Yo soy Charlie, de Numa Sadoul (Confluencias) | por Juan Jiménez García

Numa Sadoul | Yo soy Charlie

Los terribles acontecimientos del 7 de enero (que, es cierto, no fueron más terribles que otros tantos, pero sí más cercanos), con el asalto a Charlie Hebdo y el asesinato de una buena parte de sus dibujantes, nos trajeron, al menos por unos días, un montón de buenas palabras (que no duraron mucho) y una figura ciertamente olvidada: los dibujantes de prensa. A través del discurso sobre los límites del humor (que es lo mismo que decir los límites de la libertad de expresión) se iba trazando el retrato de una publicación satírica y de una imagen que, pese al conocido “Yo soy Charlie”, no se prestaba a la identificación masiva. Seguramente, de una manera cruel, Charlie Hebdo dibujó su mejor viñeta en aquellos días. El dibujo de una hipocresía ramplona, de una baile de máscaras que no han necesitado de mucho para caer de nuevo. Pasado el ruido siguió quedando lo mismo: la revista. Y un poco más atrás, miles de viñetas.

Este Yo soy Charlie que ahora edita Confluencias tiene la virtud de que entrega la voz a aquellos precisamente que murieron: los dibujantes. Y lo hace a través de una serie de entrevistas que hace unos años realizó Numa Sadoul (y que en Francia se editaron con el título de Los dibujantes de prensa). Hay que decir que no todos los entrevistados formaban parte de la revista satírica (aunque algunos compartieron su historia, incluso de manera tormentosa, como Siné) y, por supuesto, no todos estaban entre los muertos (de ellos están Cabu, Charb y Wollinski), pero lo importante es que a través de todos estos logramos llegar a entender, mucho más profundamente que con todas las noticias y artículos de aquel tiempo, qué moría con ese atentado.

Morían las personas, cierto, y también una manera de entender la realidad que nos rodea y que no puede ser encerrada en algunas frases hechas o discursos algo manoseados. Al escuchar a alguien como Cabu (Jean Cabut), estamos escuchando parte de la historia del dibujo en Francia, del humor gráfico. O a Siné (que podía ser mucho más terrible que los dibujantes que quedaron en Charlie Hebdo, de los que se separó por una discusión sobre antisemitismo para fundar Siné Hebdo). No hay mucha diferencia entre los dibujantes que murieron y aquellos otros que nunca compartieron su humor (como podría ser Kroll) o Pétillon. Quizás el furor, tal vez la necesidad de golpear conciencias. El trabajo es el mismo. Esa búsqueda constante en la realidad para reducirla a un instante, una viñeta que nos tiene que decir algo. Sí, puede cambiar el estilo. Desde la fealdad, la deformidad, de la obra de Charb (Stéphane Charbonnier) al clasicismo de Willem, pasando por ese punto intermedio que sería Luz (que abandonó polémicamente la revista no hace mucho).

Es necesario leer este libro para entender el fondo del asunto y cómo no era una cuestión de una viñeta o de islamismo, comprender cómo para ellos, después de todo, todo es igual, todo quedaba bajo el paraguas del bufón que tiene que reírse en las narices del rey porque los súbditos necesitan a ese bufón (y seguramente más que al rey mismo). Cómo el humor es un acto liberador, de la realidad, de nuestras conciencias y de las estupidez humana, que está por todo. Es ese espejo deformante que nos devuelve la imagen justa de una realidad que nos llega cómodamente conformada según el interés particular de unos y otros. Matar al mensajero, matar al payaso, es matar una de las pocas cosas que nos permiten escapar del horror. Hay una escena de Shoah, el monumental documental de Claude Lanzmann, en la que este le pregunta a un judío superviviente de los campos de concentración (toda su familia murió allí) de qué se ríe (porque a todas sus preguntas responde como una sonrisa). Entonces, por un momento, entendemos ese momento liberador en el que la risa acaba con nuestros miedos, nos hace menos vulnerables o nos devuelve a una infancia que nunca existió. Tras aquella pregunta de Lanzmann, el hombre lloró.

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