Cuentos, de Kjell Askildsen (Lengua de trapo) Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo | por Óscar Brox

Kjell Askildsen | Cuentos

Decía Fogwill en su presentación que Kjell Askildsen es un artista del narrar, capaz de crear con lo mínimo un mundo de enorme resonancia moral. Lo cierto es que cada relato de este autor noruego es como una heridita en el nacimiento de la boca; algo que no duele, pero que nunca consigues evitar que moleste. Un golpe bajo contado de manera delicada, casi elegante. Pero un golpe, al fin y al cabo. Un puñetazo que nos saca de cualquier clase de oasis narcisista en el que nos hayamos parapetado para mostrarnos la insignificancia de todo aquello que conforma nuestra realidad. Un lamento, a veces también un frío inventario, sobre las cosas que hace tiempo que dejaron de funcionar pero a las que todavía acudimos como si se tratasen de un recurso de primera mano. Una radiografía en crudo de la vida, tanto en la juventud como en la vejez, en solitario o en compañía, que más que desnudar nuestras miserias las diseca a golpe de reflexiones tan brillantes como, en fin, despiadadas.

En estos Cuentos concurren personajes narcisistas, apáticos, inseguros, turbios o cansados, cuyo denominador común es su carencia afectiva ante el dolor de los demás. Como si la mejor explicación fuese un balbuceo ininteligible que molesta en lugar de preocupar. Cuesta empatizar con sus personajes extremos, engañados y pueriles, porque resulta demasiado desolador percibir esos rincones oscuros que guardamos en nuestros armarios. Askildsen saca petróleo de cualquier conflicto, por mínimo que sea, porque, lejos de enfrentarlo, lo convierte en una oportunidad para que sus personajes se proyecten sobre los otros. Para que descubran sus miserias y utilicen las palabras para regodearse en ellas; para que nos intenten convencer de ese profundo cinismo que anida hasta en el gesto más desinteresado. En definitiva, el cansancio de unas vidas que, desde luego, dan para poco.

Askildsen es un maestro de la narración, se mueve a través de las palabras con un ritmo obsesivo. Para explicar la desolación de un viudo construye un vodevil en el que, convaleciente de un accidente y fuertemente sedado, no deja de comportarse de forma caprichosa, de coquetear incestuosamente con su propia hermana y de menospreciar el dolor de su madre. Lo que viene a reflejar a un auténtico desgraciado. Sin embargo, en un hábil cambio de perspectiva, su autor convierte ese retrato robot de un verdadero bastardo en la consolación de una madre que cree haber encontrado el apoyo, la comprensión, en su hijo. Pobrecita, qué poco le conoce. Y es que la prosa de Askildsen siempre parece ensañarse sobre esa misma idea: lo poco que nos conocemos y, sobre todo, lo poco que nos gusta conocernos; lo frustrante que resulta ceder un ápice del terreno a nuestras versiones más egoístas.

Cada personaje es un egoísta en potencia, alguien que cree poder ir varios pasos por delante de los demás. Ahí está, por ejemplo, ese anciano que deja caer deliberadamente su cartera en busca de la atención de la gente. Nadie le hace caso, quizá porque lo más sencillo sería entablar una conversación desenfadada, pero Askildsen subraya el gesto: solo puede salir de esa manera. Por eso, cada diálogo que escribe es como una interferencia, un ruido de fondo que impide alcanzar los acuerdos más básicos. Una pelea de pareja es, casi, un arma de destrucción masiva, un juego mental entre el resentimiento de su protagonista, generalmente masculino, y los pensamientos que coloca en la cabeza de su amante, esposa o pareja. Un intercambio de golpes con uno mismo que, en el colmo de la mala baba, su autor suele cerrar en falso, con un “aquí no ha pasado nada” que da por terminado el relato, pero no la desidia que se ha instalado sobre ese pedacito de realidad cotidiana.

En un tiempo en el que la virtud escasea y la distancia erosiona los vínculos afectivos que establecemos entre nosotros, leer a Kjell Askildsen tiene algo de doloroso, por su brillante manera de detectar esas anomalías y asumirlas como parte del vocabulario que manejamos en nuestras relaciones. Pocas veces el retrato de la vejez, de la madurez vital o de la felicidad cortoplacista ha sido tan despiadado y sutil; pocas veces el guantazo que aguarda de una página a la siguiente se hace notar tanto sobre la mejilla. Quien se acerque a la obra de Askildsen debe estar preparado para sumergirse en un mundo sin demasiadas buenas respuestas, surcado por conflictos sin importancia y problemas imaginarios. En definitiva, por todos aquellos elementos que hemos elevado como pilares fundamentales de nuestra vida contemporánea.

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