Atrapadores de polvo, de Lucie Faulerová (Huso) Traducción de Kepa Uharte | por Juan Jiménez García

Lucie Faulerová | Atrapadores de polvo

Primera novela de Lucie Faulerová, Atrapadores de polvo, transita por los lugares más peligrosos, las tentaciones de las primeras cosas, y logra salir airosa de casi todo lo que se propone (y, en el torbellino de las palabras, van desapareciendo pequeñas equivocaciones sin importancia, como el título de aquella película italiana que nunca pude volver a ver). En el caos del mundo de Anna, la protagonista de la novela, en ese caos que se instala en la novela (un caos perfectamente controlado, que nos permite no perdernos), hay un orden secreto que le da un sentido a las cosas, esa invocación permanente de la nada. Una búsqueda inútil, dado que siempre, por poco que sea, habrá algo, aunque esto sea un desesperante intento de lanzar cosas por la ventana, que suele ser una mejor idea que dejarlas ahí, cubiertas del polvo de los años. Ahí en su título está la novela, que se convierte en ese atrapador del polvo que rodea a Anna, Anna, que trabajaba informado a la gente de sus dudas pero es incapaz de hacer frente a las suyas…

Anna, como decía, atiende al teléfono a ciudadanos con dudas sobre cualquier tipo de cosas. Hoy en día esos se le pregunta a google y eso ha hecho descender un poco el negocio. Sin embargo, ella ha sido empleada del año en varias ocasiones (a sus ventiocho años) y ahí sigue, aguantando, bajo la estrecha supervisión de su jefa. Tiene una hermana, Barbara, y tres sobrinos, además de un cuñado que es un asco. Para alguien que debía pensar como el Adolf de Jean-Pierre Martinet, vivir lo menos posible, para sufrir lo menos posible, incluso eso es demasiado, pero suficiente. Tras este presente, esté se pasado. El padre maltratador asesinado por la madre, condenada a doce años de cárcel, y unas hijas torturadas por él y por aquellos acontecimientos. No ella. A ella no le hacían caso ni para torturarla. Más pasado: Jakub, su expareja, con la que convivió seguramente los años más felices de su vida. Una razón suficiente para que se entregara a acabar con ello, incluso frente a la paciencia, a la comprensión infinita de él. O Mercedes, en realidad, Ondřej, transformista en un club y que siempre tenía algunas frases precisas. De ese pasado, ha quedado alguna cosa físicamente y muchas en su cabeza. Esa búsqueda de la nada tiene también mucho de esconder los recuerdos. No volver a dormir en la habitación ya llena de polvo, porque eso recordaría a Jakub; no visitar a Miriam, la madre, salida de prisión hace un tiempo. No limpiar nada ni tan siquiera a ella misma. Dejar que el todo se acumule, que caiga sobre las cosas, sobre los que están y ya no están, como en aquellos dublineses. Pero en un sistema tan precario de equilibrios, no se necesita mucho para que las cartas caigan al suelo. Una leve brisa o un viento intenso. En la vida de Anna aparece el doctor Viktor Kavi, antes psicoanalista, y una línea recorre toda su vida pasada y acaba por alcanzarla, destruyendo sus planes de futuro (que eran ninguno).

Cómo contar como un día, la vida, ya de por sí destruida, es de nuevo arrasada. Cómo decir que la nada no nos inmuniza, porque siempre están los demás. Lucie Faulerová construye la vida de Anna desde un rabioso presente. No se trata de volver a atrás, a un lo que fue, sino ver ese pasado siempre desde este presente. Enfrentarlo al paso del tiempo. Las cosas no son como fueron sino como las vemos ahora, años después, días después o tan solo unas horas después. Lo insoportable, por muy duro que fuera, no es el pasado: es el presente. O cuando ese presente queda atrapado en lo lodos de la memoria, en las arenas movedizas. La escritora checa entra en su protagonista y sale en alguna ocasión, necesitada de una mínima distancia para contemplarla. Y así, página tras página de caída libre, con una escritura atravesada por la urgencia de su protagonista. Vivir cansa.

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