Silent Beauties. Photographs from the 1920’s, de Leendert Blok (Hatje Cantz Verlag) | por Alicia Guerrero Yeste

Leendert Blok | Silent Beauties. Photographs from the 1920’s

Es probablemente esa confrontación con la ambigüedad del significado de belleza que brinda el artículo del paisajista y botánico Gilles Clément el elemento clave de este volumen que compila los autocromos de flores que Leendert Blok hizo durante los años 20. Clave por inesperadamente desestabilizador. Porque esperamos un comentario analítico o algún bien elaborado elogio que introduzca a un goce delicadamente hedonista de sus imágenes y no uno que nos deje inquietos pensando en la frivolidad, en si la belleza sólo cuenta verdades o si es pura igualmente aunque se haga en mentiras o artificios.

Porque explica Clément que todas esas bellísimas flores, retratadas haciendo de ellas «una persona única», no eran en realidad obras de la Naturaleza sino lo que en botánica recibe el nombre de variedades y que son, de hecho −así las llama Clément−, «monstruosidades genéticas». Artificios producidos por la ciencia y los cuidados de la mano humana para ser comercialmente deseables. Por eso, la reflexión que soy capaz de plantear sobre este libro no es más que un recuento de las asociaciones mentales que instigó el recorrido por ese texto y las fotografías y las preguntas, sólo esbozadas, sobre si es bello verdaderamente algo que no es entera obra de la Naturaleza, si es lícito que inventemos más belleza, y sobre todo si puede obviarse o disculparse la finalidad consumista que puede haber tras la construcción de algo hermoso y delicado.

Poseemos, sin duda, el permiso para la idealización: acudió en primer lugar a lo largo del recorrido por el libro la imagen del lirio blanco del Ecce Ancilla Domini de Dante Gabriel Rosetti, y después todas las flores que Botticelli pintó en La Primavera. La representación simultáneamente naturalista e idealizada de la flor, y que la constituye como símbolo poseedor de un significado profundo y complejo. Despojar a las flores fotografiadas por Blok de ese carácter de proeza, producto de un tiempo dominado por la fe absoluta en los avances tecnológicos como lo era la década de los 20 y que quizá se daba aún la mano con la tulipomanía que enloqueció a los Países Bajos entre fines del siglo XVI y principios del XVII.  Reinterpretarlas, poder verlas a través de una mirada capaz de obliterar parcialmente la manipulación humana que se empeñó en elevar o perfeccionar la belleza.

Sin embargo, incomoda corroborar que seguramente no haya excusa que autorice a incurrir ingenuamente en esa sublimación cuando entendemos que la belleza de esas flores es producto de anular el motivo esencial de ésta: la fertilidad. De ignorar que las flores son órganos reproductores. Que son (escribe Carl Linnaeus en el siglo XVIII) «las partes más hermosas y adorables de las plantas, y superan a las demás a la hora de despertar nuestra atención, nuestro afecto y la curiosidad de nuestros ojos». Cuando sabemos cuáles las consecuencias de la manipulación genética que el presente nos pone delante. Aparece entonces el pensamiento sobre el erotismo exudado por las flores fotografiadas por Robert Mappelthorpe.

Podemos, no obstante, pese a esto, prolongar la voluntad de sublimar y contemplarlas como ángeles. O ¿hay que ceder, y tener que admitir que, tras su hermosura, no son más que frígidos entes virginales? ¿Negarse a admirar a flores inventadas para satisfacer las ansias efímeras de artificio, de apariencia, de lujo y moda, que Clément nos dice que la mayor parte de estas flores retratadas por Blok, con el referente de las pinturas de los maestros holandeses?  Acude el recordatorio a Bataille. Hojear El erotismo intentando coincidir con alguna frase o párrafo que siga empujando las preguntas. Es este concepto el que reclama atención, sintiendo que guarda alguna relación con eso sobre lo que está tratando de pensarse: «la belleza negadora de la animalidad».

¿Somos conscientes entonces de la vida real de las flores, o la admiración a su belleza nos ciega a ver cualquier vibración salvaje y primaria en ellas? ¿O es esa veneración a su belleza el sentimiento y emoción que está establecido que les debamos? Está escrito en el evangelio de San Lucas: «Fijaos cómo crecen los lirios: ni hilan ni tejen, y os digo que ni Salomón en todo su fasto estaba vestido como cualquiera de ellos».

Otras evocaciones que dan qué pensar: las fotografías de flores realizadas por Irving Penn para Vogue, admitiendo su total desconocimiento botánico, sólo su subyugación por su belleza, ese esplendor inalcanzable hasta para el humano más fastuosamente vestido. Llegar a ella tras leer un escrito de Makoto Azuma y  Shunsuke Shiinoki, maestros contemporáneos de ikebana, y que insisten en la necesidad de ver la flor como un símbolo de los procesos vitales: no apreciar sólo la belleza de la flor en su apogeo, sino también como capullo y en todas las fases de su marchitación, (aquí, se recuerda a Sviatoslav Richter: «…esta belleza cercana a la muerte… ») pero que paradójicamente tal vez, devuelven la reflexión a ese espacio de la reverencia casi decadente a la flor al ponerla en relación con la alta costura. Contemplar las ropas de diferentes épocas mostradas en Bloom, una exposición celebrada en 1995 en el Metropolitan Museum, adornadas por flores que tornan ostentación y vanidad en delicadeza.

Las reflexiones, el rodeo que confirma la necesidad de aprender más sobre las flores, hacen retornar a las imágenes de Blok viendo en ellas, aun pese a la certeza del artificio, una mirada limpia y quizá, hasta cierto punto, franciscana.  Un goce humilde y respetuoso frente a la belleza de cada una de esas flores: tulipanes, gladiolos, narcisos, lirios, jacintos…, y todas las flores finalmente, exaltada, hecha conmovedora, por la mirada y pericia fotográfica de Leendert Blok.

En la conclusión, acude el pensamiento a la rosa para la que el ruiseñor de Wilde entregó su sangre (tanta belleza entregada para la frivolidad despreciable del estudiante y su amada) y la rosa del Principito, el amor de él hacia ésta y su fútil empeño en protegerla. Entender: «¡Las flores son tan contradictorias!»

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