El daño oculto, de James Stern (Lengua de trapo) Traducción de Ariel Dilon | por Óscar Brox

James Stern | El daño oculto

Qué sensación tan extraña la de caminar por los escombros de la Historia. A Edmund, el protagonista de Alemania, año cero, de Rossellini, le sucedía al cruzar calles fantasmales marcadas por sus edificios derrumbados. Otro tanto le pasaba a la Viena en ruinas de El tercer hombre, de Carol Reed, intervenida por las fuerzas aliadas, o al Japón tras el tsunami que retrataba Sono Sion en Himizu. Todas tenían el denominador común de filmar un abismo, la fractura tras la destrucción, que se interponía entre aquellos que lo habían vivido y los que no. James Stern desempeñó unas cuantas profesiones, la mayoría por necesidad, antes de asentarse como escritor. Algo lógico en una época que no alimentaba, precisamente, las ilusiones literarias. Entre Irlanda, Inglaterra, Alemania, Francia y los EE.UU., Stern forjó una personalidad cultural que, progresivamente, dio como fruto una modesta obra escrita. El daño oculto es, junto al testimonio que recogió sobre las duras condiciones de las comunidades mineras de Gales, su trabajo más brillante en el ámbito periodístico. Un repaso, a medio camino entre el diario personal y la crónica vivencial, del escenario de posguerra en una Alemania que apenas había escapado de la pesadilla. Crónica y viaje al infierno, más en soledad que en compañía, que Lengua de trapo presenta por primera vez en castellano.

Esa sensación del protagonista de aquella película de Rossellini podría trasladarse al propio Stern en su itinerario entre Stuttgart, Munich, Nuremberg o Frankfurt, no solo por la tierra removida que pisa con sus botas, sino por ese sentimiento de extrañamiento que su misión de evaluación sobre el terreno infunde a cada uno de sus encuentros. Stern fue enviado junto a otros hombres como representante del ejército americano con la misión de entrevistar a civiles y recopilar datos, reacciones, relatos e impresiones, como un archivero de la memoria destinado a preservar los recuerdos de la población. El requisito era sencillo: hablar alemán. Lo que sorprende, a primera vista, de El daño oculto es cómo su autor sobreimpresiona en la narración los detalles que conserva de su vida, años atrás, en algunos de esos lugares. Como si el pasado parpadease, en especial durante los capítulos que invierte en narrar el desarrollo del viaje hacia Alemania, en las ciudades que ahora asoman ante su mirada.

Hombres marcados. El relato de Stern suele ser pausado, prolijo en datos y aparentemente neutral. Sin embargo, cada vez que entra en contacto con algún superviviente o con las gentes del lugar, algo se cortocircuita. La puerilidad de las entrevistas no consigue abarcar la frustración del alcance de aquellos años en negro; tampoco la abyección que despiertan los personajes idiotas (como la enfermera que encuentra durante un viaje) cuya ideología se trasluce sin ambages. Frente al horror o la repulsión, Stern reacciona con una prudente humanidad, la del periodista que lo apunta todo; cada detalle, cada palabra, cada vivencia. La del humanista consciente de que hay una barrera que le separa de ese horror, completamente infranqueable, como cuando recoge a una muchacha en el camino, extraviada y totalmente sola, y le explica su intención de ir a Frankfurt. Stern sabe, sus informes lo dicen, que la zona está en ruinas, puro esqueleto al aire en el que caben pocas esperanzas. Pero es tanto el ímpetu de la muchacha que no se atreve a contradecirla, a cambiar su destino y conducirla hacia otro lugar donde esté a salvo.

Lo que define el acercamiento de Stern a la Alemania de posguerra es, casi, una mirada de entomólogo paciente, que sabe cómo extraer las historias sin forzar a sus interlocutores, tanto desde lo trémulo (el padre del hijo decapitado) como desde lo humorístico (la fábrica de quesos y su insoportable hedor). Quizá porque es el propio autor el más consciente del terreno que está pisando, de la distancia que media, incluso, con el entorno más familiar. Por mucho que el regreso a Alemania propicie algunos reencuentros inesperados con viejos amigos; por mucho que la camaradería que se produce en las comidas con sus compañeros, entre vino y vino, aligere la gravedad moral de la empresa. Con todo, la escritura de Stern nos hace conscientes de esas ruinas, colosales, que separan a aquellos que lo han visto todo de aquellos que no. El daño oculto no deja de girar, con afán de verdad, sobre esa realidad tras la tempestad, donde vencedores y vencidos convivían a pocos metros unos y otros, entre las huellas frescas de la barbarie, que los ojos de los extranjeros todavía no estaban preparados para transmitir. Esa sensación de caminar entre los restos de un derrumbe es lo que define la aproximación moral que lleva a cabo Stern en su libro. Humana, distante, respetuosa. Esa que sabe todo lo que se ha perdido en el fuego y nadie podrá volver a recuperar; esa que se dedica a describir, con toda la precisión del lenguaje, la barrera que el Holocausto interpuso en la experiencia humana. Terror y dolor. Ruinas.

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