Partir, de Lucía Baskaran (Expediciones polares) | por Óscar Brox

Lucía Baskaran | Partir

Probablemente, uno se hace mayor cuando aprende a dar nombre a las cosas. Cuando se empieza a confiar demasiado en la razón, a reducir a etiquetas lo que se desconoce y a bailar con los nervios (los intercostales o los que utilizamos en sentido figurado) en pleno brote de ansiedad. Probablemente, también, uno se hace mayor cuando se percata de que ya no le resulta tan fácil describir su vida, no digamos ya ponerla sobre papel; reunir las palabras, justas o aproximadas, que siquiera alcancen a delimitar los contornos de una edad -la posadolescencia, la premadurez, la que se nos ocurra- siempre volcánica. Desbordante en cada matiz, en cada episodio. Y eso pese a que, haciendo memoria, la cosa no parezca tan importante. Como en esas temporadas en las que todos los días son un domingo de agosto, tan lentos y mortecinos que cuesta exprimir algo de provecho de sus horas. En Partir, Lucía Baskaran explora algunas de estas sensaciones, aquellas que precipita la velocidad con la que nuestras vidas queman etapas e inician nuevas memorias. Con una mezcla de humor, acaso también de resentimiento, con un tiempo que creemos que nos proporciona enseñanzas para el futuro, pero que realmente nos muestra cómo crecer es, también, olvidar. Partir. Abandonar. Un ejercicio de mudanza que, en la mayoría de casos, nunca sabemos adónde nos llevará, para el que no estamos convenientemente preparados.

Ahora que Internet, con su panoplia de blogs, redes y perfiles, nos ha acostumbrado a dejar un rastro de miguitas de pan en dirección a nuestra identidad, cunde la sensación de que nos pasamos la vida hablando de nosotros mismos. O de lo que nos gustaría haber sido. O de lo que detestamos ser. Y lo bonito de esa suerte de terapia comunitaria son los rodeos que llevamos a cabo hasta soltar prenda. En ocasiones, Partir hace gala de ese carácter de confesión a bocajarro, con pelos y señalas, mediante el cual Baskaran reconstruye un tiempo pasado para así poder detectar el origen del malestar que atenaza a su protagonista. A través de breves capítulos que alternan esos dos tiempos, pasado y presente, Victoria narra sus primeros titubeos en la vida adulta y su contacto definitivo con la dolorosa realidad de la madurez. Las necesidades afectivas, el sexo voraz, tierno, propio, cutre, visceral y sensible, la modulación de una voz propia, la definición de un rostro que cambia con los años, el tacto de los extraños, la emancipación y la percepción de nuestro alrededor. Todo cuaja en una idea formada de lo que comprende el mundo y, fundamentalmente, de la dificultad de mantener los vínculos con la gente que forma parte de él. Los cambios constantes, los arranques que llevan a cabo un giro brusco en el camino elegido, la complejidad de soportarse a uno mismo, también de soportar al otro. En fin, aquello en lo que consiste la vida, y que a menudo pasa a tal velocidad que casi lo captamos a medias. A trozos. Como en esas situaciones en las que, ya en frío, resolvemos lo que parecía un imposible.

Partir es una radiografía de las partes sensibles que definen nuestra intimidad. Por tanto, la clase de novela que serpentea entre momentos de una intensidad emocional hiriente y episodios banales que desearíamos borrar de la memoria. Entre lo tierno y lo embarazoso. A golpes y porrazos, ya que no se nos puede pedir que, en pleno proceso de madurez, encontremos las palabras justas para explicar cómo hemos llegado hasta aquí sin, para ello, dar unos cuantos rodeos. Para hablar de intentos frustrados, fracasos sentimentales, días del color de la ceniza del cigarrillo, éxtasis, entusiasmo con fecha de caducidad reciente, pollas, coños, camas siempre deshechas y ambiciones que tampoco es necesario que logremos conquistar. De la necesidad de otra persona, o de la necesidad de llegar a entender nuestros sentimientos. O, tal vez, de la necesidad de llegar a entender que nuestros sentimientos también cambian. Por mucho que su evolución sea menos explosiva y no tenga acné, ortodoncia, vello facial o vete a saber cuántas cosas más. Tanto da, Baskaran habla de todo ello sin discriminar lo puramente emocional de lo físico, las ganas de follar de la importancia de conocer lo que hay dentro de uno mismo. La tristeza propia y la ajena, la soledad y el victimismo que nos ha inculcado la sociedad para decirnos que eso no es bueno. De ahí que la historia de Victoria, desde su incursión en el mundo de la actuación hasta su lenta deriva hacia el mundo del trabajo remunerado que no sirve para realizarse en la vida, tengas unos cuantos, muchos, rasgos de la historia de cada uno. De las palabras que han brotado en conversaciones, las resacas que han volcado sobre las sábanas o el silencio incómodo que ha acompañado una separación. De todo ese aprendizaje, verdaderamente intuitivo, que ha acompañado a la edad volcánica en su trayecto hacia la vida adulta.

Mentiría si no dijera que lo bonito de Partir radica en imaginar su proceso de escritura; las dudas, titubeos, líneas corregidas, palabras cambiadas, conversaciones construidas con precisión de cirujano y capítulos escritos al trote. Esa es la sensación que propone el libro de Baskaran, como si cada parte que lo forma respirase a bocanadas frente al lector, caminase en círculos en busca de la fórmula adecuada para desnudar sus sentimientos y, es posible, para pedir que también nosotros los desnudemos. Partir es de esas novelas a caballo entre dos edades, entre dos tiempos, pero con la suficiente lucidez como para no caer en la melancolía ni menos aún en la tonta nostalgia. Un informe de cicatrices, caries y arañazos con el que trazar la línea de la vida. Avanzar sin saber muy bien qué viene a continuación. Partir, marcharse, deslizarse incómodamente de todos esos sitios en los que hemos estado tan bien… sin saber muy bien qué vendrá a continuación. Escribir, hablar de uno mismo o de uno que se nos parece, de lo que no hemos llegado a ser y de lo que sí que somos. Dar rodeos, sacar el látigo como un domador ante la bestia indómita. Porque en ese camino en el que nos contamos a nosotros mismos nunca es fácil que los recuerdos se dejen trasladar a la hoja en blanco. Y, finalmente, vivir lo que vendrá, sin saber si será bueno, malo o lo que tenga que ser. Con esa incertidumbre que durante la adolescencia nunca conocimos, y que puede ser que ahora nos acompañe como nuestra sombra. Pero que, en retrospectiva, nos ayuda a entender en qué personas nos hemos convertido. En qué consiste ese lugar siempre misterioso al que llamamos intimidad.

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