Peter Pan: los inéditos, de J.M. Barrie (Pepitas) Traducción de Alejandro Lapetra | por Juan Jiménez García

Nunca leí Peter Pan. Qué infancia… Bueno, y qué juventud, madurez y qué sé yo. Lo peor de todo esto es que llega un momento que uno piensa que lo ha leído… Ya me pasó con Alicia en el País de las Maravillas. Luego… Lo tengo desde hace mucho tiempo, ahí, en la traducción de Leopoldo María Panero, que ya debería de decirnos algo, ponernos en alerta. Mi idea, entonces, cuando aparecieron estos inéditos de Peter Pan, era leer la obra. No el original (porque en realidad el libro conocido es posterior, una consecuencia de otras variaciones), pero si al menos el más popular. No lo he hecho. No lo he hecho por una especie de suficiencia. El prólogo de Alejandro Lapetra (que ha completado un excelente trabajo y que es un conocedor extraordinario de la obra de Barrie) y la primera versión teatral aquí incluida (Anónimo: una obra) me dejan con un personaje que me parece tanto o más atractivo de aquel en el que acabaría convertido (no hablemos de la versión animada… que creo que tampoco he visto, pero que, de nuevo, es como si hubiera visto mil veces). Porque Peter Pan como personaje y como obra fueron evolucionando con el tiempo, y ya no solo en su historia o en su forma (a esta obra de teatro inicial le siguió otra hasta llegar a la novela, por no hablar de los relatos), sino en el propio personaje, en su simbología.
Todos conocemos ese hecho esencial: Peter Pan es un niño que se negó a crecer, un niño eterno. Pero bajo esto, se esconden innumerables capas, significados, que Barrie fue puliendo con el tiempo. Desde lo que hoy llamaríamos políticamente correcto, por lo general. Y es que al principio había unas cuantas muertes, algo de racismo, una ambigüedad, tensiones amorosas, ciertos apuntes, en fin, que ya tuvo suerte de no escribirlo en nuestros días, pero que tampoco hace más de cien años uno se libraba de ciertas cosas. A mí, sobre todo, me fascina la idea de que Peter Pan es la muerte. Barrie escribió la obra teniendo bien presente la pérdida de su hermano. Él era aquel niño que ya no crecería, que se quedaría ahí, fijado para siempre en un instante de su vida. Luego se inspiró en aquellos niños a los que contaba sus historias (como Carrol con Alice Liddell), los hermanos Davies. Es curioso que, en esa historia contada a unos niños, Peter Pan fuera más cruel, y que ya en el territorio de los adultos, tuviera que ser dulcificado. La pérdida de la infancia, esa tragedia, ese pecado original que nos persigue durante el resto de nuestra existencia, convertidos en unos impostores… Los niños que en los viejos tiempos eran certezas se han tornado acertijos.
En las anotaciones que fue tomando Barrie para Peter Pan (aquí incluidas), el personaje aparece con no pocas sombras, por no hablar del tema del doble, considerando que el doble de Peter Pan no es otro que el capitán Garfio. Campanilla aún no es Campanilla: es la última hada, Tippy, enamorada y posesiva, mientras Wendy no solo tiene que hacerse cargo como una madre de los niños perdidos (que en realidad podrían estar muertos), sino que sueña con ser esposa de un Peter Pan que no está por la labor. Como la india Tigresa Lirio, por otra parte, con su tribu mortalmente atacada por los piratas, que luego sufren un destino no menos cruel (otra cosa a dulcificar). Peter Pan no es precisamente el más comprensivo de los seres y, desde luego, si es un niño, es un niño cruel. Pero intentar recoger aquí todos aquellos cambios y matices de los personajes sería no solo una tarea imposible sino inútil, dado que precisamente ese es, más allá de lo literario, el valor de esta edición. Las notas, los apuntes, las puntualizaciones son tan interesantes como las obras en sí mismas, cuyo valor es innegable, por inéditas y por referenciales (la obra de teatro, las innumerables notas que la precedieron, un discurso en Eton sobre el capitán Garfio, dos relatos). Ay, esa ambigüedad perdida de los libros infantiles. Debió existir un tiempo en que los niños no pretendían ser normalizados y el territorio de la infancia aún era un lugar libre, un espacio para la imaginación. Pero es que ni tan siquiera la palabra libertad merece ahora respeto, arrastrada por el fango y la estupidez. Estamos tan necesitados de sombras…