El club, de Leonard Michaels (Malas tierras) Traducción de Nicolás Cañete | por Óscar Brox

Leonard Michaels | El club

Hablemos de esto. Esa parece ser la divisa del club. Dejar caer las anécdotas, las frustraciones, los sueños húmedos y las cuitas alrededor de una masculinidad herida. Antigua. Necesitada de un refuerzo constante para validar comportamientos que a menudo son tóxicos o, simplemente, infantiles. Brutos. Animales. Entre la fauna masculina que protagoniza su novela, Leonard Michaels nos presenta a Terry el médico. Terry es, aparentemente, una calavera calva (Michaels, y el resto de hombres, parecen fascinados por los surcos de su cocorota) marcada por esa combinación de culpabilidad y deseo. La clase de buen hombre capaz de machacar sus sentimientos hacia una tal Deborah, a la que diez años atrás le dio un par de patadas por debajo de la mesa porque se le ocurrió comer un trozo de su tarta. Hablemos de esto. 

El club es una novela, cierto, pero Michaels no elude ni borra las marcas del relato, del cuento (moral o no) que cada uno de los protagonistas explica a medida que avanza la noche. Las palabras caen, revolotean, en un ambiente cada vez más cómplice, seguro, para que los hombres puedan explorar sus fantasías. Para hablar sin cortapisas y sin que el fantasma de la misoginia o el género les plantee dilema alguno. Michaels deja que sus personajes alardeen de cualquier cosa, que se jacten o vitoreen la actitud más reprochable. Están ahí para decir y escuchar, para elaborar una serie de relatos que den forma a esa clase de masculinidad que representa al americano medio. Se puede (más bien, se debe) hacer un recuento exprés de todas las mujeres con las que ha habido tema, tanto como se puede, también, dejar vía libre a las parafilias: alguna que otra hostia, para coger el tono, aceite en la mesa, bien embadurnada, para engrasar la máquina, y alguna que otra desviación sexual que en un ambiente masculino siempre encuentra una mirada comprensiva. De aceptación. Yo también lo he hecho. 

Uno escucha, atiende y entiende las historias de Michaels tanto como las del Alex Portnoy de Philip Roth cuando habla de la gimnasia sexual con La mona. Probablemente, El club no habla de complejos morales, sino, más bien, de morales complejas. De una forma de ver las cosas, que su autor parodia sin remordimientos, narrada a través de unos personajes que, en su brutalidad, inspiran una suerte de piedad. De lástima. De risa, también, por tanto exceso de virilidad que termina en un concurso de lanzamiento de cuchillos. O por esa imagen, poderosísima, de la mujer de Kramer estampándole una olla en la misma raya del pelo. Con los hilillos de sangre apelmazada estropeando el monólogo de terapeuta confiado en la validez de sus argumentos.  La cosa, definitivamente, va de cocorotas. 

La capacidad de Michaels para detectar cada pequeño detalle del comportamiento masculino hace de este libro una colección de retratos, un estudio sobre rasgos y caracteres que abarca, en sus siete personajes, a la media del país. Si bien, entre tanto alboroto, en ese clima de complicidad, no resulta difícil toparse con el escritor que escudriña hasta el último pelo de las miserias de la masculinidad. Que eleva la apuesta obligando a permanecer a sus criaturas entre las cuatro paredes de la casa. A compartir intimidades sin filtro ni cortapisas, como si se tratase del fin del mundo. En busca de una explicación, o de un sentido, que les proporcione algo de tranquilidad. O de confianza. O de seguridad. Entiendo tu compulsión, entiende tú mi parafilia. Así hasta que la falta de pudor se apodera de todo. De los personajes y, cómo no, del relato. De las criaturas, pero también de su creador. Porque resulta difícil pensar que Michaels no esté disfrutando con ese exceso de virilidad, con esa carcajada humillante y con el último golpe a una masculinidad torpe que debería figurar en un museo de antigüedades. Pero que para su autor representa algo así como un vehículo para la compasión. Para tratar de entender esa legión de hombres que abonan con sus sueños oscuros la tranquila fachada de la América liberal. 

En El club hay pocas cosas que queden a la imaginación. Las ganas de besar con lengua son las mismas que las de propinar un buen puñetazo en la cara de la mujer que muestra alguna resistencia. El baboso comportamiento de sus personajes, que oscila entre la locuacidad y el silencio cómplice, entre Bernstein y Canterbury (por citar los dos extremos de la reunión), entre el hombre que tememos ser y el que, en fin, somos. Carne, sexo, violencia y manada. Tal vez algún que otro lector confundió las intenciones de Michaels, la ferocidad de sus formas y lo juguetón de su discurso, pero pocas veces un autor ha entregado, sin renunciar a la pirueta metaficcional del prólogo, una reflexión sobre una masculinidad herida como esta. Pocas veces un lector se ha topado con un puñetazo al estómago de la misoginia, con una disección de las fantasías masculinas y con una muestra de compasión ante toda esa vergüenza, ante esos sentimientos e inseguridades, que nos llevan a buscar en el otro la mirada de aprobación sobre nuestros rincones oscuros. Hablemos de esto. 

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