Crónicas de un país que ya no existe. Libia, de Gadafi al colapso, de Jon Lee Anderson (Sexto Piso) Traducción de Gabriel Pasquini | por Juan Jiménez García

Jon Lee Anderson | Crónicas de un país que ya no existe. Libia, de Gadafi al colapso

Finales de febrero de 2011. Acabando el año anterior, las primaveras árabes se habían extendido por el norte de África. Primero Túnez lograba poner fin a años de tiranía desde las calles y, tras ella, Egipto vivía lo que hoy nos parece un espejismo. Hubo más países y en algunos, como Siria, el resultado fue el caos. Pero estábamos a principios de aquel 2011 y, entre Túnez y Egipto estaba Libia, que contaba con su dictador particular, el menos discreto de los dictadores, diríamos. Tras cuarenta y dos años en el poder y unas cuantas décadas instalado en su propio mundo, Muamar el Gadafi se enfrentaba a un movimiento rebelde capaz de acabar con todo aquello, con su epicentro en la ciudad de Bengasi. Ese día y en ese lugar empieza su crónica Jon Lee Anderson, Crónicas de un país que ya no existe. Libia, de Gadafi al colapso. Y no vamos a descubrir ahora a Anderson, un periodista de guerra fundamental para entender muchas de las cosas que nos han pasado en estos últimos tiempos. Explicarlo desde la cercanía. Y desde la duda. Porque una cosa nos quedará clara: solo desde la duda seremos capaces de entender un mundo que carece de certezas. Vivimos en los tiempos de la imagen, pero esta ha dejado de mostrar la realidad para construir sobres sus escombros nuevas mentiras. Es el momento de refugiarse en las palabras.

Jon Lee Anderson quiere entender lo que está ocurriendo. Lo que está ocurriendo tal vez es fácil de entender, porque las guerras, una vez comenzadas, son simples cuestiones de bandos (o eso nos dicen). De buenos y de malos. En Libia los malos estaban perfectamente identificados y los buenos eran un grupo informe de gente que respondía a no se sabía muy bien el qué. El frente avanza y retrocede entre la bravuconería y el miedo, que les impulsa a huir al menor temor. Después de todo hay un ejército, el de Gadafi, y un puñado de gente armada al otro lado. El retrato del periodista americano sería simpático si la muerte no estuviera por todos lados. Los periodistas secuestrados o muertos no son más que una parte de todos los muertos. La crónica de guerra siempre será negra, ni tan siquiera gris.

Los días pasan. A la euforia inicial deja lugar el pesimismo. El ejército libio, mucho más organizado (al menos no derriban sus propios aviones), está a punto de entrar en Bengasi. Pero los rebeldes no están solos. Aquellos países que primero perseguían, luego apoyaban y luego volvían a perseguir a Gadafi (un loco nada cambiante), están buscando la manera de acabar con él. Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia logran una zona de exclusión aérea in extremis y de paso liquidan a una buena parte de las fuerzas del mal, creando escenas dantescas. La suerte está decidida y a Gadafi solo le quedará correr para acabar finalmente atrapado y muerto como un Mussolini o un Ceaușescu cualquiera. Así se escribe otra historia más en el libro de la Historia. Pero estamos hablando de hace apenas unos años y las imágenes aún están ahí, troceadas o no, según las queramos consumir. Y Libia sigue, con sus fantasmas, otro país que no existe, que es un pedazo de tierra en el que la destrucción está por todos lados y cada cual la reivindica para su grupo. Jon Lee Anderson vuelve tras la guerra (si es que existe ese “tras”) e intenta entender, porque sigue siendo uno de esos últimos hombres en la tierra que intentan entender haciéndose preguntas difíciles.

Crónicas de un país que ya no existe es la historia de una primavera marchita que se convierte en un invierno interminable. Anderson no da lecciones: mira, escucha, sigue los caminos. Pero de todo esto se desprende algo. La incertidumbre. Un sentimiento de extrañeza, de que nunca sabremos nada, solo partes, trozos. Que la vida también es eso, esos espacios en blanco y esas eternas zonas oscuras. Y que hoy, más que nunca, necesitamos periodistas como él. Para sacarnos de la comodidad de las noticias que nos llegan como cucharadas dadas a un crío. Para intentar. ¿Qué? Dudar.

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