El paraíso perdido, de Pablo Auladell (Sexto Piso) | por Óscar Brox

Pablo Auladell | El paraíso perdido

Cada vez con más frecuencia encontramos que el universo de la ilustración se acerca al de la literatura en busca de una expresión propia. En lugar de acompañar y acomodar las palabras a una serie de dibujos, lo que el libro ilustrado anhela es conquistar esas palabras a través de trazos, líneas y colores que las sustituyan con la misma rotundidad expresiva. Tanto da si se trata de una novela proletaria o de un clásico literario, si el dibujo asume las coordenadas del manga o bebe del expresionismo gráfico; lo importante es observar ese ejercicio de mímesis, la transformación en imágenes. En su prólogo a El paraíso perdido, Pablo Auladell explica su ardua labor de traducción en dibujos de la obra colosal de John Milton. Cada etapa alcanzada, cada duda y deseo de abandonar la aventura. Detalles, todos ellos, que hacen del libro un extraordinario diario de trabajo del dibujante en su pelea cuerpo a cuerpo con los versos y las palabras de Milton. Por tanto, una adaptación y, al mismo tiempo, un ensayo sobre la dificultad de trasladar el espíritu de la obra a un libro ilustrado.

En un excelente ensayo sobre el estilo de Milton, T. S. Eliot evocaba al autor de El paraíso perdido a través de esa lengua poética tan personal, tan áspera y genial, que se desvinculaba de cualquier estilo común a partir de originales actos de anarquía. Algo, por cierto, que el propio Eliot contrastaba con la, a su juicio, limitada imaginería visual de Milton; poderosa para describir los espacios abismales, la oscuridad y la luz, pero menos hábil en la caracterización de algunos de sus personajes. Quién sabe si contagiado por esa visión, el trabajo de Auladell se antoja apasionado nada más tener la primera toma de contacto con el capítulo inicial del libro. Es en él donde encontramos el que será el elemento que conectará cada uno de los cuatro episodios: la luz. Para entendernos, El paraíso perdido narra el nacimiento de las emociones morales y el descubrimiento de aquello que encarna la condición humana: la virtud y el vicio. A través de una guerra eterna entre Dios y su corte de ángeles renegados, Milton despierta ese sentimiento de angustiosa humanidad que, finalmente, se palpa en los devastadores efectos del pecado original sobre Adán y Eva.

Auladell dibuja ese primer contacto con la obra de Milton como si su propio trazo apareciese engullido en la mismísima oscuridad, en esa viñeta borrosa que apenas cede espacio a un conjunto de líneas que representan la caída en desgracia de Satán. Ese mundo, negro y opaco, en el que los ángeles rebeldes se consumen como pequeños trozos de una tierra infértil. Algo que Auladell contrasta con su representación del reino de Dios, casi la ensoñación de un palacio toscano cubierto por las nubes; pura luz que se opone pacíficamente a esa oscuridad que encontramos en el inframundo. A partir de esa dualidad, ángeles y demonios se convierten en portadores de un trazo expresivo, tan borroso como violento, que repite viñeta a viñeta el motivo que presenta el libro: esa lucha entre la luz y la oscuridad que alumbra en su seno a la condición humana. Auladell distribuye las páginas según el peso de la narración; a veces es un gran cuadro el que devora todo el espacio disponible, como una impresión demoledora que nos sumerge en las entrañas del dibujo; y, en otros casos, el relato busca una narración más fluida a través de un conjunto de viñetas y diálogos que conceden un poco de profundidad al trazo.

Sin duda, uno de los momentos más hermosos de El paraíso perdido tiene lugar durante el episodio que involucra a Adán y a Eva. De un lado queda la precisión de Milton para evocar a los prototipos del futuro de la mujer y el hombre; del otro, el esfuerzo de Auladell por corresponder a la conquista miltoniana y acercar su dibujo a esas figuras originales que hacen su vida bajo la atenta mirada de Dios y sus ángeles. El contraste, pues, entre esa imagen etérea y volátil de los cielos y la negrura terrestre de los infiernos tiene su correspondencia en el Edén, en el que su autor infiltra un color, una temperatura, para advertir esa cercana humanidad que se precipitará con la caída de sus protagonistas. Un color que invade la naturaleza, la hierba y las copas de los árboles, entre esa paleta monocromática que viste en su falta de humanidad a Adán y Eva. Un color que invade cada viñeta, con la luz de un atardecer otoñal, a medida que intuye el nacimiento de las emociones morales: la vergüenza, el dolor y el destierro de las criaturas de Dios. Un color que contrasta con la pureza que, con un violento corte de escena, manifiesta el reino de los cielos, incluso en la amarga derrota que el pecado original le ha obligado a aceptar.

Más que una adaptación fiel del original de Milton, El paraíso perdido es una tentativa por capturar esa lengua poética a la que aludía Eliot, que de tan esencial resulta casi intraducible. La lucha entre la luz y la oscuridad para dar cuerpo al sentimiento de vida, para encarnar a la condición humana. Pablo Auladell, más de tres años después, ha hecho de este libro ilustrado una auténtica quimera que, apasionada y entregada, adapta y encuentra la voz de Milton en esa gama de negros y en los trazos expresivos que viñeta a viñeta animan el cielo y el infierno. Eso tan difícil que su autor persigue incansablemente en sus dibujos: la viveza, la emoción, el ardor de unos sentimientos convocados por primera vez. El nacimiento del hombre. El paraíso encontrado.

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