En la cabeza de Bruno Schulz, de Maxim Biller (Minúscula). Traducción de Paula Kuffer Dinerstein | por Juan Jiménez García

Maxim Biller | En la cabeza de Bruno Schulz

Entre todos aquellos lugares que nos hubiera gustado que conocer y que no hubiéramos podido conocer jamás (por cuestiones espacio temporales pero también por otras razones menos explicables), entre todos aquellos lugares de esa Europa central, más tarde del Este, ensombrecida por el nazismo, amenazada por el caos, Europa en situación de derribo, de acabar reducida a escombros, entre todos aquellos lugares, uno sería la cabeza de Bruno Schulz.

Bruno Schulz, del que no nos llegó nada que no fuera inquietante. Ni fotografías, ni dibujos, ni relatos. Ni promesas de libros ni hojas sueltas. Ninguna mirada que no estuviera enturbiada, ningún instante que no fuera extraño. Maxim Biller marchó hasta allí. Hasta su cabeza. En un librito minúsculo (micra, dice), de Minúscula, que ahora se nos antoja como su único tamaño posible. Al abrir el libro, las palabras caen de él como objetos encontrados en un baúl perdido en un trastero aún más perdido de un mundo perdido. Como el polvo de alfombras sacudidas.

Hay una fotografía de Bruno Schulz sentado en los escalones de entrada a una casa, tal vez su casa. Posiblemente, porque lleva pantuflas. Su postura es extraña. Tiene algo de posición sugerente de cantante alemana de canciones en un cabaret alemán de la República de Weimar. Mantiene las piernas cruzadas y un cuaderno sobre las piernas. Sujeta una estilográfica, viste un traje a rallas. Sonríe como una marioneta checa y su mirada es tan profunda que pasa a través de nosotros y se pierde allá, a lo lejos. La mirada de Bruno Schulz era la puerta de entrada a su cabeza. Maxim Biller nos muestra a un escritor asustado, que tiene miedo, que no puede tener otra cosa que miedo, allí, en su sótano, con dos palomas-alumnos, con su hermana y su marido-fantasma-muerto.

Bruno Schulz escribe a Thomas Mann. Es un día de otoño. Es 1938. No hace frío, es sorprendente. Escribe, tacha, escribe. En Drogóbich apareció un falso Thomas Mann. Un evidentemente falso Thomas Mann. El escritor alemán no puede ser así. Además: no puede estar ahí. Drogóbich, Polonia. Drogóbich, invadida por la Alemania nazi. Drogóbich, entregada a los soviéticos, invadida de nuevo por los alemanes. Aún no, luego. Presintiendo la historia, solo tendrá miedo. Judío. Profesor, seguirá enseñando a sus alumnos. A sus alumnos-paloma y al resto. Escritor de relatos reconocido ya (por algunos al menos), pintor reconocido ya (por otros o los mismos), escribe su gran obra, El Mesías. Libro cuyo manuscrito desaparecerá, libro del que apenas se sabrá nada y que algún día, tal vez, brotará de la tierra o de algún rincón del mundo.

En la cabeza de Bruno Schulz, entonces, estará el verdadero Thomas Mann, el falsario Thomas Mann, el miedo de Bruno Schulz, la hermana y su marido desaparecido pero no para ella. Estarán sus alumnos-palomas, que revolotean por el sótano. Estarán los golpes en la puerta, el libro esperado, la gente que espera el libro. La gente en la calle. El miedo en la calle. El miedo en el sótano. La escritura. Siempre la escritura. La escritura como alucinación del mundo. La de Schulz pero también la de Maxim Biller. Las palabras como curso de vida y camino hacia la muerte. Y otra vez hacia la vida.

1 thought on “ Maxim Biller. Miedo, por Juan Jiménez García ”

  1. He intentado leer a Bruno Shulz en muchas ocasiones y siempre lo he dejado
    Las tiendas de color canela fue uno de ellos
    Tendré que volver a intentarlo
    Hay autores que durante un tiempo se escapan
    Luego vuelven como si nunca se hubieran ido

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