La cartera del cretino, de Kurt Vonnegut (Malpaso) | por Óscar Brox

Libros

Hace ya bastantes años de la edición en la colección libro amigo de Madre noche, para quien esto escribe uno de esos pequeños tratados, en forma literaria, cuyo valor moral nunca desaparece. Pero, sobre todo, una obra donde la manera de ver el mundo de Kurt Vonnegut se revela con absoluta claridad: «somos lo que aparentamos ser, así que debemos tener cuidado con lo que aparentamos ser». Excepto Richard Rorty -la clase de filósofo al que antes encontraríamos en un departamento de literatura-, no se me ocurre otro autor que haya expresado mejor el sentido de la ironía que Vonnegut, para quien aquella es la clase de recurso que nos hace conscientes del problema. Por eso, leer a Vonnegut resulta tan especial: hay, en esa combinación de ternura y crítica relampagueante (por su brevedad y precisión), una visión donde las pequeñas grandes miserias nunca esconden la posibilidad de enmendarlas.

La recién nacida editorial Malpaso publica una colección de relatos de Vonnegut, La cartera del cretino, traducidos por primera vez al castellano, que vienen a engrandecer la fortuna literaria de su autor. Historias breves que discurren en torno a lo mundano, a nuestras microscópicas aspiraciones vitales y las trabas que encontramos para llevarlas a cabo. Así, el tiempo implacable sirve de escenario a la primera narración, Entre tibio y Tombuctú, donde su autor reflexiona sobre la manera de gestionar nuestro dolor ante lo que perdemos y la reacción pública que suscita, donde el consuelo es, en ocasiones, un sinónimo para la ignorancia; también, donde la tolerancia a la frustración -esa quimera contemporánea- aumenta nuestra creencia en los imposibles. En Roma son las imposturas morales las que decoran una pieza teatral en la que, a medida que sus personajes penetran en el papel, describen unos sentimientos escondidos bajo capas y más capas de hipocresía social. O el bellísimo Paraíso junto al río, donde esa misma hipocresía mina nuestras propias emociones, tan delicadas y sinceras que un tabú social no debería liquidarlas, pero cuya coerción nos obliga a ocultarlas, hacer como que no pasa nada y vivir con la conciencia de la oportunidad desperdiciada.

En la escritura de Vonnegut, toda moraleja carece del baboso espíritu aleccionador al que nos hemos acostumbrado. Más bien, nos invita a contemplar aquello que efectivamente podemos hacer y que nuestra sociedad ha sumergido en un mar de preceptos, mandatos y obligaciones. Quizá por eso cobre especial relieve el relato que da título a la colección, La cartera del cretino, donde su autor saca a relucir la tendencia paternalista a cuidar de los problemas ajenos sin querer entrar de lleno en ellos. Esa actitud que se resume en creer que alguien no sabe lo que está haciendo y aplicar recetas universales para zanjar cuestiones privadas, que su autor desmonta con toda la ternura y la mala baba que permite este relato sobre la caridad. O el choque, casi mortal, entre la escala de aspiraciones vitales de generaciones diferentes, epicentro de París, Francia, que en manos de Vonnegut se transforma en un retrato mordaz de esa inquietante manía a trazar paralelismos y comparativas, en busca de esa (in)felicidad por comparación, con los demás antes que escarbar un poco más en nosotros mismos.

Testamento de vejez, La cartera del cretino alcanza su cenit en un pequeño ensayo, El último de Tasmania, que refleja el ánimo de Vonnegut circa 1992 con respecto al mundo: «confiamos en que la vida sea como una lotería en la que cualquiera pueda acabar enarbolando el boleto ganador». Un ánimo donde, a pesar del malestar y la sensación de que nada se puede hacer para corregir el rumbo de las cosas (que nunca ha dejado de ser bastante desastroso), Vonnegut se resiste a dejar de sonreír irónicamente tras su bigote y permite que brote un nuevo relámpago crítico de su escritura. Un consuelo, quizá estéril, siempre honesto. Uno piensa en Kurt Vonnegut como en el Aulo Gelio de Las noches áticas -probablemente, el mejor compendio de las diferentes esferas de la vida y la moral en tiempos de Marco Aurelio. Quizá sea una comparación excesiva, pero lo bien cierto es que pocos autores animan tanto a pensar nuestras virtudes y sinsabores mundanos como hace Vonnegut en su escritura. Solo otro gigante, Serguéi Dovlatov, consiguió dibujar con tanta profundidad moral su tiempo y sus alrededores. Búsquenlo. De momento, hay que agradecer a Malpaso que se anime a editar uno de esos libros que contribuyen a pulir un poco más una posible definición para la ética contemporánea. Yo la resumiría en Kurt Vonnegut.

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