanismo de tantas décadas pasadas. Cada vecino tiene un mote y una pequeña leyenda, que los niños narran una y otra vez mientras deciden qué esquina conquistarán para jugar un rato con el balón. El borracho del barrio es un adulto que no parece un adulto, cuya sensibilidad marginada es el mejor transmisor para esbozar un mapa de los sentimientos de un niño de doce años. Aún no has visto llorar a tu padre y te queda demasiado tiempo por delante para entender (y aceptar) su afecto. Por eso, prácticamente todo cuanto alcanza a divisar tu mirada es un paisaje mítico al que, como la Grecia de Homero, no puedes renunciar. Porque tu respiración funciona acompasada con la suya.

En El origen de la tristeza, Ramos se acerca a ese momento de nuestra historia con los ojos de un niño, con el mimo que despierta hasta la reacción más brusca y una mirada que todavía no ha roto el encantamiento que mantiene con su entorno. Gabriel, o Gavilán, vive en esa edad sin nombre en la que se deja de ser demasiado niño para ser niño y demasiado pequeño para ser adulto. Cada vez que pasea la vista por el taller de su padre, se encuentra con el póster de Andrea C., con el primer deseo y la primera mujer. Esa que es un sueño, por mucho que sus dedos recorran de arriba abajo el papel clavado con chinchetas sobre la pared. Gabriel aprende en qué consiste la vida con Rolando, sepulturero del cementerio, para el que trabaja provisionalmente en busca de una cantidad modesta de pesos que le proporcionen dinero suficiente para el regalo de su madre. Entre tumbas y mausoleos, la realidad de Gabriel va acotando su espacio y definiendo, con adjetivos y sustantivos, eso que por ahora solo siente como impulsos. El deseo, la necesidad, la confianza o la compañía. Vivir, en definitiva. Qué irónico, pues, el instante en el que el niño encuentra en un mausoleo familiar el cuerpo embalsamado de Andrea, como una bella durmiente rellena de líquido de conservación, donde se rompe el hechizo infantil con el mundo y la realidad comienza a abrirse camino.

Cuando eres pequeño, tu entorno se explica a través de tus amigos, cuyos nombres sustituyen a los nombres oficiales de las calles. Aprovéchalo, pequeño explorador, para forjar ese primer itinerario vital que recordarás cuando tu mirada adulta y apagada regrese en el futuro sobre esos mismos lugares. Recuérdale aquel gran incendio que comenzó en el agua del arroyo y rodeó todo el racimo de viviendas en el que vivíais; cómo escapasteis del control paterno con la vaga idea de mantener vuestro primer encuentro sexual con una prostituta; cómo esa vaga idea se transformó en el primer (y, tal vez, último) beso con lengua a Marisa; cómo perdisteis en mitad de la expedición al tumbeta (su padre se dedicada al negocio de la funeraria) y gastasteis, por unas cosas o por las otras, todas las camisetas que guardabais en vuestras mochilas. Cómo, en fin, esa primera expedición fue tan importante como descubrir las Américas, poner un pie en la luna o terminar la última pintura de Altamira. Porque os reunió, juntos, en esa clase de comunidad que nunca más viviríais con tanta intensidad.

El origen de la tristeza es, como en tantas otras obras, la insoportable realidad del tiempo que pasa. El tiempo que trae al mundo una hermanita pequeña y el intento de suicidio de la madre, el final de un trabajo y el comienzo de un nuevo empleo, el primer libro de relatos y la invitación a escribir, un poco más adelante, el tuyo. Da la sensación de que Pablo Ramos ha escrito una novela de primeras cosas, donde los segundos platos no tienen razón de ser y nunca estamos lo suficientemente acostumbrados a aquello que está por venir. Quién puede estarlo con la muerte de un amigo o el adiós definitivo que ensayamos con toda la violencia que nos proporciona el rechazo ante esa realidad amarga. Y, sin embargo, qué necesario acaba revelándose todo eso, lo bello y lo triste, lo dulce y lo doloroso, para narrar un tránsito vital tan intenso a través de las palabras: el que lleva a Gavilán a convertirse finalmente en Gabriel. El que lleva a Pablo Ramos, media vida después, a contarnos lo que alguna vez pudo vivir, la infancia y el pasado que nunca se olvidan. En ese tiempo en el que su respiración funcionaba acompasada con la de su entorno. En el que los amigos, el deseo, la rabia y la alegría eran su segunda piel.

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