Buscando un pájaro azul, de Joseph Wechsberg (Automática) | por Juan Jiménez García

Buscando un pájaro azul | Joseph Wechsberg

Joseph Wechsberg tocaba el violín. Dos hechos: tocaba el violín y abandonó Checoslovaquia. No cuando la intentaron abandonar todos, allá por los años sesenta. No, él era anterior a todo aquello. La abandonó, se nos antoja ahora, porque no tenía mar. O buscando un pájaro azul, como el título (bellísimo) de su libro. En todo caso fue a parar a Francia. Pero aquello era solo algo transitorio. Un punto de partida más. Lo que le esperaba realmente era el mundo, que en aquellos años veinte era inagotable, interminable, infinito y se recorría en enormes barcos trasatlánticos. Aunque no conocía a André Breton, le hubiera gustado aquello de “abandonadlo todo”, “lanzaos a los caminos”. Y eso hizo. Y luego, más tarde, lo escribió.

Buscando un pájaro azul es, pues, un conjunto de relatos (artículos, dicen) en los que contaba su vida como músico en uno de esos grandes barcos de otro tiempo, todo lujo e historias que recordar. Su vida allí y también sus tiempos de espera y cómo llegó a ese lugar tan extraño después de todo. La vida de músico no parecía ser entonces algo estupendo y, después de todo, aquel era un trabajo como otro cualquiera, construido en la espera de una ocasión para ganar algo de dinero y poder sobrevivir a su época. De Checoslovaquia seguramente le quedó una cierta ironía praguense, que es algo así como un cierto humor triste de superviviente. Sí, eso es: la ironía de los supervivientes. Porque si algo hizo Wechsberg aquellos años fue eso: sobrevivir. Y beber. Y, a ratos, tocaba el violín, para selectos personajes transportados a través de un mar azul cielo, bajo un cielo azul mar. Y así iba conociendo gente. Sus colegas de profesión, tanto o más bebedores que él, de toda raza y condición, como él, entre el calor asiático insoportable y las horas pasadas en alguna taberna esperando un trabajo temporal. O un nuevo barco. O una nueva vida.

No siempre se trataba de eso, claro. También pasó algún tiempo en tierra: tocando en bandas de jazz de paso por París (y eso es uno de los relatos más bellos del libro, el que le da precisamente título), trabajando de crupier en Niza (a falta de algo mejor que hacer), formando parte de la claque del Metropolitan Opera House (todo un tratado sobre el arte del aplauso debidamente remunerado).

Wechsberg llevaba una vida agitada, sin duda. Y era consciente de ello, no como un presumido que nos dice mirad todas las cosas que he hecho y vosotros jamás haréis (porque ya no hay tiempo, porque ya no hay hombres para ello), sino como un ese paseante que atraviesa todos los lugares atento, relamiéndose en cada detalle, goloso de vida. Los lugares y las gentes. La galería de personajes es tremenda: Maurice, músico que se las sabe todas y todo lo conoce, Schostal, el jefe de la claque, experto en tempos y seres humanos, Sebastián, pianista español durmiente, Monsieur Arnould, empleador rodeado de un ambiente alucinado, Yang, lavandero chino obsesionado por la fotografía, o Nam, príncipe, que solo quería aprender a tocar el violín, aunque para ello tuviera que emplearse como criado. Y más, más, muchos más. Músicos, pasajeros, oficiales, artistas, gente corriente, gente no corriente,…

¿Dónde quedaron aquellos barcos llenos de lujo (algunos) de las Líneas Francesas, atravesando imperios coloniales y calores insoportables? De aventura amorosa en aventura etílica, asistimos a la divertida reconstrucción de aquella vida que no volverá, con ese aire de libertad, de estar en todos los sitios y a la vez en ninguno, tierra de nadie. La escritura de Joseph Wechsberg es prodigiosa. Su lectura uno de esos raros placeres que aún nos quedan. Como si hubiera logrado meter toda la esencia y la riqueza de aquella vida en un frasco: el olor salado del mar, la orquesta amenizando almuerzos, comidas, cenas, fiestas, el azul del cielo, el sol, las esperas, los cantantes líricos, los pianistas bebidos, los horizontes siempre distintos y el pájaro azul. Todo.

 

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