In memoriam. Posesiones de un exflamenco, de Niño de Elche (Hurtado y Ortega ediciones) | por Óscar Brox

Niño de Elche | In memoriam. Posesiones de un exflamenco

De Niño de Elche guardo tres recuerdos: el primero, acaso el más rancio, es el artículo contra la heterodoxia musical a cuento de su participación en la Bienal de Flamenco de Sevilla 2018; el segundo, el que mejor pega en un libro que se subtitula posesiones, su exorcismo en escena junto al bailaor Israel Galván; y el tercero, cómo no, su forma de infiltrarse, de intervenir en la música popular, ya sea con Los Planetas o con C. Tangana. Esos tres recuerdos definen muy bien lo que Niño de Elche transmite a través del cante: la rabia contra toda forma de autoridad. O, lo que es lo mismo, la necesidad vital de la heterodoxia.

In memoriam, visto así, es un ejercicio de biografía que llega demasiado pronto (pero, ¿cuándo es el momento oportuno para empezar a escribir de uno mismo?) y un exorcismo contra toda esa intelligentsia que trata de acotar, de acordonar y etiquetar, un Arte. El flamenco, el cante o, por qué no decirlo, la propia voz humana. En sus páginas, Niño de Elche se zambulle en el anecdotario de su trayectoria musical, que es también su trayectoria familiar, para describir algo parecido a la forja de una forma estética. De un discurso. De, otra vez, una voz. Uno lee sus historias sobre los concursos de cante entre la ironía contra un microcosmos endogámico y conservador y la inocencia de esos momentos devocionales que desatan al artista de sus prejuicios. De lo primero hay una buena ración de tortas: no se libra esa derecha sátrapa del Sur de Valencia ni tampoco el comunismo trasnochado que perdió el Norte cuando giró hacia la Izquierda Unida. Tampoco los programas reality de flamenco de Canal Sur ni esa industria, por decirlo de alguna manera, que convierte lo otro, al iconoclasta, en carne de Trending Topic. O sea, cada vez que alguien escribe un artículo diciendo que eso ni es cante ni es flamenco ni es nada.

Niño de Elche describe fogonazos de nostalgia, en los que habla de pequeños mitos (las primeras uñas sumergidas en una copa de vino tinto) y de momentos fundacionales, de la emoción familiar y los viajes a Granada, las paradas en las ventas, la música de las casetes y todas esas cosas que hoy nos parecen como de los tiempos remotos. Y también describe algo parecido a un aprendizaje sentimental, siempre en pugna con lo que la tradición dicta que debe ser una educación flamenca. Un poco, con esa violencia calmada con la que los brevísimos capítulos del libro despachan cada una de las piedras que se encuentra por el camino. Al fin y al cabo, estas posesiones son, también, la necesidad de desnudar su intimidad. De arrojar un poco de luz sobre un corpus musical extraordinariamente rico (tan rico como para perderse una y mil veces en las letras de El comunista) y extraordinariamente combativo. Frente a la autoridad. Frente a cualquier necesidad de acotar.

De la Andalucía flamenca que dibuja en su texto, uno saca unas cuantas conclusiones: el arraigo todavía existente hacia esa suerte de caverna platónica, de cueva de las maravillas, en la que el flamenco conserva una pureza prácticamente incorruptible. Algo falaz, claro, cada vez que su escritura nos ofrece un paseo por tablaos y personajes pintorescos, por pequeños mitos como El Turronero, por los discípulos del mairenismo y por las altas y bajas pasiones que arrastra el oficio del cante. Tradición contra traición. Subversión. Desarticulación. Desnudo integral. Ese ejercicio de quitarse la chaqueta de fuerzas, tal y como ilustran las fotografías que acompañan al texto, para liberar esa otra fuerza, esta vez creativa, de tantos prejuicios metidos a capón entre saetas, seguiriyas y bulerías.

Con Niño de Elche sucede como con un edificio de estilo brutalista colocado en una calle cualquiera. Su presencia, de algún modo, acaba contaminándolo todo. Cambia la forma de interpretar de Israel Galván y le aporta una espesura a las letras de C. Tangana, barniza la música popular con la misma violencia con la que la voz de Morente se mezclaba con el noise de Sonic Youth. Y habla, nunca deja de hablar, de esa bendita heterodoxia creativa. De esa ambición con la que su voz, de segunda (o así lo pensaba aquella profesora en busca de registros más angelicales), se infiltra en cualquier discurso convencional hasta demolerlo. Hasta poseerlo.

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