Los jardines estatuarios, de Jacques Abeille (Sexto piso) Traducción de Lluís Maria Todó | por Almudena Muñoz

Jacques Abeille | Los jardines estatuarios

El último gesto de la Humanidad será el de una mano cortada, sus dedos contraídos alrededor del aire sin poder tocar la roca, el hielo o las dunas de cenizas que la han despojado del cuerpo y la voluntad de modelar esos tres elementos. Llegará un día en que las manos no serán creadoras ni destructoras, sino simples postes que indiquen la redondez de la Tierra, una dirección única, la nada. Se ha contemplado una imagen similar en el episodio Dos espadas de Juego de tronos (HBO, 2014), se exaltan asimismo los recuerdos de unos parterres recortados por muchas manos pero ensombrecidos por la ausencia total de habitantes y cuidadores: aquel jardín afrancesado y espeso de todas las versiones ilustradas y soñadas de La bella y la bestia, la isla sin nombre y de vida plana como un disco de La invención de Morel (Adolfo Bioy Casares, 1940). En aquella historia, una mano sin dueño permanecía flotando en el aire; ¿sería capaz (dudaba el protagonista) de escribir alguna historia?

Jacques Abeille podría situarse en la tradición de los autores que, atentos al reto de Casares, intentaron colocarse aquella mano por guante y recoger la historia imposible, como el acto de la escritura automática dotado, en el mismo instante de su ejecución, de un sentido narrativo completo. Se trata, sin lugar a dudas, de un propósito ambicioso que corre muchísimos riesgos, más aún cuando la dificultad pasa del corazón argumental a los volantazos entre el tono filosófico y la gesta fantástica; entre el ser, puesto en duda, del relato, y el parecer, también cuestionado, de la novela. Abeille se sirve de unas estrategias básicas de mano escribiente que no se demora en registrar lo antes posible toda una memoria, personal o histórica dentro de los parámetros del universo planteado por el autor. La fluidez del cuento, que prescinde de separatas convencionales (ningún título, ningún capítulo, ningún tomo), y la equiparación entre el héroe pasivo y el autor activo convierten al libro en un objeto que defiende su propio valor, incluso aunque este se ofrezca de forma incompleta o inconclusa, como el devenir de los relatos orales y el futuro de las naciones.

Por ese motivo, el primer volumen del proyecto de Abeille de recrear unos países imaginados hallaría su hueco en el estante de los tratados socioculturales y en de la fantasía contemporánea, toda vez que, quizá, ya ha llegado un momento en que no se permite a ninguna fantasía la inocencia de desligarse de ninguna implicación religiosa, militar o política. La imagen más bella de esta empresa literaria es la que no halla acomodo en ninguna clasificación concreta, mucho menos de género o tesauro para bibliotecas: los miembros de estatuas que, como cuarzos expuestos en vitrinas polvorientas de museos arqueológicos que nadie visita y tiendas de gemas que no brillan, salpican el paisaje y dialogan con él en el más puro de los silencios. He ahí que los jardineros y los extranjeros de Abeille parecen tender a una conversación distendida y fácil, repleta de datos enciclopédicos y conclusiones absolutas dignas de cualquier periódico. Como portadas expuestas de par en par ante el desierto, lo mejor de ese contraste es que representa a una sociedad (y a una cierta literatura) acomodada en el estudio de un pasado que observa como utopía futurista, mientras en el presente sobran el monólogo y la perpetuidad de sistemas que confunden la salvación con la falta de ideas.

El resultado necesita ser apreciado, pues, con la misma firmeza pétrea con que fue concebido. Todo posee su lugar y fuera de él los sonidos pedregosos de riadas de esculturas rotas podrían ser llantos o carcajadas. Como en toda fábula que aprovecha la mudez eterna de lo inerte, las cosas presentan menor importancia que los vivos, envueltos en el hálito bíblico de la especie impulsada por amor y costumbre a seguir reproduciéndose y a reproducir conquistas y batallas de los abuelos para asegurar algo fijo, un esquema, a los nietos. Porque ninguna estatua es tal cual es, sino que al principio fue el bloque y luego los movimientos de las manos y los cinceles que determinaron cuál era la postura correcta, la ocupación adecuada para las mujeres, la utilidad de los niños, la medida de la fortaleza de los hombres.

Pero ninguna estatua es ella misma, sino una de las muchas posibles variaciones dentro de la piedra. Así como Los jardines estatuarios no es el escrito definitivo, dejado a medias, un relevo cilíndrico para el siguiente cuentista, que un día acometió la mano amputada de la isla de Bioy Casares. Igual que la mano flotante y solitaria era una réplica, esta novela es una repetición en clave fantástica del libro de nuestros conflictos, el que únicamente acabará cuando se deshoje y ya no haya nadie para reunir y reordenar sus pliegos, cuando todo sea un batiburrillo manchado de arena o nieve y la mano, como todas las manos humanas, asome sin cuerpo ni derecho a reescribir su porvenir. ¿O es que ese jardín de Abeille opuesto al Edén ya es aquel en el que llevamos tiempo viviendo?

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